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Como ocurre con cada tragedia ocasionada con frecuencia por la naturaleza en este país tan frágil, el incendio en Valparaíso volvió a encender la capacidad analítica de expertos y aficionados que creen entender las causas y, en menos ocasiones, aportan soluciones.

Se habla con facilidad de solidaridad, de heroísmo y hasta de egoísmo, reflejando cada afirmación en la mayoría de los casos una determinada visión filosófica acerca de la forma de organizar la sociedad y nuestra visión acerca de los demás, todo lo cual es válido en la medida que no se afecte el propósito central que todos decimos compartir que, en este caso, es ir en ayuda de los damnificados.

Llama la atención, sin embargo, que la tragedia en Valparaíso -mucho más que el terremoto del norte, por una cuestión de distancia- haya puesto en evidencia la duplicidad de responsabilidades entre las autoridades nacionales y las locales, y como es lógico que las primeras desplacen a las segundas se ha empezado a advertir lo que siempre se ha dicho pero que pocas veces se puede comprobar en forma tan clara, y esto es el desconocimiento santiaguino sobre las características específicas de las regiones.

La gente de Valparaíso sabe que en los cerros no es posible circular en vehículos con la misma facilidad con que se lo puede hacer en Santiago, porque las pendientes no las puede controlar cualquiera, porque a veces no hay calles y porque, cuando las hay, son estrechas y enrevesadas.

Entonces, cuando la autoridad que se instala para organizar los esfuerzos de ayuda ignora además que la gente que vive en los cerros no está dispuesta a bajar al centro de la ciudad para recibir la cooperación dispuesta para ella, todo el sistema que podría funcionar en otra ciudad queda descolocado y se evidencia su fragilidad.

Ahora se ha anunciado que se prohibirá que las personas reconstruyan sus viviendas en los mismos lugares en los que se encontraban, ignorándose que hay muy poco espacio para ubicarlas en otro lugar que cumpla las mismas condiciones de cercanía con sus lugares de trabajo y estudio, y que la Municipalidad de Valparaíso, desfinanciada y endeudada, no tiene la capacidad para fiscalizar que se cumpla esta disposición, lo que también ocurre con Serviu.

Tal como otras tantas veces, las personas se volverán a instalar donde mismo, y aun si aceptaran trasladarse a otro lugar, habrá otros que aprovecharán el espacio disponible porque Valparaíso es una ciudad en la que los terrenos son escasos, en la que todos quieren estar frente al mar y donde las dificultades para la construcción formal llevan a que queden muchos sitios eriazos que son ocupados irregularmente.

Valparaíso es una ciudad esencialmente desordenada, por geografía y vocación, y pretender desde un escritorio en Santiago que la realidad sea distinta es un derroche de tiempo, esfuerzos y recursos.

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