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Nuestra común capacidad de reflexión, sigue siendo un instrumento poco pulido. Sonará extraña esta afirmación, mas aun cuando tenemos la conciencia histórica de miles de años de ejercicio, pero la hegemonía del sentido común y su a-criticidad causan estragos en el desarrollo de los conceptos, generalmente prestándose al falseo de la historia y al servicio de la dominación.

La fortuna de encontrar el texto de 1985 de Fernández Retamar, poeta Cubano, de “Paginas Escogidas” de Jorge Luis Borges, despiertan mis ansias de debatir.

En el comienzo del Prólogo se puede leer e inferir las enormes dificultades que debió sortear tal proyecto:

“La edición de estas “Páginas escogidas” de Jorge Luis Borges, largamente deseada por nosotros y largamente esperada por nuestros lectores, se hizo posible, de modo casi azaroso, el 16 de setiembre de 1985. Por diversas razones, y entre ellas porque Borges no había ocultado, todo lo contrario, su hostilidad hacia la Revolución Cubana, además de otras tristes hostilidades y afinidades, no era dable que la antología apareciera sin contar con su acuerdo explícito, que no parecía lo más sencillo del mundo.”

Unas páginas más adelante, la admiración, el móvil que pondría a girar el tiempo y el entendimiento:

“-Borges, quise verlo a usted en 1961, cuando vine la otra vez a Buenos Aires. Pero usted estaba entonces en Texas. Ha pasado un cuarto de siglo, y el tiempo me ha devastado. Por suerte los dioses, benevolentes, lo han privado de la tristeza de verme ahora.

-¿Qué edad tiene?
-Cincuenta y cinco años.
-Pero si es un pibe, che. Yo tengo ochenta y seis.
-Sí, pero yo vivo en el tiempo y usted está en la eternidad, que ha historiado, así como ha refutado el tiempo.”

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Aparentemente, y quizá esto sea lo primero a constatar, aun cuando uno pueda estar en las antípodas de una posición política, la admiración que determinada obra puede generar, logra en contadas ocasiones traspasar la barrera de la aceptación ideológica.

Pero no seamos cínicos porque si!!  debe haber algo que comprender, no creo en la posibilidad, de que aun cuando Miguel Serrano….  sea literariamente un nuevo Homero, vaya uno a aceptar o aun buscar su lectura con algún grado de empatía.

“Lo que he escrito en mis libros anteriores lo he vivido. Cuando hablo de un amor eterno, es porque eso se produjo en mi vida. Los libros de combate no son más que interpretación del combate, una búsqueda de sentido para el combate. Porque cuando se lucha en una línea que podríamos llamar dramáticamente desesperada como en el caso de Hitler, eso es poesía. O digámoslo al revés: no se puede librar un combate de esa especie si acaso no se es poeta o se está inmerso en la poesía del Universo. Ahí entran también las cosas que nos enseñaron de chico.”

Como ya se indicaba, la Revolución Cubana, así con mayúsculas, desde sus inicios fue cargada de epítetos, que para quienes nos esforzamos por mantener una cierta lucidez critica, no han pasado de ser crueles palabras difamatorias.

Jorge Luis Borges había sumado su voz a ese coro, cosa lamentable e irrefutable.

Es por ello que, que Fernández Retamar, tal como el mismo nos relata se haya empeñado en editar este texto en la editorial de la Cuba Revolucionaria, permite darle la vuelta a algunas ideas sobre la esencia de palabras tan de moda como tolerancia y respeto. Y para mi propio gusto, revisar la obra de Borges desde una mirada inédita será mi premio…o mi castigo!!

“También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y de blancos días.”

Es conocida la admiración de Borges por Schopenhauer, Hume y Berkeley, estos adalides del Idealismo aparecen y reaparecen en sus textos.

