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Lo que ha venido ocurriendo en estos días en Venezuela con el uso de las palabras es lo mismo que pasa en todo el mundo.  Donde uno dice blanco, la contraparte responde negro, luego el primero entiende que le han respondido blanco y afirma muy orondo que la realidad se corresponde fielmente con su opinión, lo que implica de manera automática que la opinión deja de ser subjetiva para convertirse en verdad.  Naturalmente incuestionable e irrebatible.  Fin del debate y el inicio de la imposición.

Por eso hay que tener cuidado con el uso del lenguaje.  Su empleo varía radicalmente de acuerdo al contexto.   En el arte se acepta su flexibilidad, elástica hasta el infinito cuando es necesario, pero en política se necesita el entendimiento y este resulta imposible si cada uno usa las palabras asignándoles sentidos distintos.

No se puede olvidar que la palabra construye la realidad.   A partir de la palabra las cosas tienen nombres y pueden ser explicadas, y luego ser motivo de análisis, acuerdos, cambios y renovación.

En política es necesario ponerse de acuerdo en los significados, antes que nada.   Si la democracia es una, no puede ser que se le pongan adjetivos calificativos que desvirtúan su sentido original, por muy buenas que parezcan las intenciones.   Si la libertad es una sola, no se la puede relativizar de acuerdo al contexto desde el cual cada uno contempla la realidad.

Del mismo modo, la ética, la probidad y el hacer bien las cosas no pueden depender si quien protagoniza los actos políticos sujetos a juicio público es amigo o adversario.   Eso es destruir la posibilidad de dialogar.

Hay que ser honestos.   Lo que ocurre en Venezuela también sucede en Chile, y en todas partes del mundo.  Siempre hay gente que enreda las palabras de manera cantinflesca para negar el entendimiento.   Es un truco, es una forma de hacer política basada en el diálogo de sordos.  Se trata que la contraparte no pueda responder, o que, en último caso, entregue una respuesta que pueda ser ridiculizada porque dentro del contexto en el cual cada uno elabora sus declaraciones resulta fácil burlarse de quienes no participan de ese contexto, es decir todos los demás menos uno y sus amigos.

Los diálogos de sordos siempre son de a dos.  Si el mal uso del lenguaje es utilizado para acusar al rival, se repite el mismo vicio.   Si en la política el debate no se da con seriedad, dejando de lado las tretas, se repite infinitamente un espectáculo en el que la gente no entiende lo que se dice y termina por aburrirse y exigir la devolución de la entrada.

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Alguien comentó sobre “La (in) flexibilidad del lenguaje

  1. Gracias Andres

    Cuesta tando darnos cuenta de lo que decimos.

    Requerimos de un esfuerzo y lucidez muy especial. Si la tuivieramos hablaramos menos de la mitrad y escucharrimaos el doble.

    Por elago el proverbio dice que tenemos UNA boca y DOS orejas.

    Somos tan ligeras en usar las palabras.

    Y muy ligeros en descalificar.

    Buddha señalo esa necesidad de estar atentos a lo que decimos. Eso nos alivia y alivia a otros. Contaminamos tambien con lo que decimos y COMO lo decimos

    Es tan facil distorsionar todo y es muy dificl darnos cuenta que el texto depende tanto del CON-TEXTO, de la situiacion.

    La trageida de Venezuela recuerda la tragedia de Chile en tiempos del gobierno de Allende.

    Todos estabamos contra todos. Cada uno hablaba sin ESCUHCAR al otro.

    Y lo que es peor , cada uno creiamos que tenia la razon.
    Lo que F, Varela llamabala “tentacion de la certeza”

    Ya sabemos lo que ocurrio.

    Afortunadamente el 2014 ya no es 1973, nada se repite igual. Estamos en otra, pero hemos tropezado con una piedra similar.

    Mil gracias
    Gustavo Jimenez Lagos

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