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A mi padre.

Juan Fredes Publicado: 2 febrero, 2018

El 14 de enero de 2018 se cumplieron 19 años del fallecimiento de mi padre. Me atreví a escribir una líneas que leímos ante su tumba, junto a hermanos, sobrinos y otros familiares. Les comparto mi testimonio.

Hace 19 años fue la Pascua de José Antonio.

Tenemos certeza de ese hecho, no de su nacimiento. El afirmaba que había nacido el 7 de septiembre de 1920, al igual que sus hijos Ricardo y José, pero otras veces nos decía que lo había hecho el 11 de septiembre, pero esa fecha no se podía celebrar. En su partida de nacimiento dice 14 de septiembre. Nunca hemos dilucidado ese dato inicial. En consecuencia, nunca lo celebramos.

Lo que si sabemos que José Antonio fue el segundo de 13 hermanos, frutos del matrimonio de don Tránsito Fredes y de doña Maria Elena Barrera Marín. Nuestros abuelos eran gente pobre, muy modesta, casi sin educación. Cuando nuestro padre tenía 2 años, un terremoto les echó abajo la casa y casi por milagro nuestra abuela logro escapar con sus hijos Amanda y José, también se salvaron de un maremoto que llegó hasta el pueblo mismo de Los Choros. Nuestros abuelos sobrevivían en medio de un país pobre. José Antonio apenas pudo concurrir a la escuela de su pueblo hasta los 9 años y aprendió escasos rudimentos de lectura, escritura y las operaciones matemáticas. Toda la familia se fue a una majada cercana del sector de Las Montosas, en los alrededores del mineral de El Tofo. Mi padre, cuando tenía unos 9 o 10 años, debía llevar a lomos de burro hasta ese centro minero unos 200 litros de leche de cabra, de eso vivían.

Sobrevivian en una improvisada ruca. Los niños Fredes Barrera ayudaban a sus padres con las cabras, en su pastoreo, ordeñando; arriba de un burro, entregando leche, quesos, leña. Imaginen a un niño flaco, delgado, blanco, medio rubio, con unos ojos pequeños, de un verde suave, tímido, de boca pequeña y delgados labios. Era como nuestro Julián, pero de piel más clara.

Tuvo una vida sufrida, como casi todos los hijos de nuestra tierra. Eran los finales de los años 30 y la crisis social y económica era terrible. Miles de compatriotas se venían de las salitreras del norte y se devolvían a La Serena, Santiago y las ciudades del sur del país.

Nuestro padre trabajó ya fuera de su hogar desde los 14 años. Fue peón minero, niño de los mandados, subiendo y bajando canastos de minerales, ayudando en cualquier faena. También trabajo en el campo. Nuestro abuelo, don Felipe Santiago Morales Alvarez lo llevó a trabajar con él, seguramente a petición de sus compadres, doña María Elena y don Tránsito, para ayudar en algo a la familia.

A los 15 años conoció a nuestra madre, Nelly, cuando era trabajador de don Felipe. Nelly tenía menos de un año y la niña se orinó en sus brazos. Amor a primera vista.

A los 18 años hizo el Servicio Militar en el Regimiento Arica de La Serena. Cuando terminó el mismo, su instructor consignó que tiene aptitudes para la vida militar, que era considerado, educado y disciplinado, pero carecía de dotes para el mando.

Y de ahí a su eterno trabajo en las mineras. Recorrió casi todo el norte de Chile: Mejillones, Taltal, Chañaral, Tierra Amarilla, Potrerillos.

Y llegó nuevamente donde Nelly, cuando ya era un hombre de 35 años, y se casaron y se fueron a Potrerillos, a una casa sin baño, con dos dormitorios, con horno a leña, en Dublé 64, con arsénico, huelgas, con frio y calor extremos, con soledad, desierto y tristeza. Allí nacieron 7 de sus ocho hijos, Allí los educó hasta que compendió que si quería un futuro para ellos debía buscar otro lugar donde educarlos. Y Nelly decidió La Serena.

Y aquí estamos.

La vida de José Antonio es un pequeño retrato de la historia de Chile en el siglo XX. Vivió y padeció los horrores y grandezas de su tiempo. Nuestro padre siempre tuvo opinión política. Su opción siempre fue por el lado de los pobres, de los que buscaban cambiar. Sufrió también las injusticias de su tiempo.

Padeció el hambre, la angustia del desempleo, la tristeza de la pobreza. Y lucho, sin jamás descansar: Se jubiló de su trabajo como operador de grúas allá por 1976, en años terribles. Y ganó una pensión miserable, que no alcanzaba para vivir, por eso siguió trabajando, en lo que viniera, en su huerto, en la minería, en todo.

Con eso pudo mantener a una familia grande.

La vida de José fue siempre trabajar y ver cómo lo que había construido se venía abajo. En 1975 un terremoto botó parte de su casa, cuando acababa de terminarla. Tardamos hasta 1982 en reconstruirla. En 1997 un aluvión sepultó el huerto de Los Choros, que fue el sostén de la familia por muchos años. Hubo que empezar de nuevo.

José Antonio fue una persona generosa, que siempre ayudó, a todos quienes lo necesitaban y se lo pedían.

