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Escribo porque quiero, porque me gusta, porque me divierte más que estar viendo televisión, porque siento que sirvo para escribir y porque quiero creer que lo que escribo le sirve a alguien más.

No escribo para salvar al mundo de sus habitantes ni para cambiar las circunstancias políticas, sociales ni económicas actuales porque no creo en las revoluciones.

Escribo porque creo en las personas y porque creo en la comunicación entre las personas, porque creo que si cuento lo que vivo, si comparto mis sentimientos y opiniones sí se puede llegar a producir una resonancia en los demás que puede llevar a la armonía, de la misma forma que la cuerda en la guitarra vibra bien afinada vibra con el diapasón.

No escribo porque quiera convencer a nadie de nada. Que cada uno piense lo que quiera, pero que piense.   Eso sí es uno de los asuntos que me interesan, que alguien se diga a sí mismo “esto lo viví”, “esto me duele” o “no había pensado (o sentido) que las cosas podían ser de esa otra manera”.

Lo confieso.  Escribo para incomodar, para que la vida no sea plana sino plena, dentro de lo posible y de acuerdo a las capacidades de cada cual.

No soy el más experimentado del barrio ni el más inteligente, pero creo que puedo aportar algo a la tarea de comparar realidades y subjetividades, que tengo cierta capacidad de observación y de descripción de las circunstancias que ayudan a la comunicación entre personas que se reconocen como seres humanos.  No escribo para autómatas, burócratas ni autócratas sino para gente viva que tiene sueños y cree que puede mejorar como individuos.

No descarto que el progreso individual se traduzca en un perfeccionamiento social, pero no lo busco deliberadamente, así como tampoco busco dictar cátedra sobre ningún tema.  Soy un simple ser humano que trata de alcanzar a otros seres humanos y que entre todos llevemos mejor la vida.

Debo corregir y reconocer que soy un ser humano complejo.  Lo de simple es un afán de modestia, pero la verdad es que a veces me enredo conmigo mismo y necesito poner en palabras mi yo interior para comprenderlo mejor.

Escribo entonces por terapia.  He ahorrado una buena cantidad en psicólogos, curas y gurúes que me dirían las mismas obviedades que me puedo contar a mí mismo.

Debo admitir entonces que no escribo sobre asuntos definitivos, porque acepto el cambio como parte de los elementos de la ecuación y eso me obliga a reconocer también que me puedo equivocar y que tengo derecho a rectificar.

Escribo por un placer intelectual, humanista y estético.  Me gusta que las palabras encajen, que produzcan sonidos armónicos -no armoniosos, sino armónicos, es decir que produzcan vibraciones contagiosas- y que el lector sea atrapado por el juego de las cadencias, los ritmos, los énfasis y las pausas.   Es una aventura, una diversión, pero que no se agota ni en la forma ni en el fondo.  Me aburren los escritos sesudos y disfruto como loco las sentencias breves que dicen en una frase lo que otros dirían en cinco páginas o en libros enteros, pero me aburren también los malabaristas que no tienen nada que decir.

Ya lo dije: Me divierte escribir y espero que los lectores se diviertan, aunque nunca podrán llegar a hacerlo como yo porque, al menos yo, trato que la lectura sea plácida y fácil y eso es lo más difícil.  No busco términos rebuscados ni hago malabares innecesarios, salvo cuando se trata de hacer un quiebre y proponer un juego en medio de la lectura, y eso no es sólo un desafío que a veces fracasa en el intento sino que es una aventura mucho más excitante que la sola lectura.

No escribo para que me quieran.   Si a alguien le gustan mis textos, pues se enamora de ellos pero no de mí.  Por mucho que mis palabras me reflejen, no son exactamente mi persona.

Y lo mejor de todo es que con cada historia comparto una parte de mí pero no me consumo ni me desgasto.

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