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Un cuaderno de hojas cuadriculadas y tapas celeste me lleva al período 83-89. Comencé a escribirlo cuando me di cuenta que estaban ocurriendo hechos que no podía relatar en las crónicas que publicaba en la revista donde trabajaba entonces.Y porque sentía que si algo me pasaba (arresto, desaparición), al menos habría un testimonio más personal para mi familia y amigos cercanos. Allí guardé escritos, panfletos, recortes, testimonios.

Los momentos rescatados en esas páginas escritas con lápiz pasta azul  han estado bailando en mi cabeza y han vuelto aparecer tras mirar “Chile las imágenes prohibidas”, la serie documental transmitida por Chilevisión a 40 años del golpe, que a tantos ha conmovido. Cuando veo los archivos de la época me pregunto cómo hicimos para sobrevivir y permanecer aparentemente intactos. Digo aparentemente, porque al revivir esas situaciones el cuerpo se contrae el pecho duele y el corazón late más de prisa,

Marraquetas y balas

1983 fue considerado el año decisivo para derrocar a Pinochet. Las protestas masivas convocadas por organizaciones sindicales, políticas y sociales se iniciaron en  mayo y a los dos meses un reducido grupo de reporteros nos juntábamos para hacer frente común ante cualquier ataque “disuasivo” de policías o militares. A eso de la una, pasadas las protestas en el centro, juntábamos monedas-literalmente- para pagar un taxi, única manera de ir hacia las poblaciones, y comprar marraquetas calientitas  en la panadería que estaba a la entrada de la Población La Victoria, uno de los focos más combativos.

El fotógrafo Claudio Pérez solía trabajar espalda contra espalda con el colorín Navarro; usaban pañuelos sobre boca y nariz para protegerse de los gases lacrimógenos o agitarlos como banderas de paz. Sus tomas eran notables y muchas han sido publicadas en libros como Chile desde dentro (LOM  y Gonefot ediciones) o han sido exhibidas en exposiciones dentro y fuera de Chile. En esos días de compañerismo, el temor era asunto de rutina, pero no nos paralizaba.

Las calles de la población  La Victoria se nos hicieron familiares y casi siempre había una puerta abierta para escondernos cuando comenzaban a sonar las balas. Los vecinos nos decían: “No se vayan, porque si los ven los pacos no se atreven a entrar”. Pero muchas veces lo hacían igual  y entonces el párroco Pierre Dubois  salía a detenerlos. Una vez estábamos en la calle 30 de octubre- que se llama así porque ese día fue la toma con la que se inauguró la población, en 1957- cuando la gente empezó a gritar “¡Vienen, vienen, van a entrar!”. Dubois corrió hacia la micro y nosotros detrás de él.

Protesta año 85 en AV Grecia Fotografía Mauricio Tolosa
Protesta año 85 en AV Grecia Fotografía Mauricio Tolosa

Tal como muestran las imágenes recogidas en documentales y videos exhibidos en televisión, se paró frente la micro, mientras bajaban los uniformados (creo que en esa ocasión eran del ejército). El oficial al mando dijo: “Retírense o disparamosy  sus subordinados apoyaron la rodilla en tierra apuntándonos. Mis compañeros buscaron refugio y yo seguí parada al lado del cura con la grabadora prendida; él tenía a su Dios y yo a mi amigo Koss Koster, asesinado en El Salvador, al que había convertido en mi ángel de la guarda. En ese momento dispararon sobre nuestras cabezas y recuerdo haber saltado hacia adelante con la grabadora fuertemente sujeta, mientras escuchaba los “Chuchas, dispararon los conchaesumadre!”  susurrados por mis compañeros que estaban tendidos sobre la tierra o detrás de un poste de luz. La ráfaga quedó grabada y la nota de esa noche fue transmitida al día siguiente en el noticiero en español de la radio nacional de Suecia , para la cual colaboraba en esos años.

Más tarde, alguien me llevó en auto hasta La Reina. Se acercaba el toque de queda y caminé casi corriendo las cuadras que faltaban para llegar a mi casa. A pocos metros del portón de entrada escuché el frenazo de un auto a mis espaldas en la calle Príncipe de Gales, absolutamente solitaria. Entonces, solo entonces, sentí que me paralizaba, mientras aferraba el casquillo de bala que guardé largo tiempo, como testimonio de esa escaramuza.

