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Soy Chilote por parte de mi madre. Nací en Puerto Montt por una casualidad del destino, porque nunca viví en esa ciudad.  Mi madre me fue a tener ahí porque estaba sola, ya que mi padre estaba en México, estudiando. Escogió esa ciudad, porque allí estudió, en la Escuela Normal y vivió en casa de unos familiares. Sino hubiese sido así habría nacido en Ancud, en ese entonces capital de la Provincia de Chiloé.

Es por esta razón que mis primeros recuerdos están situados todos en la Isla Grande de Chiloé, desde donde trajimos a Santiago una forma particular de hablar, que nos significó más de alguna burla en el colegio. En mi casa el biffet se llamaba trinche, el borrador era almohadilla, el resbalín era un rascapoto, la señorita era la profesora, la bolsa de compras era la malla o la pirgua, las machas se llamaban navajuelas, las almejas eran tacas, los dulces se llamaban confites y las bolitas bochas.  Además mis hermanas eran las chicas y nosotros los chicos.

Desde pequeño, mis vacaciones en Chiloé transcurrían en Quicaví, la tierra de mis abuelos maternos. El viaje comenzaba en Ancud, donde partíamos en auto, con dirección a Quemchi, a casa del tío Cheli y la tía Dina. Generalmente nos quedábamos uno o dos días allí, y después nos embarcábamos en una lancha pequeña, que era la única forma de llegar al poblado;  porque en esa época no existía camino entre Quemchi y Quicaví. El viaje en lancha era muy hermoso, me recuerdo mirando el mar, los volcanes y la Cordillera; sintiendo ese aroma de los barcos, mezcla de sal, alquitrán y petróleo. Hasta el día de hoy, cada vez que siento ese olor, me transporto de regreso a esas primeras navegaciones.

Quicaví era y sigue siendo un pequeño caserío junto al mar, ubicado en la Comuna de Quemchi, donde aún no hay pavimento en las calles.  La plaza del lugar era un cuadrado de tierra con pasto natural, donde se paseaban los chanchos, las gallinas y las ovejas. Existe en el entorno de la Plaza una Iglesia de madera, que siempre estaba cerrada y un cementerio que estaba siempre abierto. En ese tiempo Quicaví no tenía agua potable ni luz eléctrica. En casa de mi abuela el agua se sacaba desde un pozo ubicado en el patio, con un balde de lata amarrado a una soga. El baño, que era mi tortura, era una letrina, en el fondo del mismo patio. Era tan asqueroso el olor y las moscas que prefería irme al cerro.

Para iluminar las casas se usaban velas y lámparas Petromax, unos hermosos artefactos de metal y vidrio. La lámpara tenía un pequeño estanque en su base, que se llenaba con parafina, después se aplicaba presión con un pistón lateral y luego se encendía una camisa blanca que hacía las veces de ampolleta. Cuando estaban encendidas emitían un ruido similar al de un soplete de esos que usan los gasfiters. Estas lámparas, que emitían una luz blanca muy potente, eran de fabricación alemana.

La casa de mis abuelos era una casa de madera, con tejuelas de alerce sin pintar; de dos pisos, y con ventanitas en el techo. Estaba ubicada en la única calle del poblado, a la orilla del mar. Tenía en su esquina izquierda el acceso al pequeño almacén de mi abuelo y en el frente un corredor, con una puerta en el centro. La puerta era de esas típicas puertas de Chiloé, con dos hojas en la horizontal, cada una con dos hojas en la vertical; que permiten abrir solo la parte de arriba para mirar hacia la calle.  Recuerdo haber visto en una película, puertas idénticas en las casa rurales de Galicia; de seguro de allá vino el modelo.

En el primer piso de la casa había, además del negocio, un living y un comedor que nunca se usaban, pero que estaban siempre impecables, con los muebles casi sin uso. En este living había colgado un diploma enmarcado que se otorgaba a mi abuelo al finalizar su curso de contabilidad por correspondencia en el Instituto Pinochet Le-Brun. Mi abuelo, después del Golpe, mencionaba en broma su título y su cargo de Alcalde de Mar, para simular una alta investidura. En ese primer piso también estaba el dormitorio de mis abuelos, al que nunca entrábamos,  y más atrás la cocina. En el segundo piso estaban los dormitorios, no recuerdo exactamente cuantos eran, tal vez tres; lo que si me acuerdo es que tenían unas pequeñas ventanas, que son esas cajitas que se ven en los techos. Las paredes eran de madera en bruto, cubiertas con hojas de revistas y diarios pegadas a manera de papel mural. Además de las camas, había en cada uno de ellos una mesita con un lavatorio, una jarra para el agua, un balde con tapa, para poner el agua sucia y una bacinica; todos de metal enlozado, de un mismo color y diseño, haciendo un conjunto.

En una de estas piezas, pasé una noche, completamente en vela, una vez que empecé a ver unos insectos de alas largas y transparentes, que volaban por todas partes, tanto dentro de mi cama como por el aire. Era aterrador ver como salían como locos, volando por todos los rincones. A la mañana siguiente, cuando los encontré a todos muertos, entre las sábanas y en el piso, supe que eran los chalilos, unos bichos que vivían sólo la tarde y la noche de más calor del verano. Ahora entiendo porqué estaban tan locos; tenían poco tiempo para hacer todo lo que debían hacer, principalmente aparearse, para que al año siguiente, otro niño como yo se muriera de susto la noche más calurosa del verano.

La cocina era el lugar de la casa donde se pasaba la mayor parte del día; allí había una estufa a leña, con ollas y teteras siempre echando vapor.  En la cocina era donde escuchábamos la radio a pilas, una National, con estuche de cuero café. En la radio además de música y noticias, se entregaban mensajes del tipo “la Señora Ema Barrientos llega en barco hoy a las 12 y pide que la vayan a buscar porque trae mercadería”.  En el patio, atrás de la casa, estaba también la bodega y un cuarto con el fogón, donde se ahumaban los mariscos y se hacían los milcao y los chapaleles. Desde ese lugar salían los berridos de los chanchos cuando eran sacrificados. Escuchar morir un chancho es una experiencia terrible, por que los pobres gritan durante largo rato, y no hay forma de no sentir pena por el dolor del pobre animal que sabe que va a morir.

Mi abuelo Norberto Macías (Q.E.P.D.) era todo un personaje del pueblo; siempre echando tallas, riendo y riéndose de los demás y de si mismo. Memorable eran sus apodos, como cuando bautizó “la ambulancia” a una yegua blanca que una vez llevó a una mujer enferma a Quemchi. Mi abuelo era Radical al igual que mi padre, y por esa razón se conocieron y gracias a ello también conoció a la que sería su esposa de toda la vida y madre de sus siete hijos. Mi abuelo era también capitán de barco; de hecho tuvo dos lanchas grandes, la Loreley y la Rapa Nui. A la primera solo la conocí por fotos, pero tuve la suerte de navegar en la Rapa Nui. Era un lancha de madera, con la cabina blanca y el resto de color gris, con una franja negra. Tenía una gran abertura en la cubierta, para meter la carga en la bodega. En estos barcos,  mi abuelo llevaba sus animales para venderlos en Puerto Montt, regresando con harina, azúcar, vino  y todas las demás mercancías para abastecer su negocio y la casa.

Más de alguien decía que mi abuelo era brujo; cosa que era muy común en Chiloé, especialmente cuando a alguien le iba bien económicamente; ya que se pensaba que la razón de su buen pasar radicaba en sus poderes sobrenaturales. Siempre se ha dicho que en Quicaví se encuentra la cueva donde se reunían los brujos de la sociedad que se conoció como La Recta Provincia; es por eso que hasta el día de hoy, cuando dices en Chiloé que tu familia es de Quicaví, inmediatamente te dicen, “ah entonces usted es brujo”.

Mi abuela, Antonia Aguilar (Q.E.P.D.), era una mujer muy seria y trabajadora; siempre estaba haciendo algo; si no era la comida, estaba sacando agua del pozo, o alimentando a las gallinas y a los chanchos. Me da un poco de tristeza al pensar en mi abuela y en todas esas mujeres casadas tan niñas, cuyas vidas duras fueron solo de criar hijos y trabajar en el campo y en la casa. Por eso seguramente es que casi nunca  sonreía.

Quicaví tenía, durante el verano, grandes entretenciones para mis hermanos y para mí. Lo que más nos gustaba era andar a caballo. Como mi abuelo no era de prestarnos los suyos; teníamos que ir al negocio y pedirle a alguno de los compradores que allí estaban, que nos prestaran sus animales para dar una vuelta. Generalmente el proceso de compra tomaba tiempo, ya que incluía tomarse unos cuantos vasos de vino muy conversados con mi abuelo, así que los clientes accedían sin problemas a prestarnos sus caballos; salvo cuando el animal no era manso y podía ser peligroso que jinetes inexpertos como nosotros, lo montásemos.

Recuerdo una vez que conseguimos un caballo, que tenía solo un cuero de oveja por montura. Nos subimos mi hermano mayor Ricardo en las riendas y yo al anca. A Ricardo se le ocurrió subir por un sendero empinado, por el costado de la Iglesia. Al ascender yo empecé a resbalar hacia atrás, hasta que me caí, pero como nunca me solté de su cintura; él se cayó también agarrado de las riendas. A consecuencia del tirón que le dio al caballo, este volvió su cabeza y me pegó con las patas en los dientes. Cuando llegué a casa de mis abuelos no quise almorzar, porque tenía todos los dientes sueltos y me daba miedo que se cayeran y me los tragara. Afortunadamente después de un tiempo se afirmaron y me salvé de ser un niño sin dientes. Mis padres nunca se enteraron de este pequeño accidente.

Otra de nuestras aventuras favoritas era robar chocolates del negocio cuando mi abuelo dormía la siesta. Nos organizábamos de la siguiente forma, Nora vigilaba la puerta,  Ricardo  sostenía la escalera y yo, el más pequeño, subía y sacaba los chocolates desde las cajas. Este método se comenzó a aplicar cuando nos dimos cuenta que el robo desde el mostrador dejaba huellas muy fáciles de detectar, ya que cómo éramos muy golosos, los chocolates desaparecían muy rápidamente y mi abuelo reclamaba.

Después de muchos años mi padre nos contó que al finalizar el verano mi abuelo le entregaba una cuenta con el detalle de los consumos de la familia durante la estadía; en esta cuenta siempre incluía un ítem denominado “confites niños”.

Durante el verano se hacían asados al palo en el cerro de atrás de la casa. Era entretenido estar mirando, mientras los grandes preparaban el asado, generalmente un cordero, sacrificado ese mismo día,  al que colocaban en una vara que daban vueltas y vueltas, sobre las brasa, afirmados de dos palos enterrados con forma de y. Los curantos también eran frecuentes, siempre preparados en un gran hoyo en la tierra, con todos sus ingredientes, incluyendo las tacas, las cholguas, el pollo, el chancho, las arvejitas,  los chapaleles y el milcao con chicharrones. Todo llenando ese gran espacio, cubierto por las grandes hojas de nalca.

Me acuerdo de una vez que fuimos a un asado en la pequeña localidad de Colo, muy cerca de Quicaví. En este lugar el tío Nito (Q.E.P.D.), hermano menor de mi madre, tenía su casa y su negocio. Bueno, resulta que el asado estaba aconteciendo sin novedad, hasta que encontré una bicicleta y decidí subirme a la punta del cerro y tirarme en picada hacia abajo. Lo que no tenía contemplado era la velocidad que, en esas condiciones, alcanzaría la bicicleta; agravado por el hecho de que no sabía andar en bicicleta y por lo tanto tampoco sabía como frenar. Cuando iba directo hacia el acantilado que separaba el lugar donde estábamos, del mar, me puse a gritar. Afortunadamente mi padre me escuchó, corrió hacia donde yo venía a toda velocidad y me empujó para que no me matara. La verdad es que cuando recuerdo estos incidentes tengo que reconocer lo que hasta hoy dice mi madre; que yo era un niño muy inquieto.

Una cosa que me llamaba la atención ya siendo más grande, era que en Quicaví, todas las casas eran potencialmente pensiones y bares. Si llegaba alguien que necesitara hospedaje, lo acogían, pero tenía que pagar. Lo mismo ocurría con el vino. A veces íbamos con el tío Nené (René Macías Q.E.P.D.) a casa de alguno de sus muchos amigos; ellos se sentaban a conversar, acompañados de un jarro, blanco enlozado, lleno de vino, que mi tío pagaba religiosamente al despedirse. Aquí nadie se ofendía por que el invitado pagara el vino, era la costumbre.

Quicaví era también recolectar y comer chupones, nalcas y moras silvestres o bañarse en Huechuque, la playa que quedaba en frente y a la cual partíamos en bote a remos, después del almuerzo.

Cuando bajaba la marea, toda la ensenada frente a la casa de mi abuelo se secaba, entonces salían las personas a mariscar. Era fácil obtener navajuelas, tacas y cholguas con solo buen ojo para ver los hoyitos que dejaban en la arena. Tengo la imagen de un amanecer, llevando una malla de paja y un palito, buscando mariscos;  rodeado de muchas otras personas, todos agachados y silenciosos en la misma labor.

El verano de 2012, visité Quicaví nuevamente, lo hice acompañado de mi tía Lula (Lourdes Macías), hermana de mi madre. Fue mágico que coincidiéramos en Quemchi, y que ambos quisiéramos ir, el mismo día, a visitar la tierra de sus padres y mis abuelos. Durante el viaje hicimos recuerdos de esos mis primeros años; ahí me enteré que ella había salido también muy joven de allí, primero para estudiar Pedagogía en Temuco y luego para trabajar y vivir en Santiago.  Lamentablemente la casa del abuelo fue demolida y en su lugar construyeron otra más moderna y fea; sin embargo las mayoría de las casas del pueblo, incluyendo la vieja escuela, la oficina del correo, la iglesia, así como la plaza, están iguales a como las conocí de pequeño. Existe también una rampa nueva y una nueva escuela, esta última totalmente fuera de escala, como me ha tocado ver en muchas otras partes de Chile. Pero lejos lo más importante para mi,  es que quedan aún Macías, atendiendo sus negocios, sus botes y sus animales; al igual que en los tiempos en que ese lugar era el paraíso de mi primera infancia.

(*) La foto la tomé en 2012,  en uno de mis viajes a Quicaví.

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52 Comentarios sobre “Quicaví, la cueva de los brujos

  1. Puedo decir con gran humildad, que a mis 47 años, tengo la gran fortuna de haber vivido en gran parte de nuestro pais, en todas sus regiones….. Pues bien, hace unos años me propuse conocer las 3 islas que no conozco en chile, Chiloe, Juan Fernandez y la Isla de Pascua,,,,Empece por Chiloe y debo reconocer que la primera vez que fui,…me di cuenta de algo…Senti que yo era de ahi, que debia estar ahi, que ese es el lugar donde quiero terminar mis dias, quizas mirando la lluvia con un mate en mi mano al lado de una salamandra,sola …pero en mi sitio…han pasado 3 años de eso y he vuelto cada año de visita, este año voy en septiempre, ruego a Dios poder algun dia cumplir mi sueño de vivir alla, con esta isla , ya no quiero conocer ningun otro lugar de CHile.

  2. muchas gracias por compartir medallas de tu vida, eso es impagable, tu relato inserta en la magia de chiloe y tus palabras transparentes contagian la calidéz de tu gente.
    un abrazo
    Sergio
    P.D. confieso que me quedé con las ganas de disfrutar mas de brujos, la magia envuelve.

  3. muchas gracias por compartir medallas de tu vida, eso es impagable, tu relato inserta en la magia de chiloe y tus palabras transparentes contagian la calidéz de tu gente.
    un abrazo
    Sergio
    P.D. confieso que me quedé con las ganas de disfrutar mas de brujos, la magia envuelve.

