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Aun acostumbrada por veinte años a ser oposición, la Derecha se ve abocada a la dura tarea -después de haberse probado a sí misma que puede alcanzar el Gobierno- a hacer méritos para revalidarse ante una ciudadanía que le quitó el respaldo en apenas cuatro años.

Aparentemente, los partidos de ese sector todavía no logran comprender del todo qué sucedió.  Desde su perspectiva, lo hicieron todo bien.  Lograron imprimirle dinamismo a la economía y que el desempleo se redujera de forma importante.   Lo demás fueron circunstancias ajenas a su control: Uno de los terremotos más grandes de la historia incluso antes de asumir y la explosión de una serie de demandas sociales expresadas de una forma que no se conocía.   Para ellos, la derrota fue un asunto injusto.

Junto con volver a la oposición y definir la forma en que ejercerán ese rol, tienen que solucionar además una crisis de identidad, de confianzas y lealtades que detonó inmediatamente después de la derrota electoral.   Con dos partidos formalmente constituidos y dos movimientos que aspiran a ser partidos, a un mes del cambio no logran concordar siquiera una reunión de acercamiento entre sus directivas.

Quizás sean muchas las presiones a las que están sometidos como oposición y deban asumir que es improbable que, en cuatro años, puedan resolver todos sus problemas de manera que puedan aspirar a competir por el retorno a La Moneda.  Pero entonces pueden surgir quienes cuestionan por qué la Concertación sí lo logró y es que las circunstancias son distintas.   A la Concertación le bastó con volver a sintonizar con las demandas ciudadanas y disponer, por supuesto, de una candidata carismática, mientras que la Derecha perdió la oportunidad de recoger las aspiraciones de la gente, ampliar su base de apoyo y demostrar su vocación democrática y modernizadora.

Otro elemento de particular relevancia es que, ejerciendo el Gobierno, dejaron en evidencia algo que ya se sabía: Que la derecha chilena tiene dos vertientes diferentes que, en asuntos de especial importancia para la gente -la denominada agenda valórica- tienen una fuerte relevancia.

A ello se agrega que las diferencias no resueltas llevaron al desgajamiento de grupos que se identifican con posturas más liberales y que, de acuerdo a su visión, no tenían cabida dentro de los partidos.   Adicionalmente, han comprobado que se requiere un cambio generacional ya que los dirigentes tradicionales están aún asociados -justa o injustamente- a la dictadura.  Sin duda, la Derecha tiene muchos desafíos por delante, comenzando por concordar en un diagnóstico acerca de sus limitaciones y la necesidad de fortalecer sus virtudes ante los ojos del electorado.

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