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En un castillo grande y brillante como el sol, vivía una princesita muy querendona de su padre, y ama y señora del palacio a falta de una reina que reinara porque su madre se había ido a visitar a unos parientes a otro reino muy muy muy lejano y no se sabía cuándo regresaría.   Ahí, en donde el amor del rey por la niña significaba que toda la corte debía acatar sus deseos, la niña era la verdadera soberana entre los cortesanos.   Se llamaba Alicia, tenía 7 años pero era conocida por todos como la princesa Alicita Pelos Largos, porque desde su nacimiento que su cabello no había sido cortado y ya llevaba una melena que le llegaba más debajo de la cintura.

Había dos hermanos también, uno mayor y otro menor, pero ellos andaban en sus cosas y a veces Alicia se podía pasar un día entero sin verlos.  El mayor se dedicaba a pasear con sus amigos y a conocer doncellas, y el menor sólo se preocupaba de perseguir una pelota para jugar.   Lo más seguro era buscarlos en el comedor a la hora del desayuno, del almuerzo o de la cena, pero dejémoslos por ahora porque esta historia se trata de la niña.

Solo para atender su peinado, el rey había dispuesto el servicio de cinco damas de la corte.  Una estaba a cargo de pasar el peine por los mechones del lado derecho, otra los del izquierdo, dos más encargadas de sostener en el aire los cabellos ya desenredados y la quinta era la responsable de ir dirigiendo la operación para que la partidura queda bien centrada y equilibrada, además de velar durante su sueño para que los cabellos no se le enredaran mucho cuando se daba vuelta en la cama y se hiciera imposible el peinado matinal.

Era habitual que las muchachas fueran desapareciendo con cierta rapidez, siendo reemplazadas por nuevas doncellas, que se presentaban cada mañana en el dormitorio de la princesa con evidente temor.  Alicia pensó siempre que era porque ella era toda una princesa y para alguna gente le resultaba fácil pasar del respeto al temor, hasta que llegó un día en que el habitual tirón de un par de pelos y el consiguiente gritito de dolor le permitieron darse cuenta de qué es lo que realmente sucedía.

– ¡Aayyy! -gritó y el rey, su padre, que iba pasando casualmente por esa zona del castillo, llegó al cabo de dos segundos, medio ahogado por la carrera que había dado al escuchar a su adorada hija quejándose.

– ¿Qué sucede? -preguntó, sabiendo ya la respuesta.

La doncella que le había dado sin querer el tirón a la princesa al peinarla, agachó el rostro, se arrodilló y se deshizo en disculpas y peticiones de perdón a su majestad, pero el rey chasqueó sus dedos a la guardia que ya había llegado alertada por los gritos.

– Ya sabes lo que hay que hacer.   Sigue a estos hombres -ordenó, y la mujer se marchó rodeada por la guardia, hecha un mar de lágrimas mientras el rey abrazaba a la niña para consolarla y ayudarla a superar el llanto por el dolor, pero Alicita se dio cuenta que la doncella que iba dejando la habitación dejaba en su camino por el pasillo un riachuelo de lágrimas acompañado por los respectivos gritos de súplica.

– Papá, ¿qué le va a pasar que llora tanto?

Y el rey se enderezó la corona, que se le había ladeado un poco por agacharse a abrazar a la niña, y estirándose para confirmar su majestad respondió solemne.

– He dado órdenes perentorias para todo el mundo que el precio a pagar por hacerte sufrir es perder la cabeza.

Alicita Pelos Largos no podía creerlo.  ¡Por eso era que las doncellas que la atendían cada mañana cambiaban tanto!

– Pero papáaaaaaaa -gritó estirando el nombre del padre, como hacía siempre que quería asegurar su atención y anunciarle al mismo tiempo que tenía un problema-, ¿cómo se te ocurrió dar esa orden?

La princesa era la única en todo el reino que podía tratar de tú a su padre.  Todos los demás debían recurrir al mi rey, a su majestad, al excelentísimo señor, pero la niña no hacía siempre uso de ese derecho sino sólo cuando se trataba de algo grave, casos en lo que era ella la que hacía el papel de soberana y su padre, el rey, sabía perfectamente que en esos casos lo mejor era buscar un acuerdo que le permitiera salvar la situación con algo de dignidad.

– Mira hija, hay asuntos del gobierno que tú no alcanzas a comprender porque aún eres muy pequeña…

– No me importa.  Son mis doncellas y no tienes derecho a quitármelas, y menos a andar cortándoles la cabeza -lo cortó de una sola vez, haciendo rebotar los pies contra el suelo, anunciando una rabieta histórica.

