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El límite entre el sueño y la realidad nunca ha sido descifrado. Lo más probable que todo y cada una de las cosas que vivimos, sentimos y sufrimos son parte de un gran sueño situado en el vehículo de un gran sistema de sueños comunes pero inciertos. Es decir, que no sabemos que otros sueñan mundos distintos a los nuestros. ¿Quién tiene la certeza que la existencia del otro no es más que una proyección de nuestros pensamientos más ocultos? ¿Tenemos comprobación real que el otro existe en su propio mundo y no en el nuestro? ¿Puede ser que todo y cada una de las cosas del mundo sea sólo nuestro mundo personal e íntimo? ¿Quizás este escrito lo lea sólo yo para mí mismo y mis invenciones mentales de otros de otros mundos pero propios?

No hay realidad sino solo sueños de un gran sueño. Pareciera que lo afirmo pero no. Solo conjeturo. Sin ninguna responsabilidad filosófica, sino que con descuido, total podría existir la posibilidad que nadie me lea, ni siquiera mis invenciones mentales de un otro. O todo lo contrario. Tal vez hay realidad y no hay sueño. Ese precioso poema taoísta expresa lo que hablo: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.”

Plantear la mera posibilidad de que la realidad no es tal, sino una miríada de sueños que uno tras otro constituyen un ciclo vital de constitución mental es desdramatizar la vida, y darnos la posibilidad de forjarnos como constructores de nuestra propia realidad, íntima. El desafío es cómo nos conectamos con otros y ahí es fundamental el lenguaje que de esos sueños nos surgen. Comunicar con la sinceridad de nuestras mentes funda pactos de entendimiento recíproco. Diálogos que de una u otra forma generan valores centrífugos que nos llevan a crear otros mundos, aún más intrépidos y valientes. Me explico. Si el sueño de nuestra propia mente nos lleva a crear mundos de ermitaño estaremos perdidos porque de alguna u otra forma la montaña que nos sostiene será derribada por la inmensa desesperanza de estar solos. Por el contrario, si el sueño de nuestra propia mente nos conecta con otros que permanecen – aún con la incerteza de que realmente son – tendremos esa bella posibilidad de derribar temores por la fuerza de la comunidad humana.

No podemos permitir ese miedo ignoto del profeta Isaías: “Ando perdido, cosas horribles me llenan de terror; el atardecer, que tanto esperaba, ahora me causa pánico” (Isaías 21: 4) El profeta sumido en sus propias visiones veía como caía todo. Dramático. Prisionero de su pesada carga mental.

Ese es el doble filo de los sueños. Pueden transformarnos en prisioneros de nuestras propias invenciones y  lenguajes. Nos hace crear paraísos y también infiernos. Dante enamorado de su Beatriz  y de Dios, tuvo que inventarse un infierno bello para salir de sus terrores, pesadillas y falsos egos que emanan de lo más profundo. Dramático, sin lugar a dudas. Pero ese sueño, ese invento de poesía, aún salva a seres de sus tormentos. De ahí, que el drama nos sirve para salir del mismo y he ahí la herramienta salvadora de los sueños. Crear un drama infernal y apocalíptico para depurar los dramas de aquella realidad que nos es tan pero tan certera.

Necesitamos soñar, para encontrar la verdad y bañarnos de esa inmensa luz de los despiertos.

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