Compartir

Cuando está por asumir un nuevo Gobierno, puede resultar conveniente hacer una vista general del país para saber en qué condiciones se inicia este nuevo período y poder compararlo con el estado en el que se encontrará en cuatro años más.  Para un observador desprejuiciado, esta nación se caracteriza por las profundas desigualdades económicas y sociales que han servido para que todos los candidatos de cualquier signo pongan el acento en la igualdad.

Pero estas diferencias no se refieren sólo a lo económico, aunque ello pueda parecer lo más grave por ser Chile uno de los países más desiguales del mundo.   Las diferencias se dan en otros planos también, que pueden hacer temer que el país ya no esté dividido sino directamente fracturado.   Es mucho más que suponer que hay dos mundos, uno arriba y otro debajo de la Plaza Italia o de Tobalaba o Manquehue.  Hay mucho más que dos mundos y todos están presentes en el mismo territorio, muchas veces sin comunicación entre ellos.

La atención de los medios se ha puesto en estos días en lo que sucede en la Araucanía, por ejemplo, en donde la violencia injustificada refleja de todos modos una queja permanente por el maltrato al que es sometida la etnia mapuche y que trasciende por mucho los factores ideológicos involucrados en el conflicto o las aseveraciones respecto a que los violentistas son minorías, que son temas importantes pero no apuntan a la raíz del problema, que es la falta de espacio político para el desarrollo de esta y las demás etnias que habitan el país y justificadamente no han querido integrarse a Chile.

Otra gran fractura es la que se produce entre Santiago y las regiones.  Ya el año pasado hubo intensas movilizaciones en distintos puntos del territorio nacional y este 2014 se estrena con una bancada regionalista en el Parlamento.  Son todas señales de un estado de abandono que no se resuelve con la pura elección directa de los consejeros regionales porque lo que se reclama es mayor autonomía y el poder central sigue sin mostrar una disposición real a avanzar en esta y otras materias de interés para las regiones.

Por último, la otra fractura importante que incomoda a la ciudadanía es la distancia que sigue manteniendo la clase política respecto de las personas.   En los días del retorno a la democracia, una periodista impertinente le preguntaba a los políticos cosas peligrosas, como el valor del kilo de pan o del pasaje de micro y ninguno sabía responder.   Sería interesante saber si aprendieron que la comunicación con la gente es mucho más que tener una cuenta en Facebook y Twitter manejada por un asesor y pensar que con eso basta para lograr la empatía con los electores.

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *