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El título de esta columna es poco creativo, pero refleja exactamente lo que parece estar sucediendo al interior de la Nueva Mayoría, el pacto de Gobierno que logró recuperar el poder que perdió siendo Concertación en gran medida gracias al carisma de la Presidenta Michelle Bachelet.

Saber dónde va la Nueva Mayoría es un asunto que debía postergarse para después de las elecciones de diciembre pasado, pero ya no se puede seguir aplazando porque hay definiciones importantes que hacer para que este pacto pueda seguir ocupando La Moneda y consolide el respaldo dado por la ciudadanía bajo un conjunto de promesas cuyo cumplimiento se puede iniciar en este período pero que, con una mirada realista, requerirán un segundo mandato para su consolidación.

El cambio de nombre de Concertación a Nueva Mayoría no es un simple asunto de marketing político.  Lleva implícito el propósito de corregir rumbos, especialmente en lo que se refiere a la eficiencia y al cumplimiento de la voluntad ciudadana, la misma razón por la que la entonces Concertación perdió el Gobierno hace cuatro años y medio.   Aparentemente, ese cambio de disposición no ha estado del todo internalizado en las voluntades de los partidos que integran el pacto oficialista.   Hay un discurso que apunta a ese cambio, pero no siempre las acciones tomadas en estos poco más de cuatro meses de gestión han sido coherentes.  Hay una voluntad en la dirección propuesta, pero las urgencias ciudadanas parecen ser más exigentes que las posibilidades del realismo político.

Es de esta forma que claramente se han identificado dos grupos dentro de la Nueva Mayoría, de acuerdo a la velocidad y profundidad con la que se quieren impulsar los cambios, lo que reflejaría en opinión de algunos distintos grados de voluntad para cumplir con el Programa de Gobierno, y es de esta forma que la Nueva Mayoría se prepara para resolver la manera de extender la actual administración, partiendo de la base que el carisma de la actual Presidenta no se encuentra, hasta el momento, en ninguna otra figura del conglomerado.

A falta de una candidatura con la misma fuerza, los partidos tienen que asumir la tarea de reemplazar el liderazgo individual de Bachelet con una recuperación de la confianza de los votantes en la clase política.   No basta con que la oposición se encuentre en una peor condición, porque para seguir impulsando las reformas prometidas se requiere un respaldo electoral tan contundente como el que se logró en diciembre.

Naturalmente, eso requiere definiciones que, hasta el momento, sólo se han expresado en desencuentros y la Nueva Mayoría arriesga perder la fuerza que tiene en la actualidad si pierde su unidad.

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