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Cuando la gente concurre a presenciar los debates en el Congreso, se queda con la impresión que la gente habla sin escucharse, pero no se da cuenta que cuando hablan en las redes sociales de política, fútbol y religión -los tradicionales temas polémicos que no se deben tocar en los encuentros familiares- hacen exactamente lo mismo.

La realidad muestra que resulta muy difícil escuchar cuando se está ocupado vociferando lo que cada cual supone que son verdades únicas, irrefutables e inmutables, y en eso somos todos iguales, seamos políticos o simples ciudadanos. Es parte de la fragilidad del ser humano, sea hombre o mujer, de derecha o de izquierda.

Cuando se presentan situaciones como la de Venezuela, en la que las personas con opinión política ceden a la tentación de caer en el apasionamiento, esta dificultad de atender la argumentación de quienes piensan distinto se hace violentamente evidente y, además, va acompañada de las descalificaciones más rotundas.

Lo curioso es que, al mismo tiempo, se produce un fenómeno casi místico porque, en la misma medida que la gente se cree que sus verdades son infalibles y que los que piensan distintos son unos tontos, se empieza a asumir que se tiene el deber de salvar a los demás de su ignorancia.   De ahí a la tentación del totalitarismo hay un solo paso, porque quien tiene la verdad y asume la responsabilidad de “salvar” a los otros ya cuenta con todas las justificaciones para restringir las libertades y los derechos en nombre de ese proceso de salvación de las almas perdidas.

Por eso es que el diálogo es una herramienta tan relevante a la hora de construir consensos y de crecer como personas y como especie.  Quien no conversa con la honesta actitud de escuchar al otro y comprender su lógica se queda encerrado en sí mismo y renuncia a la posibilidad de ampliar sus horizontes.

Hay que tener cuidado con la tentación de aparentar una supuesta voluntad de diálogo, cuando en realidad lo único que se quiere es seducir a la contraparte con un rostro amable, porque esa estrategia no sirve y en el corto o largo plazo queda en evidencia.

Es preciso también escucharse a sí mismo, conocer las opiniones propias y contrastarlas con la experiencia personal, con las apreciaciones de otros y reconocer con total sinceridad cuando uno se equivoca.  Sólo de esa manera se enriquece la capacidad de reflexión abstracta que, en teoría, nos distingue de los animales.

Naturalmente, es difícil ser el primero en cambiar esta actitud de sordera porque es fácil ser acusado de blandura o de inocencia y esa es una barrera adicional a vencer.

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