Compartir

En una sociedad donde cada uno de nosotros es constantemente catalogado, definido y etiquetado, siempre un grupo de individuos quedará en una situación de desventaja. Nos acostumbramos a enaltecer ciertas características y las dejamos instaladas en un pedestal, mientras el resto de cualidades que comparten otros no nos parecen relevantes o no traen en consecuencia un respeto real hacia ellos.

Así es como a lo largo de la historia cierto grupo de humanos se adjudicó una superioridad ficticia, que sólo responde a sus intereses. El otro – el que no soy yo o que no corresponde a mi grupo – no merece la misma consideración, tales como indígenas, la gente de color, las minorías sexuales, los pobres y las mujeres. Muchos de nosotros hemos sufrido discriminaciones injustas sólo por no ser parte del grupo hegemónico y luchamos, con justa razón, para que nuestros derechos sean respetados.

Pero debemos hacernos la pregunta ¿Acaso nosotros no seguimos la misma lógica al discriminar a otros que están en situación de aún mayor desventaja? ¿Nos hemos dedicado a pensar que nuestras acciones pueden generar también consecuencias desfavorables a otros seres? Como decía el filósofo Michel Foucault: “el poder no se tiene, se ejerce”, la opresión y el sometimiento no está enquistado sólo en luchas de clases, sino que en formas más sutiles o en alguna medida inconscientes.

Me refiero especialmente al sometimiento más ignorado: el que se ejerce hacia los demás animales. El que afecta a esos que nunca podrán alzar la voz para reclamar por la injusticia que están padeciendo. Ellos, los que necesitan de nosotros – los que logramos darnos cuenta de que no está bien esclavizarlos – para que luchen por sus intereses de no ser considerados propiedad y que sus vidas sean respetadas.

En ese sentido, me decepciona profundamente cómo ciertos movimientos sociales que claman por justicia – que en la mayoría de los casos son causas legítimas y que necesitan de todo nuestro apoyo – caigan en la misma lógica de discriminación de otro que está aún más perjudicado que ellos. Así es como podemos ver a jóvenes pertenecientes a voluntariado, que luchando por una sociedad más equitativa, celebran una salida a terreno con cadáveres a la parrilla; a personas que reivindicando causas de autonomía indígena se ensañen con los perros de los latifundistas como parte de su venganza; luchas de campesinos que terminan con perros degollados para llamar la atención de la clase política de su país; importantes organizaciones para erradicar la pobreza realizando “asados solidarios”; o un activista por los derechos de las minorías sexuales que utiliza cabeza y patas de chanchos en sus performances. Quiero dejar en claro que son sólo ejemplos, pero que ilustran un panorama, un contexto. No niego de las buenas intenciones que puedan tener, sin embargo, no puedo dejar de mencionar que están incurriendo a actitudes discriminatorias con otros seres inocentes.

La reflexión final es si como grupo humano hemos sido desamparados y nos han discriminado injustamente y han pasado a llevar nuestros derechos ¿No deberíamos ser más capaces de empatizar con el que sufre? ¿No será parte de una estrechez mental pensar que sólo los seres humanos debemos ser considerados moralmente? Si no nos gusta la injusticia ¿Por qué la permitimos, promovemos y perpetuamos en individuos de otras especies?

 

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *