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Lo que está sucediendo en ese vasto sector político que va desde el liberalismo post-moderno al conservadurismo decimonónico se parece mucho a lo que ocurre en las familias en las que conviven personas que, de tan poco verse, llegan a ser unos verdaderos desconocidos que no entienden por qué deben compartir de vez en cuando en encuentros en los que no tienen nada de qué hablar.

Para quien ha vivido la circunstancia de estar obligado a convivir una tarde con gente que no conoce ni le importa, le resultará fácil comprender la postura de algunos parlamentarios de Renovación Nacional que han preferido renunciar a pertenecer a un partido en el cual se sienten extraños.

En cambio, para quienes resulta esencial hacer un esfuerzo por mantener la unidad familiar, preservar las tradiciones y revivir los lazos familiares, esa actitud de volar del nido en el que se nació resulta incomprensible.

Ese es el nudo de la cuestión.   Las argumentaciones ideológicas, las discusiones acerca de la coherencia o la lealtad con determinadas posiciones son, en definitiva, excusas para retirarse o mantenerse en el escenario.   Es completamente cierto aquello de que los partidos políticos son asociaciones a las que se adscribe voluntariamente, por lo que la misma voluntad puede decidir la renuncia, con la misma legitimidad con la que se resolvió la incorporación.

La libertad para cambiar de opinión es un asunto básico en esta polémica, y es algo que le cuesta comprender a los partidos porque, aunque sean asociaciones voluntarias, los partidos tienden a crear una especie de ideario en el que el disenso no es bienvenido.   Los partidos no son clubes de debate ni asociaciones filosóficas,  No buscan la verdad, sino el poder.

Cuando en las familias se erige un patriarca en amo y señor (o ama y señora) del clan, y se otorga la autoridad para decidir qué pueden y no pueden hacer, pensar, sentir los integrantes de la familia, resulta comprensible que más de alguno de los miembros de las nuevas generaciones renuncien y se lancen a la aventura de formar su propia familia.   Es un asunto instintivo que se produce incluso en las familias más amables y acogedoras y que es completamente independiente de las posibilidades que esa nueva familia sea la culminación exitosa de la aventura que se quiere emprender.

Los padres saben que los hijos tienen que dejar el nido y los partidos tienen que comprender que las instituciones no son inamovibles.  En definitiva, las personas tienen que aceptar que todos tienen el derecho a equivocarse y a cambiar de opinión.  No es nada grave, es parte de las leyes de la vida.

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