Compartir

Dijo que iba y volvía, que era cuestión de un par de horas -lo que quería decir cuatro o cinco, pensó ella, sabiendo que después del partido vendría la invitación a un asado, una ronda de cervezas, otra de vino y ¡cómo se va a ir compadre si todavía quedan dos cajas de cerveza!

Por eso no le dijo nada cuando se fue, porque no era necesario pensarlo dos veces para decidir que era mejor que dedicara su domingo a jugar y emborracharse con los amigos a tenerlo en la casa con la cara larga

Por eso, y porque su preocupación inmediata era darle de comer durante el resto del día a tres chiquillos con lo que quedaba en una bolsa de arroz y dos huevos. Ya volvería su marido y cuando ocurriera eso recién sería el momento de preocuparse.  Mientras tanto, pensó, una mujer se tiene que ocupar de lo que importa de verdad.

Él se fue contento, sin pensar en nada más que los goles que iba a meter en el arco rival.  Alcanzó a darse cuenta que su mujer no protestó cuando anunció sus planes para el día, pero le importó mucho más la ilusión del gol, que el sol de la tarde era brillante pero no agobiador y eso prometía un partido maravilloso en el que los jugadores no tendrían la excusa del calor para dejar todo en la cancha.

¿Qué queda un kilo de arroz y un par de huevos?   No molesten, malditos pensamientos inoportunos, que lo que vale es lo que se demuestra en la cancha.  Lo demás tendrá que esperar.

Entonces llegó al lugar del duelo, sacó de la mochila su camiseta y las zapatillas y todo comenzó a ocurrir.   Las bravatas previas, el pitazo inicial, el enganche, la rabona, las burlas de unos y otros, la patada descalificadora, el puñetazo vengador, el pase, él solo frente al arco, él solo frente al arco y al arquero, el arquero burlado con una finta y…

Y entonces la gloria del gol, el gol que decide el encuentro, las vivas y los abrazos de los compañeros, los aplausos del público, el momento de gloria que se convierte en el mejor ejemplo de la felicidad, y al regreso a su casa, ya tarde y bien borracho decirle a su mujer que él es el mejor y que ven para acá que esta noche también vas a ser la mejor.

O bien…

Y entonces… y entonces… que el tiro se va desviado y las pifias y las burlas lo aturden mientras siente la piel del rostro arder en el tono rojo de la vergüenza, y los compañeros que le dicen no importa compadre, ya será para la próxima vez, y los pies le pesan como los yunque s delos dibujos animados que veía cuando era niño y el único consuelo es el vino y la cerveza y no saber de nada más hasta que al día siguiente su mujer lo despierte para ir al trabajo y él alcance a preguntar antes de irse ¿cómo volví a casa? Y ella le responde mientras levanta a los niños que ella misma lo fue a buscar porque le avisaron que estaba mal por el gol que se perdió.

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *