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Cada vez que hay un evento que llama la atención de la mayoría del público, nacional o internacional, es natural que exista un grupo de personas que se mantenga al margen e incluso cuestione ese interés.   Es perfectamente previsible, legítima e incluso necesaria esa dosis de escepticismo porque permite mantener un cable a tierra y que la sociedad no se maree con el entusiasmo masivo.

Es lo mismo que sucede con la celebración de un Mundial de Fútbol.  Es indudable que existe un interés real por seguir el derrotero de la selección propia o ajena, pero también es evidente que hay una parte de ese interés que proviene del contagio de la atención de los demás y de los contenidos que transmiten los medios de comunicación, a los que los críticos no dudan en sumar a una lista de promotores de una suerte de conspiración maquiavélica, cuando lo que hace la prensa en realidad es aprovechar la demanda del público por información.   No hay conspiraciones aunque sí aprovechamiento de la situación, y eso es completamente esperable en un sistema informativo basado en las reglas del mercado.  Con abusos, con desequilibrios informativos, subjetividad, pero dentro de las leyes.

Una de las quejas que se escuchan habitualmente en eventos como el Mundial es que se trata de un hecho que se utiliza para alienar al público -término que en estricto rigor significa transformar las conciencias hasta hacerlas contradictorias con lo que debía esperarse de su condición (www.rae.es)-, lo que no ha ocurrido hasta donde es posible comprobar.  Lo que sí puede haber es una distracción, un período de tiempo durante el cual la atención que podría estar enfocada en otros asuntos, está puesta en el desarrollo de un campeonato deportivo.  El circo de los romanos, si se quiere.

Esto produce inevitablemente entonces un asunto que hay que resolver, porque las apariencias indican que la crítica apunta a que estos eventos y su utilización por parte de una prensa siniestra tendrían como propósito esconder la realidad.  Luego, ¿cuál es la realidad?  ¿Está constituida por los temas que les interesan a los críticos, a los partidarios de las conspiraciones, o es el público el que decide cuál es la realidad que prevalece?   ¿Hay una sola realidad o cada individuo posee la suya?   ¿Es o no legítimo que una persona elija, más o menos voluntariamente, que su realidad sea durante un mes lo que sucede en las canchas brasileñas?  ¿Puede una sola persona o un grupo de personas -en estos tiempos- imponer a los demás una sola visión sobre lo que debe entenderse como realidad?

Pareciera que hay muchos matices derivados de cada una de estas preguntas como para hacer afirmaciones rotundas y quizás el signo de los tiempos es precisamente que las verdades y las realidades ya no son únicas y se hacen cada vez más imposibles las conspiraciones.

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