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Había sido tan linda que no necesitaba el maquillaje, los vestidos blancos  ni el tatuaje en la espalda.   Las flores la adornaban, pero cuando sonreía no necesitaba nada más.   Era como la luna llena, envuelta en gasas, concentrando toda su luz en ti.

No recuerdo cuándo nos conocimos, porque siempre pareció estar allí.  A mi lado, a veces adelante, otras detrás, pero siempre conmigo, recorriéndome las tripas y haciendo palpitar mi corazón cuando me cansaba el pequeño negocio de barrio, indispensable para producir el dinero necesario para comer algo que no fuera puro amor.

Nos reíamos tan en serio que era peligroso, y fue así de peligroso al final porque la casa vacía amenazó con devorarme las entrañas y terminar de volverme loco.   Completamente loco, porque ya debía estar algo contagiado por su locura de creer que las mariposas bastan para la eternidad.

Debí entender las señales para aceptar la posibilidad de la locura en mi vida. Cada vez eran más frecuentes las mariposas muertas que tenía que barrer los días domingo, cuando me dedicaba a poner orden en la vieja casona.   El resto del tiempo se me iba en amor y trabajo, y amor y amor, y aún más amor.  Ella iba conmigo, como la bruma que rodea el barco del amante muerto en alta mar que quiere volver a casa.

Algunas noches me despertaba con su llanto, plañidero, atormentado, pero siempre me decía que era feliz, que estaba bien, que era solo que le recordaba mucho a su primer amor por mi perfil y la forma de abrazarla.   Entonces se apretujaba como podía contra mi pecho y me juraba que no había problemas, que mientras estuviera con ella sus fantasmas se mantenían bajo control y que, incluso, algunos ya se estaban convirtiendo en ángeles dispuestos a entonarle canciones dulces para que pudiera dormir tranquila.

Le gustaba Bessie Smith, porque era de su época, y a mí los Beatles, que eran los de mi tiempo, pero nos encontrábamos en Frank Sinatra y celebrábamos cada 13 bailando su Cheek to Cheek.  Ya dije que no recordaba cuándo nos conocimos ni cuando nos besamos por primera vez, pero ambos decidimos que el 13 era un buen día para celebrar porque estábamos convencidos que, juntos, podíamos contra todo, incluyendo los malos augurios.  Una dosis de humor negro, sin duda.

No escribía pero aplaudía mis balbuceos y me perseguía por toda la casa sacándome fotos en las que ella nunca quería aparecer.   En eso sí que era buena.  ¡Una verdadera artista!   De alguna forma lograba que mi rostro, siempre tan poco expresivo, trasuntara mis preocupaciones y mis esperanzas.   Veía el papel brillante en blanco y negro y siempre estaba seguro que me mejoraba de alguna forma misteriosa.  Nunca me quiso explicar cómo lo hacía.   Sólo empinaba sus hombros y se sonreía de manera traviesa.

Los dos estábamos juntos todo el día.   En el almacén y la cama.   Íbamos y veníamos juntos, pegados como dos enamorados sin tiempo.   Desde el despertar hasta el dormir, nos cuidábamos, nos consolábamos, nos hacíamos cariño.   La gente del barrio decía que, al entrar al negocio se respiraba otro aire y las vecinas se quedaban ratos largos conversando conmigo.  Decían que les hacía bien.

Pero un día desperté y ya no estaba allí.

Quizás nunca estuvo.  Quizás volvió al cementerio o la vino a buscar su amado.   El caso es que la escoba no tuvo que barrer más cadáveres de mariposas.

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Alguien comentó sobre “Éramos tan lindos (un cuento)

  1. Lindo cuento, para reflexionar y pensar que vale la pena barrer o tal vez lo ideal sea no tener que barrer nada y todo sea necesario para configurar el gran puzzle. Gracias por el par de minutos regalados.

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