Compartir

Es un hecho que está comenzando a producirse un sentimiento de desilusión en parte de la ciudadanía por la forma en la que la actual Administración está llevando adelante su Programa de Gobierno, así como otro sector del país ve con preocupación la magnitud de las transformaciones que se están impulsando.

Esta doble crítica desde ambos extremos del espectro político podría llevar a suponer que se está llevando adelante una política moderada y que, por lo tanto, no habría verdaderos motivos para preocuparse, pero la situación cambia si se considera que, en privado, no faltan los integrantes de la Nueva Mayoría que quieren imprimir mayor velocidad al cumplimiento de las promesas hechas durante la campaña.

Es que algunos pensaron que, de verdad, este segundo mandato de Michelle Bachelet sería más radical y estaban hasta dispuestos a ir en contra de la Democracia Cristiana que, desde el 2000, cuando el último de los suyos dejó La Moneda, ha actuado como un freno de los cambios políticos y sociales más radicalizados, y sin embargo todo indica que este Gobierno, en lugar de ser revolucionario, será simplemente reformista.

El reformismo, como su nombre lo indica es modificar las políticas públicas pero sin entrar a definir nuevos conceptos políticos ni paradigmas.   No se busca cambiar al mundo al estilo de los años 60’s, sino mejorarlo, por parcialidades, de a poco, sin precipitar crisis no deseadas como efectos secundarios ni terciarios del cumplimiento de un Programa de Gobierno.

Los que pensaron que, esta vez sí se podría hacer una revolución deben haber quedado decepcionados que en la cuenta anual no se hiciera mención alguna a minorías sexuales ni étnicas, que no se haga una reforma tributaria que le arrebate a los ricos su riqueza ni una reforma educacional que ponga a los establecimientos educacionales al servicio del Hombre Nuevo.

Es que cuando la gente votó por cambios no dijo explícitamente que quería revoluciones.   Las cosas en Chile se hacen a lo amigo, a medias.  Reina el “mañana vemos”, el “en el camino se arregla la carga”.  Las personas quieren que las cuentas de sus tarjetas de crédito no los ahoguen como para no poder comprarse un televisor más grande para ver el Mundial de Brasil, y cuando se trata de poner un porcentaje mayor de sus ingresos para financiar la equidad exigida la intensidad del apoyo cambia.

Cualquier gobernante sabe que, así como tuvo la mayoría para llegar al poder, en cuatro años más la puede perder y pasar a la oposición.   Ese es siempre el objetivo principal y quienes impulsan revoluciones se olvidan que no se logra nada sin el gobierno y que los tiempos no están para imponer la voluntad propia sobre una mayoría que quiere más equidad pero no renunciar a la democracia ni al orden.

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *