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En un arranque de sinceridad pocas veces visto y, por lo mismo, vapuleado por la galería, el senador DC Andrés Zaldívar aclaró que el acuerdo por la Reforma Tributaria se alcanzó en un espacio restringido y cerrado a la opinión pública.   “Este tipo de soluciones requiere una cierta manera de hacer las cosas que no puede hacerse de cara a la opinión pública”, dijo, haciendo luego una analogía perfecta: “En estas cosas no todo el mundo puede estar en la cocina, ahí muchas veces está el cocinero con algunos ayudantes, pero no están todos, no pueden estar todos, es imposible”.

Los reclamos sobre el secretismo y la posibilidad de oscuros acuerdos con un empresariado que tiende a ser satanizado se desataron en las redes sociales, pero sin reconocer que lo que dice Zaldívar es verdad, además de constituir un acto de sinceridad por su parte.

En primer lugar, no es posible conseguir acuerdos en las asambleas,  llámese esta Congreso o la calle, porque en las asambleas opera el mecanismo de la masa.  Es decir, el que grita más fuerte se impone a los otros y el público igualmente vociferante inhibe el diálogo porque, quien puede tener la razón, se niega a participar en una discusión en la que la fuerza no está en la argumentación sino en la puesta en escena que se ha montado.   Por lo demás, en las asambleas los acuerdos suelen estar previamente resueltos.  Hay que ser sinceros al respecto.

En segundo término, no es posible tampoco obtener acuerdos cuando la negociación se hace frente a las cámaras  de televisión o una audiencia.  Sobre todo en el caso de la política, en la que la mantención del cargo depende de la votación popular, nadie expondría posiciones políticamente incorrectas y, por lo tanto, las conversaciones se mantendrían en las respectivas posiciones que resultan cómodas desde el punto de vista del apoyo de los votantes, sin posibilidades de avance en las eventuales negociaciones.

En una negociación tiene que haber cierto grado de reserva.  Se exponen argumentos, se sugiere la disposición a ceder en algún punto que posteriormente puede cambiar, hay gestos, declaraciones, principios comprometidos que no se pueden llevar adelante cuando hay público o cuando son veinte personas las que participan y el tiempo se consume en ponerse de acuerdo respecto al orden en el que se hablará.

Tal como sucede con la analogía de la cocina, a ningún comensal se le ocurriría invadir el territorio del cocinero para ponerse a discutir sobre la forma de preparar la comida.   El comensal espera en su mesa y si no le gusta lo que se le ofrece se va a otro lugar simplemente, pero rara vez instala su propio restaurant.   Cuando se trata de cocinar lo que importa es que la comida esté a tiempo.  En la gastronomía no caben las utopías ni los idealismos sino el buen gusto y la eficiencia.  Aunque sea políticamente incorrecto decirlo.

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