Cuando ya había partido, al revisar sus cosas en la casa de Los Choros, Nelly encontró libretas donde estaban anotados cientos de préstamos que seguramente nunca recuperó. Pobre pero generoso. Acogió en su casa a sobrinos, hermanos, a todo el que lo necesitará.

Cierta vez lo llevé a Santiago y terminamos peleando, porque quería darle monedas a todos los mendigos, artistas y saltimbanquis que pululan en la capital.  Realmente se compadecía con la necesidad ajena.

Le gustaba el fútbol y siempre quiso ganarse un premio para cumplir todos sus sueños y solucionarle los problemas a todos los que quería.

Era hincha del Magallanes, a quien nunca vio ganar.

Tenía un genio complejo, era silencioso y enojón, taciturno y querendón.

Nunca me olvidare que yo siendo grande, cuando suponía que dormía, iba a mi cama y arreglaba mi cobertor en el invierno, para que no me enfriará. Creo que hacía lo mismo con los demás.

Me acuerdo de él despidiéndome con un beso en su mejilla o compartiendo un huevo frito en Potrerillos. Al final de cuentas, la felicidad son esos pequeños momentos.

José Antonio no fue un hombre perfecto ni un hombre santo, decirlo sería faltar a la verdad. Sus muchas imperfecciones y oscuridades de personalidad se las conocemos, pero hay algo que no se puede decir de él, nunca lo podrán acusar de haber cometido el pecado de no amar.

Amo, con la intensidad de los que saben que es lo único que importa, pero con la discreción de los sencillos. Amo a su madre, a su mujer, a sus hermanas y hermanos, a sus hijos e hijas, a sus sobrinos y sobrinas, a sus amigos, pero sobre todo a sus nietos.

Una de las últimas cosas que me dijo en su agonía, cuando yo lloraba desconsoladamente, fue “Preocúpate de las niñas y del Veguita”. Se refería a sus hijas y a su nieto José Miguel que llamaba “Veguita”, y porque lo llamaba así es otra historia.

Cuando hablaba de Veguita,  resumía en él a todos sus niños. Todos sabemos cuánto amó a Pablo Andrés y la alegría que sentía que éste le dijera Papito. La relación con Pablo Andrés fue, quizás, la mejor lección que le dio la vida y por eso lo amaba tanto. Amó a Felipe y le gustaba que llevará su nombre completo. Amó a María Elena porque le recordaba a su madre. Amó a Sebita, a quien lo trataba de “poquita Cosa”. Sus nietos pueden recordarlo cuando los iba a buscar al colegio y les compraba embelecos y dulces, como compinche de sus travesuras.

Siempre me acuerdo cuando llegó completamente mojado por ir a buscar bajo la lluvia a José Miguel y Pablo Andrés, feliz y dichoso.

Amo a Wilfredo Emilio, por sus ojos verdes en piel morena. Amo a Carolina a quien encontraba parecida a su padre. Amo a Ricardo y Macarena.

Si hoy estuviera con nosotros, habría amado con más fuerza, si es posible, a todos los que han venido después. Hubiera enloquecido de amor con Antonia, deleitándose de su belleza, hubiera jugado fútbol con Julián y se hubiera emocionado por su empeño. Con la María José se habría deslumbrado viéndola hacer gimnasia artística y habría rabiado y gozado con las maldades de Juan Pablo.

No me cabe duda que habría querido la inteligencia y sobriedad de Agustín y la desfachatez y personalidad de Francisca y la reposada ironía y ternura de Maxi.

Nunca fue muy amigo de religiones y menos de curas. Ni siquiera aceptó confesarse a la hora de casarse. Seguramente se casó por la Iglesia para complacer a su madre y a Nelly. Pero educó a sus hijos en la fe, porque era hombre de compromisos. Cuando yo no quería hacer la primera comunión me lo dijo. “Cuando sea grande, haga lo que quiera, mientras tanto, haga la primera comunión”.

Al final de sus días se había reconciliado con Dios a través de una amiga común: Santa Teresa de Los Andes, de la cual era su devoto. Seguramente la buena monja descalza del Carmelo Andino lo presentó ante el Padre y lo excusó por sus muchas omisiones.

 

Los creyentes vivimos de una sola esperanza: que esta vida no concluye aquí, que todo lo que aquí hacemos es solo preparación para una Patria definitiva, para vivir en la plenitud de nuestro Creador.

Por eso, nunca estamos tristes, a veces un poco abatidos, pero siempre esperanzados. Creemos que los que queremos y que hicieron el bien serán premiados con una vida de felicidad infinita.

Por eso imaginamos que José Antonio hoy está en plena comunión con los que ama, que desde allí se preocupa por nosotros, que cuida especialmente a sus nietos, porque fue a quienes más amó.

Y esperamos volver a verlo, y a abrazarlo y a decirle que lo queremos. Que lo echamos de menos porque fue bueno.

Y esperamos ese premio y hacemos este ejercicio de memoria porque mientras lo recordemos sabemos que su alma nos sigue acompañando, que su espíritu jamás nos dejará.

José Antonio, gracias y descansa en paz.

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