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Hay un grupo de chilenos que, siendo igualmente ciudadanos que todos los demás, tienen una condición distinta por haber sido en los años recientes presidentes dela República.   Sepodría decir que son los primeros dentro de los iguales, pero esa es una señal de respeto que tienen que seguir mereciendo porque no basta con su calidad de ex-mandatarios para asegurar esa respuesta de los demás chilenos.

Ser ex-presidentes no los hace mejores ni peores ni les significa dignidades distintas -salvo una dieta establecida por el Congreso como una forma de empujar el retiro del Senado del general Pinochet, pero que es sólo dinero, y la posibilidad de prestar declaración por oficio en los procesos judiciales-, y si quieren seguir participando en el debate político quedan tan expuestos como cualquier otro actor a que se les contradiga y se les recuerde sus errores del pasado.  Posiblemente se les diga con decoro que están equivocados, pero no se les deja de señalar su equivocación.

La aproximación de las elecciones hará que esas respuestas sean cada vez menos educadas, y si esos ex-presidentes quieren conservar su condición de verdaderos patriarcas de la democracia nacional tendrán que tener especial cuidado en demostrar que, efectivamente, están sobre el promedio del resto de la clase política nacional.

En este sentido, tienen dos opciones: Reservarse en su calidad de patriarcas o de “hombres buenos” para los momentos en los que se requiera una suerte de árbitro para definir las polémicas que no logran resolverse, o entrar directamente en el debate.

Se podría argumentar que por sus atributos, su carrera política, sus logros, sus servicios al país, podrían estar obligados a permanecer congelados, como esas viejas glorias que de tanto quedarse quietos para la adulación ciudadana pierden su movilidad y se convierten en estatuas vivientes.   Pero no sería justo, si así lo desean, impedirles que ejerzan sus derechos como ciudadanos a opinar, igual que todos los demás chilenos que no han sido presidentes.

La elección es de ellos, pero tienen que estar conscientes que su capital político se puede perder con malas decisiones, que los tiempos en los que gobernaron no son los mismos y, especialmente, que ahora todos los ciudadanos tienen la posibilidad de criticarlos por las redes sociales, y es seguro que ellos no serán tan respetuosos como lo podrían ser sus contendores políticos.   Si sienten la responsabilidad de seguir contribuyendo con su experiencia al desarrollo de la política, muchos se lo agradecerán, pero están haciendo una apuesta a la que nadie los obliga.

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