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Nelson Curiñir Lincoqueo

Gustavo Adolfo Becerra Publicado: 30 enero, 2018

Poema dedicado a mi compañero de curso, Nelson Curiñir Lincoqueo, 22 años a la fecha de su secuestro, estudiante de 5º Año de Construcción civil en la Universidad Técnica del Estado, sede Temuco y militante de las Juventudes Comunistas.

Escribimos lo que imaginamos y visto
sin los servicios espirituales del agua, sin
exégesis lo que se nombra y requiere planetas
donde cultivar sus semillas y sin alas lo que no
se nombra. La ciencia del cuarzo endurece los ritos
y visibiliza el destino final de los abandonados.
Dotados de esa lluvia regresa a la energía
universal que lo creó. Digan lo que digan y hagan
lo que hagan: desde que existe la muerte, la vida
se hizo más luminosa. Y la muerte perdió su sentido.
Aunque justificamos el conteo de atardeceres,
nunca tuvimos conciencia de los círculos vacíos
que originaron sus impulsos. Entréme donde no
supe, y quedéme no sabiendo
. A pesar de tantas
evidencias, cotejando estructuras y análisis,
desconocían los ordenadores nuestra posición
en el Universo y sus líneas de suministro
no eran rastreadas. Sin aquella orientación
espacial y representaciones inteligentes, amamos
de tal manera el mundo y sus movimientos
sociales que producíamos luz y con esa luz
iluminamos las grandes alamedas de las miserias
humanas en tiempos de ensoñación, construcciones
civiles y adolescencia. Sin fronteras
inamovibles, también la ignorancia y la soledad
fueron abolidas por ese destello. Éramos dos hojas
de laurel multiplicadas hasta el infinito.
Proyectadas en la pared. Fotografiadas de frente y perfil.
Pase lo que pase, tenemos que volver a vernos.
El yin y yang de universos complementarios.
Sangrantes alambradas destilan miserias de la misma
manera que ayudan a secar ropa. Poemas y cisnes:
la riqueza de tu épica navega en tu interior
como si fuera el sublime encanto de tu gloria.
Por eso, trajimos palas, poemas y arquitecturas
porque venimos a restituir el equilibrio
martirizado. En esa dualidad sin religión
inspiró el aire que derriba las fronteras
egoístas del nosotros. Y sin otro deseo comenzó
su materialización a vista y paciencia de la sociedad
sin clases. Cuando los pueblos muertos
resucitan estremecen el horizonte y los cantos
que anuncian, llenan de libros los corazones
ásperos de los hombres sin palabras. Oxidados
los cuerpos de nuestros compañeros -que fueron
amarrados a troncos de árbol- flotan en los ríos
vivos de la memoria donde aún no se detiene
la tormenta, buscando un lugar donde anclar sus lunas,
sus clarísimas lunas, sus estéticas inolvidables.
Desolado porque nunca pudo -ni quiso-
protegerse del fin del mundo, distribuye
manuales de sobrevivencia y ciruelas no diferenciadas
entre las multitudes. Contra su voluntad
para acentuar la pérdida, abandona la idea de construir
mediaguas en los suburbios de las ideologías.
Primero es sólo su madre vestida de negro
quien recoge los recuerdos dispersos. Luego
la comunidad llena de claveles rojos el cielo.
A la ternura inevitable del cuerpo ascendido,
el amanecer de los pueblos les otorga una nueva victoria.

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