¿Contra quién es la guerra?

En agosto de 1983 Sergio Onofre Jarpa, el ministro del Interior de Pinochet, sacó a 18 mil soldados con la cara pintada a las calles del país. Cerca de la calle Brasil, un grupo de trabajadores de una organización no gubernamental dedicada al estudio de temas de educación marchaba hacia la Alameda cantando con las manos en alto Quiero tener un millón de amigos. Pero en vez de amigos llegaron los enemigos: una patrulla de carabineros les impidió el paso y pidió refuerzos. Detrás de ellos se estacionaron dos camiones militares con soldados vestidos con ropas de camuflaje y carapintada, que les ordenaron sentarse en el suelo con la espalda contra la pared (mismo procedimiento usado en 1973). Hombres y mujeres fueron separados y mientras los subían a distintos vehículos iban gritando su nombre y algunos su número de teléfono a los  a los periodistas que contemplábamos la escena petrificados. Una de ellas pedía desesperada, “Avisen que vayan a buscar a mi hija al jardín”.

Obligados por los carabineros nos fuimos hacia la Alameda, donde jóvenes soldados dispuestos en fila acordonaban la acera, entre Manuel Rodríguez y Amunátegui. Iracunda, caminé frente a ellos preguntándoles: ¿Por qué están camuflados: contra quién es la guerra? Uno de ellos, muy joven, bajó la vista y un par de lágrimas rodaron por su rostro tiznado. En ese minuto me di cuenta que también en el otro bando había víctimas de la dictadura y lloré junto al muchacho.

Catedral Metroplitana Fotografía de Mauricio Tolosa
Catedral Metroplitana Fotografía de Mauricio Tolosa

Gritos y silencios

Dos gritos persisten imborrables en mi memoria: el primero, en marzo de 1985, fue de estupefacción y pena y lo oi en la Vicaría de la Solidaridad, cuando supimos que habían encontrado degollados los cuerpos de Manuel Guerrero, José Parada y Santiago Nattino, los tres militantes comunistas secuestrados la mañana anterior por agentes del Comando Conjunto (integrado por policía de distintas organizaciones de las Fuerzas Armadas).

El segundo, fue el grito congelado en las gargantas de los familiares que habían ido al Palacio de los Tribunales de Justicia, en la calle compañía, cuando fue a declarar a declarar a Miguel Estay Reyno, el Fanta a los tribunales de justicia en el proceso que se le seguía por colaboración en el asesinato de dirigentes del PC. Recuerdo a los gendarmes llevando en vilo al prisionero que había entregado a sus ex compañeros a la tortura y había participado en los degüellos de Guerrero , Parada y Nattino, y a los familiares y periodistas corriendo detrás, en un intento desesperado de ver su rostro, mientras su figura fantasmagórica (vestía un polerón claro con capucha para tapar su cara) se reflejaba en el piso brillante de los pasillos.

Fue un año horrendo. Una fotografía de Alvaro Hoppe nos mostraba  a Rodrigo Rojas de Negri,  Inés Paulino, Astrid Ellicker y yo sonrientes en el patio de la casa donde estaban las oficinas de APSi, en Providencia. Por esa foto, tomada horas antes de la protesta durante la cual Rodrigo y Carmen Gloria Quintana fueron quemados vivos por una patrulla militar, nos citaron a declarar a la justicia militar. Aún choqueadas por el horror de lo acontecido a Rodrigo y Carmen Gloria Inés y yo pasamos mucho miedo, porque  la orden de declaración había sido dada por el temido fiscal militar Fernando Torres Silva, cercano al general Pinochet.

La sala donde debíamos presentarnos estaba al lado del Ministerio de Defensa y por ese sector circulaban poquísimas personas. Esperamos un rato, imposible precisar cuánto, debido al miedo. Una cortina metálica se alzó para que entráramos, solas, y lo hicimos sin saber si saldríamos pronto o si quedaríamos detenidas. No recuerdo qué nos preguntaron, pero sí la sensación de miedo y de frío. Una media hora más tarde volvió a alzarse la cortina y salimos presurosas a abrazar a los compañeros que nos esperaban a prudente distancia.

