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Uno de los errores habituales del observador de la actividad política es olvidarse que este mundo está poblado por hombres y mujeres exactamente iguales a quienes uno podría ver en otros ámbitos de la sociedad, con los mismos grados de capacidad para obrar con lealtad y traición.

Durante muchos años el país vivió bajo lo que se llamó la “democracia de los acuerdos”, que consistía básicamente en que todas las decisiones importantes se tomaban en un consenso entre los partidarios de Gobierno y la oposición, pero eso se explicaba porque se trataba de consolidar la renaciente democracia y porque el sistema electoral no daba mayorías claras al oficialismo.

Por primera vez en un cuarto de siglo, un Gobierno tiene la mayoría parlamentaria para aprobar la gran mayoría de sus proyectos en el Congreso, y eso ha significado la tentación de algunos de prescindir de los acuerdos e imponer las mayorías disponibles, mientras los adversarios reclaman una transgresión de lo que suponían que eran las reglas del juego.

Tal como lo hacen las personas que se sienten en ventaja, tal como el animal que está en la cima de la escala alimenticia, resulta natural que el poderoso ejerza su poder.   Eso no es cuestionable si se acepta que la política es igual que cualquier otra actividad.

Sin embargo, hay quienes consideran que, como se trata de una actividad que genera imitación de conductas por parte de la sociedad, que posee un rol pedagógico, tendría que preservarse siempre el elemento de la ética.   Y hay quienes entonces ceden en sus apetitos naturales y proponen el diálogo entre Gobierno y oposición, pero sin que los proyectos gubernamentales puedan ser modificados en lo esencial.   Dependiendo del punto de vista, esta oferta se puede calificar desde ser una demostración de generosidad a ser simplemente una burla.

Del mismo modo que ocurre en las relaciones sociales, hay que analizar las declaraciones con prudencia, porque mientras se dice una cosa se puede hacer otra. Se puede abrazar mientras se dan patadas por debajo.  Lo que vale, en definitiva, es lo que se hace y no lo que se dice, porque la realidad no siempre es cómo se quiere.

En este sentido, siempre para un gobierno de mayoría como el actual de la Presidenta Bachelet que, en estricto rigor, no tiene a la mayoría de los chilenos de su parte por el bajo nivel de participación en las elecciones, la prudencia tiene que ser un valor impostergable frente a las tentaciones.  De esta forma, puede llegar a ocurrir que tantas declaraciones choquen con el muro de los hechos, si se llega a impulsar alguna iniciativa que provoque la reacción de la gente que no fue a votar.   Si ocurre eso, en vez de loas habrá crítica.

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Alguien comentó sobre “Abrazos y patadas

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