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Después de la cuenta presidencial del pasado 21 de mayo, cualquier testigo inadvertido creería que al actual Gobierno le quedarían por lo menos un par de años de gestión, a juzgar por la cantidad de proyectos que pretende impulsar.   Incluso después del discurso, el Presidente ha anunciado nuevas iniciativas.

Sin embargo, en los hechos, a la actual administración le restan sólo ocho meses, de los cuales uno -febrero- no cuenta porque se van todos de vacaciones y el Congreso cierra sus actividades legislativas.

Si a ello agregamos que en dos meses más se sabrá quiénes son los candidatos oficiales y únicos de los principales pactos políticos, es inevitable pensar que este afán por seguir gobernando hasta el último minuto puede parecer muy loable pero es poco realista.   El síndrome del Pato Cojo es un fenómeno bien conocido por la ciencia política y descrito con cuidado, y se refiere a la pérdida del poder que se produce antes de la entrega formal del mismo.   Es cosa de ver lo que sucede con los parlamentarios que ya anunciaron que no irán a la reelección: Ya no se les invita a las reuniones, ya no se les piden gestiones y casi se les trata con desprecio, como si al momento de oficializar su decisión de no buscar un nuevo período hubieran dejado de ser parlamentarios de manera inmediata.

Es sabido que en período de campañas electorales, la figura del Presidente se disuelve en el tráfago de actividades de los aspirantes a sucederlo y resulta difícil que los partidos se abstraigan de la campaña para sentarse a conversar con La Moneda el contenido de los proyectos de ley.

Puede parecer un poco absurdo que, teniendo un mandato presidencial relativamente corto de 4 años, se permita además que la elección se adelante más de medio año.   Es un precio justo a pagar por la implementación de unas elecciones primarias que se habían acordado para fomentar la participación ciudadana, aunque a la hora de actuar en consecuencia, sólo RN y únicamente para 10 de los 60 distritos permitirá que los votantes opinen sobre sus candidatos a la Cámara de Diputados.

No faltará entonces quien proponga extender el período presidencial, o plantee la reelección del mandatario en ejercicio, pero como la mayoría de esas veces tales sugerencias tienen nombre y apellido, no suelen ser siquiera recogidas para su análisis.  Mientras tanto, el pato sigue cojeando y el país esperando que la nueva administración tome asiento, se acomode y comience a cumplir con su trabajo y las promesas que estará haciendo durante casi ocho meses.

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