Anticipos y juegos de azar

Los estudiantes iniciaron las protestas golpeando cucharas contras las mesas en los casinos donde almorzaban en los años setenta. En los ochenta siguieron con marchas y tomas de escuelas. Un amigo, alumno de Antropología de la Universidad de Chile, me contó un episodio esperanzador en 1985 . Su curso estaba en asamblea y de pronto irrumpió un piquete de carabineros y los detuvo:  “Me agarraron en andas, me torcieron los brazos y me arrastraron fuera de la sala” recordó. “Sentía gran dolor, pero no quería gritar, así es que di vuelta la cabeza para mirar a la cara a uno de los que me llevaba y le dije : “Usted sabe que nosotros vamos a ganar, ¿no? Sí, me contestó bajito”.

Ilustración del reconocido dibujante Guillo
Ilustración del reconocido dibujante Guillo

En la revista APSI, donde trabajaba el año 87, siempre tratamos de contrarrestar el miedo con la ironía. Los dibujos de Guillermo Bastías (el Guillo) trasuntaban un fino humor y un agudo sentido de la observación. Las crónicas y titulares estaban a tono. Las observaciones y juegos que hacíamos a diario en la redacción nos llevaban a veces a una suerte de humor macabro o tan hermético que desconcertaba a los visitantes… especialmente si se trataba de extranjeros. Por una portada que mostraba a Pinochet con peluca de Luis XVI  tomaron presos al director, Marcelo Contreras y al representante legal, Fernando Villagrán. Seguimos escribiendo e improvisamos reuniones de pauta en el anexo cárcel Capuchinos, debiendo sortear el exhaustivo registro de los y las gendarmes que custodiaban la puerta. Una de ellas nos vendía números de una rifa supuestamente del colegio de su hijo. Invariablemente ponía como comprador el nombre de u  personaje de novela.

Una torta en la comisaría

 

En 1987, con Alvaro Hoppe fuimos a reportear una manifestación de Mujeres por la vida , en la calle Antonio Varas, al frente de un cuartel militar. Como también pertenecía a esa organización surgida en 1983 (pluripartidista, plurietárea que sumaba a mujeres de diversas causas) dudaba entre sostener una pancarta y leer un manifiesto que todas portábamos o cumplir la tarea de periodista (faltaban manos para ambas tareas). Logramos situarnos frente al cuartel y apenas desplegamos el  lienzo varios soldados salieron corriendo del cuartel  y nos lo arrebataron, dando golpes a diestra y siniestra. Hombres y mujeres fuimos detenidos y nos llevaron a una comisaría de Vitacura. Nos pusieron en un patio frío y de pronto alguien recordó que una de las compañeras estaba de cumpleaños. Fanny Pollarolo , dirigente del PC, logró convencer al prefecto de la Comisaría para que  dejaran pasar una torta que había comprado alguien de afuera. El verso “que los cumplas feliz, fue coreado por los hombres que estaban en otro patio y que no pudieron recibir una porción de torta. .

Mujeres por la Vida fue una de las agrupaciones sociales potentes de ese período (1983 en adelante). Tanto como el Movimiento contra la tortura Sebastián Acevedo. Más allá de militancias políticas organizaciones lograron reunir a personas cuyo compromiso primordial era denunciar las prácticas de la dictadura y pedir su fin. Allí estaban desde la artista visual Lotty Rosenfeld (fundadora del CADA), a la pequeña Javiera Parada (nieta del dirigente del PC Fernando Ortiz, detenido desaparecido, e hija de José Manuel Parada, secuestrado y degollado). Teresa Valdés (académica de Flacso en aquella época) era una de sus líderes más visibles,  junto  Fanny Pollarolo (del PC), Graciela Bórquez de la Democracia Cristiana, la periodista Patricia Verdugo. En su transversalidad estaba también su fuerza.

