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Considerados como un medio mas de control social, en el marco de las transformaciones del capitalismo, y particularmente inserto en una estrategia comunicacional estimuladora de una resocializacìon individualista de la sociedad, la intelectualidad burguesa y socialdemócrata potenciaron desde el retorno a la democracia, la discusión que se daba en los inicios del gobierno popular sobre la autonomía de estos medios con respecto a los gobiernos de turno y la sociedad civil.

Para asegurar su legitimidad el modo de producción capitalista precisa un cuerpo de fetiches que arman su racionalidad de dominación social.[1] Promover un fenómeno o proceso al rango de fetiche significa “cristalizarlo bajo la forma de un objeto puesto a parte”, en nuestro caso remite a un cuerpo racional de mecanismos que apuntan a ocultar las relaciones sociales de producción imperantes en la sociedad burguesa.[2]

A saber, toda la racionalidad económica/jurídica que ha permitido a la clase dominante controlar los medios de existencia del pueblo, ha venido a sumarse otra, con el desarrollo de lo que podría considerarse como una nueva “fuerza productiva”, el medio de comunicación de masas.

Convertida la entidad medio de comunicación de masas en un actor autónomo en el escenario de las luchas sociales, aparece – análogamente a los aspectos racionales económicos – como una nueva fuerza natural fetichizada.[3]

Con toda la potencialidad ideológica que esto les confiere, son elevados luego al rango de dinamizadores y causas de fenómenos y procesos sociales, ocultando a través de sí la identidad de los poderes que lo amparan y la funcionalidad de las ideas que expanden para con el sistema social patrocinado por la clase dominante.

Junto a este fenómeno han surgido una serie de conceptos de amorfismo social tales como: sociedad de consumo, sociedad de masas, sociedad moderna, opinión pública, etc., a través de los cuales se esfuma el soporte de la dominación social. Esta conceptualizacìon apunta a borrar todo esquema de estratificación social y a ofrecer la imagen de una sociedad indiferenciada, con un mensaje estandarizado donde la realidad general, las potencias creativas y heterogéneas de la sociedad se reducen brutalmente a un discurso sin matices.[4]

En otras palabras este nuevo lenguaje, implantado en el sentido común, sirve de coartada a un aparato de dominación. Así por ejemplo es en nombre de la “opinión publica”, del bien de esta, que la prensa neoliberal reclama la represión de los movimientos sociales y toma el pretexto de un mayor nivel de consumo para justificar la vacuidad de los cambios estructurales implementados.

La “opinión publica” aparece claramente como un apoyo de los intereses de una clase que se permite así traspasar una opinión privada como si fuera publica.[5]

La burocracia de los medios de comunicación de masas básicamente recolecta los discursos oficiales a través de los actores pontificados por el poder, quienes más allá de sus diferencias aparentes – entre ellos y los propios medios – aportan a la ideología del consenso y del aminoramiento de los conflictos sociales.

Es esta racionalidad la que confiere a un sistema social determinado cierta coherencia y una unidad relativa.

Al penetrar en las diversas esferas de la actividad individual y colectiva, cimentando y unificando el edificio social, dotándolo de consistencia, permite a los individuos insertarse de manera natural en sus actividades practicas dentro del sistema y participar así en la reproducción del aparato de dominación, sin saber que de la dominación de una clase y de su propia explotación se trata.

De esta forma el medio de comunicación de masas procura enmascarar el carácter de instrumento de la dominación social que estampa todas las instituciones sociales que la clase dominante patrocina: apunta a evacuar de la sociedad burguesa una contradicción que si no es mediatizada, la hace aparecer como incoherente, quiebra su unidad.

[1] Ver Rafael Agacino. “Los derechos humanos, económicos, sociales y culturales y el problema de la impunidad. Critica a la ideología y al sentido común dominantes.”. mimeo 1996

[2] Ver Carlos Ruiz. “desbordar el molde dominante de la política”. En revista Surda Nº 33

[3] Armand Mattelart. “Para un medio de comunicación de masas no mitológico” 1970. Aquí Mattelart se extiende: ”El medio de  comunicación de masas es un mito en la medida en que se lo considera como una entidad dotada de autonomía, una especie de epifenómeno que trasciende la sociedad donde se inscribe. Así la entidad medio de comunicación de masas se ha convertido en un actor en la escenografia de un mundo regido por la racionalidad tecnológica. Es la versión actualizada de las fuerzas naturales.”

[4] Andrés Figueroa. “Las voces desarmadas”. En revista Surda Nº 13 Septiembre del 97

[5] Carlos Ruiz. “¿Qué pasa con esta democracia?” En revista Surda Nº 21 Junio- Julio del 99.  “Entonces, mas que “transición” hacia una democracia en que la razón se impone sobre la fuerza, arribamos a una situación en que la razón se usa para disfrazar a la fuerza, para legitimarla, institucionalizarla, y perdonarla de sus robos y crímenes.”  Resulta interesante en este sentido una comparación, en el texto “La crisis de la democracia y la lección de los clásicos” Norberto Bobbio plantea: “ Una de las funciones de la ideología es la de ocultar la verdad con objeto de dominio: el interés de una clase hecho pasar por el interés colectivo, la libertad de unos pocos hecha pasar por la libertad sin limitaciones, la igualdad puramente formal hecha pasar por la igualdad sustancial de oportunidades, etc.. Por tanto el poder tiende no solo a esconder, a no hacer saber quien es ni donde esta, sino incluso a esconder sus autenticas intenciones en el momento en que sus decisiones se hacen publicas, a hacer aparecer lo que no es ( o de la simulación) y a no hacer  aparecer lo que es ( o de la disimulación).”

 

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