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Nadie podría poner en duda que la mayoría de las personas considera necesaria la reforma educacional ni que acepte que, para llevarla adelante, es preciso concretar una reforma tributaria, así como ya está consolidándose la idea de abordar la próxima crisis del sistema previsional como un próximo paso ineludible.

Sin embargo, y a pesar de tener la mayoría necesaria para estas propuestas en ambas cámaras del Parlamento, el Ejecutivo se ha estado complicando más de lo necesario y comienza a crecer la percepción -justa o injusta, pero real- que los cambios prometidos en el Programa de Gobierno se realizarán, pero a medias y en un futuro relativamente distante.

Es necesario reconocer que se puede culpar a un sistema de medios de comunicación alineado con las posiciones de un empresariado reacio a las modificaciones, o que la oposición ha sido persistente en caricaturizar las propuestas del Gobierno.

Pero lo cierto es que el propio Ejecutivo no ha tenido la capacidad de explicar con la claridad suficiente a la opinión pública el sentido y justificación de sus reformas, y no sirve culpar a agentes externos para defender ese relativo fracaso.  Desde la definición de las prioridades a la elección de los temas puestos en la agenda de la discusión, nadie ha obligado a la actual administración a enredarse.

Comenzar la reforma educacional con la reforma tributaria, por ejemplo, y que esta se plantee en términos excesivamente técnicos que cuesta comprender es un paso en falso que no admite disculpas, un error no forzado como se dice en el tenis cuando se produce un error.

Luego está la falta de liderazgo para ordenar a los propios partidarios antes siquiera de presentar los proyectos de ley, abriendo espacio para expresiones públicas de disenso que, más allá de los argumentos o la validez del momento político para plantear públicamente los cuestionamientos, viene a debilitar la confianza ciudadana en el cumplimiento de las promesas.

Así como se podría recordar que en la penúltima elección presidencial no fue la Derecha la que ganó, sino que perdió la entonces Concertación, se puede decir que no es la actual oposición la que se ha anotado el triunfo de enredar la discusión de las reformas gubernamentales, sino que ha sido el propio Gobierno el que no ha tenido la habilidad para utilizar su capital político y lograr la aprobación de sus proyectos.   Hay quienes sostienen que el problema es la falta de coherencia interna respecto a los objetivos, pero eso también se puede calificar como una dificultad en las comunicaciones internas.

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