– Tenemos que encontrar una solución entonces.  Tú sabes que no puedo permitir que nadie te haga llorar.

El grupo de damas peinadoras miraba en silencio el diálogo, pero una de ellas soltó un par de toses como pidiendo permiso para hablar.  Padre e hija la miraron y ella entendió que estaban autorizándola a decir algo.

– Quizás una posibilidad sería… -empezó tímida, pero las miradas de los soberanos la apuraron-, digo, para no tener problemas con el peinado, que hasta donde sabemos es la única causa de llanto de su majestad, que tal vez su majestad, el rey claro, considere la idea de un corte de pelo.

Rey y princesa se quedaron en silencio, masticando la idea despacio, pensando las ventajas y desventajas hasta que el padre, que en realidad pensaba que era una propuesta estupenda, optó por la prudencia.

– ¿Qué te parece hija?   No habría que decapitar a nadie más porque sería mucho más fácil peinarte.

– Sí, creo que es una buena idea.

Y ambos se pusieron a dar saltitos, aplaudiendo con sus manos, con lo que todos entendieron que había que ponerse a buscar al peluquero adecuado, al mejor del reino y si no había alguien suficientemente bueno, mandar mensajeros a los reinos vecinos.

Pero no fue necesario ir muy lejos porque en un rincón del mismo palacio, en un pasillo poco frecuentado por los cortesanos y dormitando en un sillón, un criado encontró a quien había sido el peluquero de la reina.  El hombre pidió unos minutos para ponerse en condiciones de ser presentado ante el rey y la princesa porque, a decir verdad, el olvido en el que había caído, combinado con la posibilidad de comer y beber a costa del reino, lo tenían a bastante maltraer.

Cuando estuvo listo, fue llevado casi en andas a la presencia del padre y su hija.   La princesa no lo conocía y el rey no lo reconocía, pero le dejaron hacer un diagnóstico de la situación.

Acercándose con cautela, tomó un mechón de cabello, luego otro, se dio vueltas mirando la caída de los pelos desde la coronilla a la nuca, por delante, por detrás, ambos lados.  Le volvió a tomar el pelo, un poco cada vez, luego todo junto y de nuevo algunos mechones por aquí y acullá, y cada movimiento iba acompañado de extraños sonidos emitidos por su garganta, pronunciados sin mover los labios pero que iban diciendo claramente cosas como “este mechón se puede salvar” o “esto no tiene solución”, hasta que los sonidos fueron avanzando hacia lo que podrían ser frases como “esta onda es interesante”, “la calidad del pelo de arriba es claramente mejor y hay que sacarle partido” y un “lo del volumen se puede resolver con unos cortes entre medio”, hasta que soltó un gran suspiro que daba a entender que ya tenía claro lo que había que hacer.

La ansiedad del rey por resolver este asunto era tal que el peluquero pudo poner como condición que se esperara una semana después de su intervención antes de que su soberano decidiera si le cortaría o no la cabeza.  Y a la princesa le dijo: Querida, ha vivido toda su vida con el pelo largo y por eso se va a sentir extraña al comienzo, como si la princesa que aparecerá en el espejo no fuera usted misma, pero créame que al cabo de un par de días va a estar encantada.

Como estaban ya lanzados en el proyecto del corte de pelo, ambos dieron su asentimiento, aunque no demasiado convencidos.   El peluquero invitó entonces a Alicita Pelos Largos a sentarse frente a un gran espejo de cuerpo entero, y provisto de un peine y sus tijeras, sacó la lengua para humedecer sus labios y comenzó a silbar una antigua melodía que había aprendido de los juglares, mientras se daba a la tarea de remodelar el peinado de su majestad.

Una vez que concluyó, dejó caer sus brazos a los costados, mientras tijera y peine rebotaban en el suelo.  Dio un gran suspiro y le preguntó a la niña qué le parecía su trabajo.

La princesa se puso en pie, movió el cuello sintiendo su cabeza notablemente más liviana; se acercó al espejo y desplazó su cara de un lado al otro, muy seria, y el peluquero sentía cada vez más flojas sus piernas, hasta que al fin sonrió y el hombre respiró aliviado.

Y junto con él respiraron aliviadas las doncellas encargadas del peinado de la princesa, y tras ellas la larga lista de jóvenes ya designadas para ir reemplazándolas, y con ellas todos los nobles que formaban parte de la corte que tendrían la seguridad de no perder a una hija por cada llanto de la hija del rey.

Pero desde entonces no hubo más llantos por algunos años, hasta que la princesa llegó a la adolescencia pero cuando ocurrió ello no había nadie a quien culpar.

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