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Esta semana murió Fernando Castillo Velasco -político, académico, arquitecto, pero sobre todo humanista- y Pablo Longueira decidió renunciar a la carrera presidencial argumentando un estado de depresión considerable, concitando reacciones de solidaridad que se justificaban en el valor de la persona por sobre la política: Humanismo, de nuevo.

Es curioso que el humanismo se ponga de pronto en el primer lugar de la contingencia, como si pudiera ser una moda que se lleva y se trae según los acontecimientos, pero hay que tener atención porque hay humanismos verdaderos y humanismos artificiales, de publicistas, orientados al marketing.

No se puede poner en duda que, al momento de hacer balances en el plano individual, muchos diremos que la persona está primero, que los seres humanos están sobre las cosas, que se vale por lo que se es y no por lo que se tiene, pero sería interesante saber cuántos están dispuestos a prescindir de las comodidades materiales, cuántos estarían dispuestos a perdonar al amigo, al jefe o al empleado porque está con depresión, cuántos saben cómo se llama el vecino, qué le preocupa, qué hace y siente.

Eso es lo que intentó Fernando Castillo Velasco: Hacer comunidad.  Se podrá decir que el comunitarismo, casi como si se le pudiera meter en la misma categoría del hipismo, está pasado de moda, pero sigue siendo necesario porque las personas no somos individuos aislados ni simples unidades de producción, sino que somos parte de una sociedad.  Cuando la gente se queja de la violencia, que su trabajo no es satisfactorio, que sus relaciones no le resultan plenas, son todas consecuencias de una sociedad que no opera en forma equitativa ni humana.

El ejercicio de todas las actividades sociales se simplifica cuando se asume la máxima bíblica que comparten todas las religiones: No hacerle al otro lo que no se quiere que le hagan a uno.  Tratar al otro como a uno mismo.  Verse en el otro.

Todas las relaciones se facilitan cuando se las carga con un sentido humano, y entendiendo que humanitarismo no es caridad sino poner a la persona en el centro.

Desearle una buena recuperación a Longueira es un buen síntoma de que seguimos siendo una sociedad con una dosis de humanismo; llorar la muerte de Castillo Velasco es una señal aún mejor.  Lamentablemente, otras señales hablan de materialismo, superficialidad, individualismo, arribismo y, sobre todo, del acendrado espíritu nacional por criticar al otro para reafirmar las posiciones propias.

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