Manifestación por el NO Fotografía de Mauricio Tolosa
Manifestación por el NO Fotografía de Mauricio Tolosa

La noche del plebiscito pasé horas yendo y viniendo entre el Hotel Plaza San Francisco, donde se reunían los dirigentes opositores a la dictadura, y el edificio Diego Portales (hoy Centro Cultural Gabriela Mistral) donde eran emitidos los cómputos del gobierno. Casi al lado del Diego Portales estaba el Comando del No y en medio se ubicaba el pequeño estudio de grabación en el que un reducido equipo de periodistas encabezados por Alexandra Barrientos transmitíamos ese hecho trascendental, en vivo, para la Radio Nacional de Suecia. Miles de chilenos y suecos nos escuchaban expectantes al otro lado del continente y no solamente en Suecia.

Pasada la medianoche, cuando ya se sabía el resultado extraoficial a favor del No corrí de un punto a otro. Los pacos se estaban retirando y jadeante e ignorando que aquello formaba parte de un nuevo intento de golpe de estado,  me detuve y abracé al carabinero que en solitario custodiaba la calle Lastarria. “¡Ganamos!”  le dije y él muy sorprendido me abrazó también. Seguí corriendo con las declaraciones recién grabadas de las personas que estaban fuera del hotel  (políticos, emocionados miltantes y ciudadanos)  hacia el estudio. Mé pregunto ahora qué ganamos realmente.

En el fuego de la historia

El 4 de septiembre de 1989 la CNI asesinó a Jecar Neghme, dirigente público del MIR chileno, a quien había entrevistado días antes en una solitaria oficina del APSi . Fue un fin de semana y acudí a la cita con bastante miedo, porque ya entonces el representante del movimiento de izquierda más radical había recibido amenazas de muerte. La presencia sonriente de Jecar me tranquilizó. Sus respuestas claras y precisas sobre el proyecto político de trabajo conjunto con la izquierda que estaba encabezando, también.

El 28 de mayo de 1993 trabajaba en una oficina en la calle Villavicencio al frente del Ministerio de Defensa y cuando los militares se acuartelaron en protesta por la revisión de cuentas de Pinochet- eso que fue conocido como el boinazo volví a sentir esa mezcla de rabia por lo que veía  y miedo a lo desconocido  de los días posteriores al 73. Me pregunté en ese instante si sería capaz de hacer lo mismo que en las décadas pasadas.

Quizás Manuel Guerrero Antequera, que lleva el mismo nombre de su padre secuestrado y degollado por el Comando Conjunto, tenga razón cuando dice que recién estamos perdiendo el miedo de hablar. Em el lapso de la transición a la democracia hubo una generación que creció y que pudo manifestarse y manifestarse sin el temor a que sus padres o ellos mismos fueran detenidos, torturados o secuestrados en medio de la noche (no olvidemos que gran parte de las víctimas de la represión fueron jóvenes).

Vuelvo entonces a un texto de Pierre Nora, coautor de la obra Los Lugares de la memoria (1964-1992, Gallimard), porque siento que le otorga sentido a la catarsis que hemos estado viviendo con la serie de televisión Chile las imágenes prohibidas:

«Todo lo que hoy llamamos memoria, no es entonces memoria sino historia. Todo lo que llamamos llamarada de memoria es la culminación de su desaparición en el fuego de la historia. La necesidad de memoria es la necesidad de historia»

Mediodía 6 de Octubre de 1988 Fotografía de Mauricio Tolosa
Mediodía 6 de Octubre de 1988 Fotografía de Mauricio Tolosa

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5 Comentarios sobre “Imágenes prohibidas/ historias recuperadas

  1. No viví en carne propia estas atrocidades. Mi padre nos sacó del país un poco antes.. solo me resta solidarizarme con los que realmente lucharon por la democracia.

  2. Magnífico tu testimonio, querida amiga. Estupendo además el relato y la forma de escribirlo. Aunque estamos en estos días tan lejos de la patria, igual Gabriela y yo nos sentimos impactados y emocionados con textos como el tuyo. Te abrazamos con cariño, admiración y respeto.

  3. camaradas, queda poco a celebrar los 40 años de nuestra infancia detenida y paralogizada al sentir la noche del 11 como pican las narices el aroma de la pólvora caliente y los gritos mudos de cuerpos inertes y almas viriles y de doncellas desaparecidas en noches aciagas, de chilenos contra chilenos, como en 1891, como en 1814, que nunca mas en nuestra querida madre patria

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