En “Nueva refutación del Tiempo” citaba a Berkeley :

“Hay verdades tan claras que para verlas nos basta abrir los ojos. Una de ellas es la importante verdad: Todo el coro del cielo y los aditamentos de la tierra —todos los cuerpos que componen la poderosa fábrica del universo— no existen fuera de una mente; no tienen otro ser que ser percibidos; no existen cuando no los pensamos, o sólo existen en la mente de un Espíritu Eterno”.

y luego el propio J.L. Borges nos indica:

“He acumulado transcripciones de los apologistas del idealismo, he prodigado sus pasajes canónicos, he sido iterativo y explícito, he censurado a Schopenhauer (no sin ingratitud), para que mi lector vaya penetrando en ese inestable mundo mental. Un mundo de impresiones evanescentes; un mundo sin materia ni espíritu, ni objetivo ni subjetivo; un mundo sin la arquitectura ideal del espacio; un mundo hecho de tiempo, del absoluto tiempo uniforme de los Principia; un laberinto infatigable, un caos, un sueño.”

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Se nos invita a practicar y sostener una reducción del mundo solo a sus apariencias, mensurable solo por nuestra subjetividad. Lo que yace más allá de nuestra mente, o va más allá de nuestro lenguaje, es un misterio imposible de articular o descifrar. Los hechos históricos se transforman en una ficción, en una velada parodia.

¿Era Borges consiente de las interrogantes que su pluma plasmaba? ¿Comprendía realmente que el idealismo pretende un mundo entendido solo en relación a la mente, propia o de Dios, y como elaboración mental– si la existencia debe ser relacionada tanto a una actividad mental como a una percepción – se conseguía finalmente despojar la realidad de su materialidad, de su objetividad? o ¿pretender que con un solo principio podría explicarse el quehacer humano?

Veamos un pequeño ejemplo:

En “Nota sobre Walt Whitman” Borges rápidamente en el primer párrafo nos lanza un derechazo “El ejercicio de las letras puede promover la ambición de construir un libro absoluto, un libro de los libros…”

Según Borges, Whitmann quisiera parecerse a todos los hombres o que todos los hombres se pareciesen a él, compartir así el Absoluto de una democracia y una felicidad ideal. Sin embargo el mismo descubre la contradicción, el error, descubre al hombre detrás de la letras, el “simple” director de periódico, el origen meramente  “poético” de sus experiencias amorosas en Nueva Orleans y los campos de batalla de Georgia. Pero este hecho no lo lleva a concluir en la realidad, sino a plantear el origen de “la leyenda” del poeta americano!!

Es lo mismo que plantea en “Borges y yo” donde él es él, y el otro. Se descubre:

“yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica.”

Siempre Borges jugó con esta dualidad del ser y la existencia. Dice de Wilde que su gloria está ligada a la condena y la cárcel.

Algo de esto también logra percibir Fernández Retamar en el propio autor: en el momento en que Borges novel escritor de minorías, hizo pública su vida, a lo que “lo volcó Perón cuando lo sacó de una tranquila biblioteca para encomendarle la inspección de mercados y ferias francas…”  se convirtió en “notoria piedra de escándalo”.

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Sin embargo lo esencial – nos dice Fernández Retamar – es descubrir que:

“la ironía, el humor, el escepticismo (que le hizo ver en la metafísica y en la filosofía toda, así como en las religiones, avatares de la literatura fantástica) le abrieron el camino a la “irrealidad de la realidad”

Se barajan, entonces, ideas que no dan con la realidad, la potencia de la imaginación Borgeana se basa en su erudición, esa hipertrofia de la memoria que almacena información al por mayor, “biblioteca de babel”, cosmopolitismo que queda en ciernes en el entendimiento de la realidad cultural mundial. Tiene el límite de su criollismo, muy a su pesar, el máximo realismo de su mirada está asociada con su Argentina natal:

En “El escritor Argentino y la tradición”:

“Séame permitida aquí una confidencia, una mínima confidencia. Durante muchos años, en libros ahora felizmente olvidados, traté de redactar el sabor, la esencia de los barrios extremos de Buenos Aires; naturalmente abundé en palabras locales, no prescindí de palabras como cuchilleros, milongas, tapia, y otras, y escribí así aquellos olvidables y olvidados libros; luego, hará un año, escribí una historia que se llama “La muerte y la brújula” que es una suerte de pesadilla, una pesadilla en que figuran elementos de Buenos Aires deformados por el horror de la pesadilla; pienso allí en el Paseo Colón y lo llamo Rue de Toulon, pienso en las quintas de Adrogué y las llamo Triste-le-Roy; publicada esa historia, mis amigos me dijeron que al fin habían encontrado en lo que yo escribía el sabor de las afueras de Buenos Aires. Precisamente porque no me había propuesto encontrar ese sabor, porque me había abandonado al sueño, pude lograr, al cabo de tantos años, lo que antes busqué en vano.”

