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La ley del embudo es conocida y dice que los derechos son anchos o amplios para uno y angostos o limitados para los demás. Obviamente es una broma porque todo el mundo sabe o debería saber que los derechos no son adaptables de acuerdo a los antojos personales.

Pero así como está la ley del embudo respecto de los derechos, también se podría decir que existe la mirada del embudo, que aplica el mismo criterio discriminador respecto de la apreciación de las acciones propias y ajenas.

Algo de eso ha venido ocurriendo en la política nacional, siendo el último episodio la condena casi unánime entre la Derecha por la decisión de los parlamentarios de Amplitud de apoyar la reforma electoral del Gobierno.  La excomunión parece una sanción leve para el pecado de haber apoyado una propuesta del Gobierno, lo que resulta curioso cuando Renovación Nacional, en contra de la UDI, suscribió un acuerdo sobre la misma exacta materia con la Democracia Cristiana.  Años antes la UDI salvó a la DC cuando se produjo el error de las inscripciones y la Falange arriesgaba quedarse sin parlamentarios.

En cada uno de esos casos, alguno de los socios ha reclamado y el protagonista ha reclamado su derecho a hacer lo que ha considerado un servicio al país.

Lo mismo ha ocurrido con la actual Nueva Mayoría, anteriormente Concertación, cuando tuvieron disputas que llegaron incluso a la salida de grupos significativos de parlamentarios y militantes.  Sin embargo, con el paso del tiempo se ha fumado la pipa de la paz y ahora hasta se tiene previsto el eventual regreso de Marco Enríquez-Ominami, a pesar de todas las cosas que se le dijeron y que se le siguen diciendo.

Estas cosas ocurren cuando se realiza la actividad política con emoción más que razón.  Se tiene que entender que la responsabilidad del dirigente es responder a las expectativas de la ciudadanía, y que eso está muy por encima de los gustos personales o de la obligación de responder a las expectativas de los aliados circunstanciales de pacto.

Del mismo modo, las personas tienen que comprender que en la política, así como en la vida, las cosas dan vuelta y quien tiene el poder de ayudar a dar soluciones a los problemas es el mismo que necesitará el día de mañana el apoyo de los demás para que le resuelvan sus propios problemas.  Las relaciones entre las personas y las instituciones siempre funcionan mejor cuando se usa un poco de madurez, sabiduría y tolerancia.

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