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Ha muerto el periodista Ricarte Soto Gallegos, a los 61 años de edad, dejando tras sí numerosos deudos producto de una exposición televisiva que permitió que el público tomara por él un sincero afecto.

Los mismos que lo lloran pueden ignorar que vivió el exilio y que fue militante del PPD porque, al final, ese no fue su legado sino su obra de su último año, cuando, como producto del cáncer que lo afectaba, decidió aprovechar su fama en una buena causa y convocó a la llamada marcha de los enfermos para exigir al Estado la ayuda económica para las personas que no pueden comprar los remedios que demandan ciertas enfermedades.

Bien por Ricarte Soto.   Supo distinguir lo principal de lo accesorio, no se mareó con las luces de la televisión ni la fama y apostó a la contribución a la sociedad de la que era parte.   Así fue también su participación en la pantalla chica: Frontal, sincero, sin las dobles tintas que caracterizan a tantas personas que gozan de la fama televisiva, y así fue su campaña por obtener el respaldo financiero para la adquisición de los fármacos que muchos no pueden adquirir.

Es evidente que el sistema de salud privado no protege a las personas que no tienen acceso a ciertas medicinas indispensables para la vida y que el Estado, teniendo la obligación, no siempre cumple con su deber o lo hace con tal lentitud que no sirve de nada.  Era necesario que alguien lo dijera y presionara para la presentación de un proyecto de ley en esta dirección, pero cuando la gente tiende a quejarse sin hacer lo que considera necesario un ejemplo como el que dio Soto es profundamente agradecido.

Cuando las personas llegan al final de su vida, muchos pueden encontrarse con que no han dejado mucho que les signifique ser recordados.  Algunos logran trascender su paso material por el mundo y son ellos los que hacen que las sociedades progresen.   No hay muerto malo -se suele decir- pero la verdad es que algunos hombres y mujeres demuestran ser mejores que otros.   No por sí mismos, sino por sus obras.

Lo de Ricarte Soto es una lucha que no ha terminado.  Cada uno debe entender cuáles son las peleas que tiene que dar y el ejemplo de este periodista es un camino posible a seguir.  No es el único pero es una clara señal respecto a no dejarse derrumbar por las circunstancias de la vida y es, por sobre todas las cosas, una pauta para entender que la figuración pública está acompañada de una responsabilidad social.  Eso sí que es necesario.  Mucho más que las luces y la hoguera de las vanidades en que suele convertirse la televisión.

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