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Por esas casualidades del destino, mi primer hijo nació un 11 de septiembre.   Su llegada al mundo convirtió la fecha en un símbolo de vida y dejó de representar la carga de sufrimiento, dolor y odiosidad que había tenido durante 24 años.

Naturalmente, no se puede olvidar que en el mismo día de 1973 miles de familias vieron quebrados sus destinos, algunos como víctimas y otros como victimarios y que aún a cuarenta años de los sucesos el trauma sigue presente, bastando que se muestren algunas imágenes y se rescaten algunos testimonios para que muchos revivamos un período de la historia en el que las diferencias políticas entre compatriotas fueron todas las excusas necesarias para una campaña de exterminio respecto de quien pensaba diferente.

Hubo abusos que sólo pueden calificarse de inhumanos, pero también hay que valorar que las personas trataban de vivir al mismo tiempo lo mejor posible, haciendo realidad eso de ponerle buena cara al mal tiempo.  Las heridas seguían por dentro porque no se pueden borrar si no son tratadas adecuadamente, como los traumas psicológicos, que en nuestro caso son colectivos e individuales.

Pero inmersos en ese trauma, los que somos adultos ahora no tenemos palabras para explicar a los que no habían nacido aún en 1988, cuando el plebiscito significó el término de la dictadura, qué fue lo que hicimos mal como país para perder la capacidad de convivencia y no sabemos siquiera si alguna vez la tuvimos.

Se podrá argumentar que hoy en día sí podemos coexistir unos con otros sin mayores roces, pero basta con revivir las causas del trauma para que se erice la piel y las garras se afilen en búsqueda de un contrario al cual negarle su verdad y toda posibilidad de argumentar sus puntos de vista.

No me atrevería, por un asunto de pudor, a pedirle a nadie que enfrente esta conmemoración del “11” como lo hago yo, pero creo que es honesto decir que lo que más me preocupa es qué país van a recibir mis hijos.  No quiero que vivan en una sociedad que se arrastra en un paisaje en blanco y negro.   Quiero colores para ellos, matices, gradaciones en la apreciación de la realidad, pero sin dejar de reconocer nunca tampoco que el pasado no se resuelve simplemente diciendo que hay que mirar sólo hacia el futuro y que las diferencias son legítimas pero debe primar la tolerancia porque el diálogo es el que permite el crecimiento de los países.

Cuando se dice que Chile está al borde del desarrollo o que tenemos una economía espectacular, una estabilidad institucional que es envidia de otros, se están dejando muchos factores de lado de los que no se puede prescindir en una sociedad madura.

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