  4. Hi, im Jacqueline, live in Manaus – Amazonas, Brazil, amazing your history, love this. Thaks. Im not speak spanish (castelhano; chileno) still.
    Olá, sou a Jacqueline, vivo em Manaus – Amazonas, Brasil, incrível sua historia, amo isso. Obrigada. Ainda não falo espanhol (castelhano). Espero que continue 🙂

  5. Muchas gracias por tu generoso relato donde la infancia se engalana de puertas y paisajes que tuvieron una vida entera, y que al verla desde este presente tiene esa mezcla de ficción, pero el que relata es el mismo que estuvo allí y se lanzó en esa bicicleta incontrolable, pero allí estaba el padre, fuerte y preciso, sabio, con un empujon derribó el destino.
    Iré a Quicaví a penas se levanten la rescricciones de pandemia.
    Siempre he tenido atracción y admiración por Chiloé, recuerdo perfectamente cuando me venía con mi madre desde Punta Arenas, tenía ocho años, y despues de pasar ese terrible golfo de penas, un amanecer llegamos a la isla grande, lo hermosos que se veian otras islas con ese manto verde y frondoso que nunca habia yo visto antes. Mi profesora era Rosa Moya, procedia de Ancud y habia estudiado en esa dimensión de Magisterio, esa profesora marcó mi vida y mi humildad, la hice rabiar mucho, al igual que Sergio y tantos niños que afortunadamente tuviomos esa educación.
    Muchas gracias Sergio por compartir esas partes de tu infancia, muy parecida a la mía, salvaje infancia cuando eramos inmortales. Muchs gracias , iré a Quicaví apenas pueda.

    1. Muchas gracias Edgardo por leer y comentar, me alegro que te hayas disfrutado el relato y que te haya incentivado para visitar al hermoso y querido Quicaví.
      Saludos,
      Sergio

  6. Hermosa historia de infancia, maravillosas letras que dejan fluir un cantar de palabras que llenan el alma al leer e imaginar esas aventuras y situaciones en esta isla que encanta. Me he enamorado de este lugar vivo acá hace un año específicamente en Dalcachue y me he dedicado poco a poco a recorrer los lugares que tienen su historia más allá de los turísticos que en realidad poco me interesan ya que lo simple y el contenido está en los ancianos que narran historias desgarradoras de trabajo, esfuerzo y constancia. Gracias a ti por compartir, tú historia tus palabras tu narración tu cariño y tus respetos por tus ancestros. Un gran abrazo desde nuestro Chiloé mágico y místico.

  7. Muy hermosa tu historia, lindos recuerdos como regresar el tiempo y pensar q estamos tan tecnológicos la vida es solo delincuencia y falta de respeto.agradecida de tus palabras.

  8. Preciosa está historia y la pura verdad dice este chico jajaj yo también nací en quicavi y hace ya 20 años aproximadamente q me fui a vivir a Santiago pero cada verano vuelvo a este mágico lugar donde aún viven mis hermanas y cada día lo recuerdo como un paraíso donde aún existe paz . Felicidades

  9. Conoci a tus abuelos tíos y vecinos
    Viví en ése hermoso lugar que bien historias de este tipo para que el resto de la gente. Sepa que no solo santiago
    Es chile. Ayude a mi padre a construir en parte alguna lancha. Para tu abuelo. En esos tiempos un abrazo grande. Aún vive mi madre cerca de quicavi.

    1. Hola,
      Tu padre era el maestro Almonacid, recuerdo cuando niño haberlo visitado junto a mi tío Nené (René Macías Aguilar) QEPD.
      Gracias por leer y comentar.
      Un abrazo,
      Sergio

  10. Describiste muy bien la casa, te comento que viví ahí por unos años. Mi padre (profesor) arrendó la casona y pase creo los mejores años de mi infancia. Me llevaste a recordar… maravilloso.

