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Ángelos y los “Libros de la Vida”

Carolina Ferreira Publicado: 12 enero, 2018

A las cuatro de la tarde bajo el abrasador calor del verano en el campo, Juanita sale de su casa y cruza la avenida principal. Ella es la gran madre del grupo. Es tierna, cordial, amable. Habla despacio y lento y entrecierra los ojos cuando comparte algo con especial sentido. Usa un precioso sombrero de alas ondeadas. Blanco.

La sede donde nos reunimos se llama Vida Nueva, escrito con trazos de pintura sobre un cartel de madera carcomida y vieja. A esa hora, Yolanda ya ha abierto el portón, diligente. Delgada y ágil, a sus 86 escribe, pinta y cuida a su hermana. Me muestra sus escritos, un poco tímida y aparte. Me admira su fortaleza.

Margarita ya está sentada, balanceando sus delgadas piernas, con un porte de dama inmemorial. Gilda tiene un alma tan fresca que parece que recién comenzara a vivir.

La casa que alberga el espacio para nuestras reuniones es una vieja vivienda de adobe que quedó muy dañada con el terremoto del 27 de febrero de 2010. Las ventanas y puertas se mantienen abiertas durante el tiempo que trabajamos sobre los contenidos de la memoria y la resiliencia; un proyecto social que han desarrollado a rajatabla, con trámites, compras, facturas y rendiciones.

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Comenzamos el taller encendiendo una vela. Una pequeña vela de color morado. Se suma Carmen que suele llegar más tarde que las otras, y que ha ido poniéndole empeño a un trabajo que es simplemente un modo de conectar con el sentido esencial de la vida, que en realidad no nos pertenece.

La otra Margarita, gruñona y chistosa a la vez, viene hoy un poco demacrada. Pasó un mal día y una mala noche, se sentía irritada y deprimida. Entre todas intentamos sacarle unas sonrisas porque ella es siempre la que nos hace reír.

Olga no ha venido hoy. No está bien. Pese a las diálisis y los tratamientos, ha ido empeorando. Hasta antes de Navidad hizo un enorme esfuerzo por completar su Libro de la Vida, en el que trabajamos juntas y coordinadas. Cuando no pudo asistir, envió sus trabajos. Es probable que ya haya iniciado su viaje de regreso a la fuente y debamos despedirla pronto.

Rosita e Ida no han llegado esta vez, tampoco. Elena tampoco está. Su sordera la hace sentirse al margen pese a los esfuerzos que hacemos por acercarla. Debemos romper la barrera de su silencio para traerla de vuelta. Le gustan las muñecas. Su Libro está muy completo.

Nos tomamos las manos y comenzamos a hacer una meditación para bendecir el año que se asoma.

Luego, trabajamos con Ángelos. Este libro ha sido un mapa de ruta en este delicado trabajo de representar la muerte con el valor de la vida.

Su publicación coincidió con el inicio del taller, cuando recién dibujábamos el rumbo de este trabajo. Esta experiencia es mi modo de comentario.

Porque Ángelos es sobre todo un libro “inspirador”, y ese verbo tiene una raíz divina. Inspirar es agitar las cuerdas en busca de una nota perfecta; es guardar silencio profundo para dejar que se manifiesten los secretos; es atender atentamente a las voces que hablan desde otras realidades. La inspiración es el gesto de la voluntad buscando reencontrarse con el centro poderoso de la vida.

Es lo que nos regala este libro.

El hablante es traslúcido. Un don del que pocos libros pueden jactarse. Esa transparencia es un ejercicio de cesión de voz. Lo importante es el mensaje. Lo dicen sus líneas que aletean celestiales generando un susurro contagioso. Esa cesión límpida y sin condiciones es a la vez una invitación a tomar parte.

Los ángeles de Ángelos saltan desde las páginas y se reproducen en los espacios donde abrimos el libro.

Concentradas las Margaritas y Carmen, Juanita, Yolanda y Gilda, con las manos no muy firmes, y las líneas no tan exactas escriben invitaciones a los ángeles, para que las cuiden, las protejan, les den alegría y paz, las hagan mejores personas, las ayuden a perdonar y a estar sanas, les den cuanto necesitan para vivir sus últimos años en este mundo que dejan con cicatrices y dolores pero también grandes y maravillosas experiencias y les den salud para ayudar a quienes las necesiten.

Mientras lo hacen, contemplo la huerta fragante que crece detrás de la casona. Cuando comenzábamos las plantas eran pequeñas. Ahora luce redondos tomates a punto de estallar en rojo, los porotos verdes enredados a los cercos, los cebollines con sus colas frescas y orgullosas. Asoman los tubérculos blancos y crujientes esperando la cosecha. Al lado de una pileta de agua el poleo encontró su hábitat perfecto.

Antes de cerrar la sesión, pasadas las seis de la tarde, acaloradas frente a un vaso de bebida, hablamos de huertas y jardines. Porque “Los ángeles fraguan las lluvias en invierno para que en primavera y verano las cosechas sean abundantes”. Hablamos de pájaros: del chercán pequeñito que ya no se ve mucho por los campos, de los picaflores que revolotean en septiembre y luego se esfuman, de los tordos oscuros y feos con su canto melodioso, de los mirlos pequeños y traviesos, y saltamos a los higos y los damascos, de la bandada de golondrinas que cruzó ayer sobre la parcela de Margarita, y de la pareja de gorriones que vive en el jardín de la otra Margarita, que ya sonríe. Se siente mejor.

Maravillosas vidas, pequeñas, íntimas, con aventuras que no rebasan el territorio de la región, con cotidianos trabajosos, con espaldas dobladas y mermeladas de frutas y panes de rescoldo, de infancias humildes, de inquilinajes y esfuerzos. Maravillosos ángeles manifiestos en ellas. Ángeles que nos ayudan a poner las cosas en orden.

Este libro es el loco aventurándose a creer. Saltando en el vacío de la fe hacia el destino alegre de la luz que nos espera. Este libro de Mauricio Tolosa es también el Libro de la Vida que cada una de ellas escribe, donde otros ángeles se manifiestan para colarse en palabras de otro tono, más humildes, menos perfectas pero…

“A veces entre las palabras se escucha el aleteo de un ángel”.

Una conjunción mágica. O quizás solo el ángel que mira a través de estos ojos.

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