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Hay un hombre en la playa, tirado, medio muerto.  Una niña que pasa buscando piedras de colores lo ve, pero no se atreve a acercarse y prefiere correr a la aldea de pescadores que hay cerca y grita “hay un hombre en la plaza”.

El primer pescador que la oye corre a su vez donde están sus compañeros, y les dice “hay un hombre con plata”.   Se sorprenden, se miran unos a otros y salen corriendo a ver qué ocurre.

La esposa de uno de ellos lo detiene y le pregunta qué pasa.   Él responde: “Hay un hombre con plaga”.   Ella se persigna y sale en dirección contraria a buscar al cura.   Lo encuentra en el confesionario con la señora Elena que, al parecer, siempre tiene muchos pecados que contar porque va día por medio a confesarse.  Lo interrumpe y le dice: “Padre, perdóneme, pero hay un hombre con placa”.

–          ¿Y qué tiene eso? -contesta doña Elena, sin que nadie le haya dicho nada.-   Yo también tengo placa.

–          Sí, señora, no lo dudo, pero en este caso fueron todos los hombres a ver.

El cura partió siguiendo a la mujer, que ya había salido corriendo a la calle, y cuando salió lo detuvo don Tito, el panadero, que le preguntó qué pasaba.

–          Parece que hay un hombre con plantas, y la verdad es que no entiendo por qué esta todo el mundo tan alborotado, así que voy a ver que ocurre.

Siguió persiguiendo a la mujer, que ya se estaba encaramando al camino que sube por el acantilado, en dirección a la carretera, y ambos pronto se dieron cuenta que por ahí no ocurría nada.   Se dieron vuelta y alcanzaron a divisar que en la plaza había un gentío y escucharon la sirena de una ambulancia que iba bajando despacio por la carretera porque su conductor nunca había tenido que ir hasta la caleta.

En la plaza, mientras tanto, una docena de los pescadores que había acudido al llamado de la niña, se daban cuenta a su vez que ahí no ocurría nada, pero la ambulancia los guió porque sí se dirigía a la playa.

Cuando, finalmente, todo el mundo se reunió en torno a la ambulancia y descubrieron que todo se trataba del rescate de un ahogado, alguien le preguntó al enfermero quién les había avisado, y éste respondió que los había llamado desde el teléfono público el Fermín, el ermitaño que vivía en una cueva cerca de la arena y con el que nunca nadie hablaba.

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2 Comentarios sobre “Hay un hombre en la playa

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