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Además del proceso de instalación del nuevo Gobierno, que ha sido fecundo en errores no forzados, la atención del ciberespacio -que no representa necesariamente a la opinión pública- ha estado puesta en estos días en dos episodios que no pasan de ser anecdóticos, ambos protagonizados por el recién asumido diputado Gabriel Boric.   En la primera escena, un diputado de la UDI le reprocha no usar corbata en la Sala de Sesiones; en la segunda un periódico lo muestra en un largo bostezo, acompañado prácticamente de todo el cuerpo, nuevamente en la Sala de Sesiones.

¿Son importantes estas noticias?   En estricto rigor, no.   No es la primera vez que suceden estas cosas y ya han pasado más de cuarenta años desde que los jóvenes de todo el mundo se tomaron el derecho a vestirse como les dé la gana.   Después que el Estado aceptó que en los currículos se omitiera la información personal para evitar discriminaciones en el acceso al empleo y de una larga lucha por remover de la sociedad las actitudes segregacionistas, en especial a partir de la muerte de Daniel Zamudio, ya la noticia pasa a ser que aún hay quienes hacen diferencias por la apariencia de los demás.

El último embajador del Reino Unido en Chile, Jon Benjamin, planteó en muchas entrevistas que los chilenos somos clasistas y discriminadores, y el episodio de Boric parece darle la razón.  No faltó quien cuestionara en su momento al diplomático, del cual también se hizo burla por su aspecto, pero nadie puede negar que en Chile mucho depende del colegio en el que se estudió.   El propio ministro de Educación actual, Nicolás Eyzaguirre tuvo que disculparse por haber dicho que sus condiscípulos de colegio eran unos idiotas, aunque el fondo de su crítica era que, siendo menos capacitados, habían logrado buenos puestos.  Es decir, la falta de reconocimiento a los méritos de las personas.

Chile es un país con muchos recursos naturales y capacidades emprendedoras, pero carga como lastre una idiosincrasia nacional aún bastante provinciana, que privilegia las formas sobre el fondo y que prefiere evitar el éxito de las personas que apoyar a quienes destacan por sus méritos.  De esa forma, resulta bastante improbable que algún día podamos llegar a la condición de nación desarrollada porque nos falta mucho avance en lo que se refiere a la madurez cultural y social.

En definitiva, no es la corbata la que hace a las personas, sino su capacidad.  Y de persistir en estas conductas, más que anudar nudos de corbatas vamos a terminar anudando el lazo del ahorcado para toda una sociedad incapaz de enfocarse en los asuntos importantes.  Al menos, parece haber una reacción a las informaciones descalificatorias y eso ya es un avance.

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Alguien comentó sobre “El nudo de la corbata

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