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Como ha ocurrido durante la mayor parte de los últimos cuarenta años, el país volvió a enfrentarse a sí mismo en el recuerdo del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, y aunque esta vez los sentimientos afloraron con mayor intensidad, en síntesis el proceso fue el mismo: Denunciar los abusos de la dictadura y replicar acusando la ineficiencia de los políticos de los ‘60s y ‘70s por evitar una crisis institucional.

Es un diálogo de sordos.   Nadie cede en sus posiciones y lo más que se ha logrado en el plano político es que algunos personeros en ambos bandos asuman que cometieron errores, pero en cuanto a la reparación del daño causado no hay nada porque no es posible revivir los asesinados ni enmendar las equivocaciones.

La posibilidad de encontrar los cuerpos de los detenidos desaparecidos parece cada año más remota y pronto terminarán de morir quienes pudieran tener aún alguna información.   Lo evidente es que todos ellos murieron, pero quien ha perdido a un ser querido en circunstancias que permitan abrigar una esperanza ínfima de que pudiera estar aún vivo sabe que esa expectativa constituye una eventualidad a la que las personas se aferran con todas sus fuerzas.  Es cosa de recordar el caso de Jorge Matute para entender en toda su amplitud lo que sienten los familiares de los desaparecidos.   Mantenerlos en la ignorancia del destino de sus esposos o hijos es una crueldad permanente.

Sin embargo, el otro aspecto de este tema es el de la reconciliación nacional, y en esto sí que es responsabilidad de todos poder avanzar, pero primero tenemos que reconocernos a nosotros mismos, asumir nuestros prejuicios, nuestros dogmas y declarar explícitamente si somos o no somos capaces de perdonar y si, en definitiva, queremos reconciliarnos.

Recién después de ese auto-reconocimiento hay que hacer el reconocimiento del otro, asumir que es tan humano como nosotros, que es tan capaz como nosotros de equivocarse, de sentir miedo, dolor, y aceptarlo en toda su humanidad.  No es posible la reconciliación con los estereotipos: El reencuentro es con personas de carne y hueso que, además, estén igualmente dispuestos al encuentro.

En ese contexto, resulta perfectamente posible, dentro de la lógica irracional que anima al ser humano, que más de alguien no quiera reconciliarse si ello lleva implícito consigo el perdón, la aceptación del otro y el reconocimiento que la verdad no es patrimonio exclusivo.  Esa actitud es legítima, como es legítimo pedirles a esas personas que no interfieran en la reconciliación que puedan desear los demás y querer creer que la reconciliación es posible.

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