Fernández Retamar lo comprende, Borges fue una variación de Charles Dexter Ward el personaje de Lovecraft:

“Pero al alcanzar la edad madura sintió que iba perdiendo poco a poco esta capacidad de evasión, hasta que finalmente le desapareció por completo. Ya no pudieron hacerse a la mar sus galeras para remontar el río Oukranos, hasta más allá de las doradas agujas de campanario de Thran, ni vagar sus caravanas de elefantes a través de las fragantes selvas de Kled, donde duermen bajo la luna, hermosos e inalterables, unos palacios de veteadas columnas de marfil. Había leído mucho acerca de cosas reales, y había hablado con demasiada gente. Los filósofos, con su mejor intención, le habían enseñado a mirar las cosas en sus mutuas relaciones lógicas, y a analizar los procesos que originaban sus pensamientos y sus desvaríos. Había desaparecido el encanto, y había olvidado que toda la vida no es más que un conjunto de imágenes existentes en nuestro cerebro, sin que se dé diferencia alguna entre las que nacen de las cosas reales y las engendradas por sueños que sólo tienen lugar en la intimidad, ni ningún motivo para considerar las unas por encima de las otras. La costumbre le había atiborrado los oídos con un respeto supersticioso por todo lo que es tangible y existe físicamente. Los sabios le habían dicho que sus ingenuas figuraciones eran insulsas y pueriles, y más absurdas aún, puesto que los soñadores se empeñan en considerarlas llenas de sentido e intención, mientras el ciego universo va dando vueltas sin objeto, de la nada a las cosas, y de las cosas a la nada otra vez, sin preocuparse ni interesarse por la existencia ni por las súplicas de unos espíritus fugaces que brillan y se consumen como una chispa efímera en la oscuridad. Le habían encadenado a las cosas de la realidad, y luego le habían explicado el funcionamiento de esas cosas, hasta que todo misterio hubo desaparecido del mundo”

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Así, con ternura y análisis critico, sin ningún afán de venganza, llega al respeto y la tolerancia: Borges no paró de soñar, la realidad no era lo suyo. Y con habilidad suprema supo también escabullirse de las críticas lanzadas a una realidad que no comprendía:

“Admitido el argumento idealista, entiendo que es posible –tal vez, inevitable– ir más lejos. Para Hume no es lícito hablar de la forma de la luna o de su color; la forma y el color son la luna; tampoco puede hablarse de las percepciones de la mente, ya que la mente no es otra cosa que una serie de percepciones. El pienso, luego soy cartesiano queda invalidado; decir pienso es postular el yo, es una petición de principio; Lichtenberg, en el siglo XVIII, propuso que en lugar de pienso, dijéramos impersonalmente piensa, como quien dice truena y relampaguea.”

A la luz de la crítica, Tolerancia y Respeto, estos conceptos, parece decirnos Fernández Retamar, no pueden ya ser vistos como ejercicios apriorísticos, requieren un poco más “de la realidad de su contorno”, una reflexión objetiva, conocimiento profundo del sujeto en cuestión, majaderamente: el acto concreto y objetivo del aprehender, aunque nada garantizara entonces que realmente se llegue a “ser” tolerante con el sujeto, o con el todo, el merito se desprenderá del análisis, a pesar de lo cual:

“creo que a Borges (y también a Auden) le son aplicables los versos que este último escribió en memoria de W. B. Yeats, quien había muerto en 1939:

El tiempo que es intolerante
Con el bravo y el inocente,
E indiferente en una semana
A un hermoso físico,
Adora el idioma y perdona
A todo aquel por el cual vive;
Perdona cobardía, presunción,
Pone honores a los pies de aquellos.

El tiempo que con esta extraña excusa
Perdono a Kipling y a sus criterios,
Y perdonara a Paul Claudel,
Lo perdonara a él, por escribir bien.”

Así queda signado el aporte de J.L. Borges, paradójicamente, su mirada idealista, su mirada onírica, la subjetividad humana, que como en ““Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, siempre está  dispuesta a perderse en los vericuetos de sus propios errores…y la belleza.

 

 

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