  11. muy veridico el relato.conocí quicavi el año 1965,cuando llegue a chaurahué como director suplente,recién egresado de la normal de valdivia.a quicaví tenia que ir a buscar material para la escuela,atravezabamos el rio colo y de allí a pata.conocí a las familias macias en quemchi,todos con las mismas caracteristicas de amabilidad.grande mi tierra.tb.soy chilote,con orgullo.vivo en pto natales,nacdo n rilá, y jubilado

  12. Excelente tu historia! Soy hija de un chilote nací en México y mi madre es mexicana. Amo Chiloé y algo muy benévolo sucedió en mi destino que me casé con un chilote. Amo ese lugar, es el paraíso!

  13. Buscando mis raices .Hola, muy buen relato soy de madre chilena Pargua, ahora entiendo porque mi madre dice que tiene el chaleco de cuero… en su campo hay un cementerio.Buscare la cueva por chiloe…… hermoso pais. graciassss. abrazo

  14. Llegué por una casualidad a este artículo. Soy chilota por todos lados, osea por parte de padre y madre. Me encantó tu relato, recordé cosas similares de mi infancia entre Castro y Chonchi. Este verano sin falta iré a Quemchi..y conoceré Quicaví. Soy de apellido Macías..tal vez seamos “parientes”. Un abrazo

    1. Muchas gracias por leer y comentar. Que casualidad que seas Chilota y Macías, seguro tenemos algún pariente en común, cuando visites Quemchi busca a los Macías, son todos familiares.
      Saludos,
      Sergio

      1. Hola! Buscando otra información de casualidad, encontré este texto que me hizo volver a mis raíces, soy chilota y vivi unos años en quemchi, mis padres gente de trabajo, fueron contratados por tus tios! Don cheli, volvi a.mi infancia, y me emocioné mucho! La familia Macías, excelentes personas!saludos

  15. Grande Sergio. Que hermoso que tus palabras nos transporten a esos momentos de tú infancia, casi podemos estar allí y reconocerlos desde el ahora, aunque nunca estuve ahi.

  16. Fue un viaje un recuerdo a tu infancia maravilloso y gracias por compartir lo, me di el tiempo de leer mi imaginación voló Asia Quícavi me encantaría conocer lo algún día.
    me sorprendió ase mucho tiempo me comentaron la historia de aquella cueva saludos desde Puerto Montt

  17. Gracias por ese viaje en el tiempo, mi imaginación voló por esos lugares! hoy visite quicavi muy hermoso!
    Sobre la cueva de los brujos, hay algo que me dejo pensando. En el camino hacia las cuevas nos acompaño el infaltable perrito, que estuvo siempre al lado, pero su compañía no llegó hasta las cuevas, nos espero unos metros alejado de la cueva, los animales sienten cosas que nosotros no, y ese perrito sabe muy bien porque no se acerca a ese lugar… Saludos. Y gracias nuevamente.

  18. SERGIO,ACABO DE LLEGAR DE TU QUERIDO QUICAVI, UNA BELLEZA, SIN PALABARAS LO CHISTOSOS ES QUE MIENTRAS ESTABA ALLI BUSCANDO POR WAZE LA CUEVA DE LOS BRUJOS (ESE ERA EL DESTINO ORIGINAL)ME LLAMO LA ATENCION EN EL CEMENTERIO LA LÁPIDA DE UN MACIAS Y PENSAMOS ESTE HOMBRE DEBE HABER SIDO IMPORTANTE Y POR ALGUNA RAZON MI.MOVIL DIO CON ESTE BLOG. CADA DESCRIPCIÓN TUYA REMONTA A ESOS AÑOS PIDE VERTE CABALGAR Y MONTAR TU BICICLETA CUANDO MAS TARDE VISITAMOS LA IGLESIA DE COLO JAJAJJA HERMOSA COINCIDENCIA!!!AH!!CON RESPECTO A LA CUEVA MMMM SIN PALABRAS SOLO PUEDO DECIR QUE CUANDO PREGUNTE POR ELLA A UNA SEÑORA DE AVANZADA EDAD SE RIO COMO UNA BRUJA

  19. Estimado Sergio:
    Quisiera consultarlo de manera urgente por un asunto de genealogía.
    Agradeceré me escriba lo antes posible a mi correo.
    Un saludo cordial, Pablo

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