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Prácticamente cualquier tema conflictivo que nos ponga por delante la contingencia noticiosa permite comprobar que es imposible que todas las opiniones sean iguales, y lo que ha venido ocurriendo en la Franja de Gaza es una de las mejores demostraciones prácticas respecto de la subjetividad de nuestras opiniones, en especial cuando estas vienen reforzadas por el ingrediente de la pasión, como ocurre en este caso.

La historia de la región está jalada de momentos en que alguno de los dos pueblos en disputa ha tenido el control sobre el mismo territorio, y es así que tanto palestinos como israelitas tienen antecedentes para reclamar esa tierra como propia.  La circunstancia del desplazamiento del pueblo rival que ha perdido en cada momento ese control ha determinado que en todo el mundo existan descendientes de israelitas y de palestinos que, a pesar de haberse insertado en nuevas naciones, siguen teniendo la mirada en lo que consideran el hogar perdido, que sienten a la vez, con todo derecho, como su patria original.

Lo anterior lleva lógicamente a que la pasión sea un ingrediente infaltable en las opiniones que se entregan, llevando con facilidad a calificar a quienes disienten como antisemitas o antipalestinos, lo que, desde la perspectiva personal, se lanza como el peor insulto posible.

Pero este asunto no es el único en el que las opiniones están imposibilitadas de llegar a una sola verdad, única, global y que defina y resuelva el conjunto de la complejidad del problema.

Si a ello se agrega que ante cualquier asunto controvertido la gente reacciona como en las barras en el estadio, a gritos, insultos y alegatos irracionales, hay que terminar por aceptar que la disposición de las personas a usar el diálogo y el debate para conquistar acuerdos resulta bastante inútil.

Esto es más grave aún si la educación formal no enseña a la gente a desarrollar un pensamiento propio, a observar la realidad por sí misma y a no dejarse arrastrar por otras opiniones, sobre todo cuando estas se sustentan en argumentos emocionales y se expresan con más fuerza que racionalidad.

En estas situaciones, resulta imprescindible recordar que el diálogo útil, el que produce verdaderos resultados, es el que se ejerce con hidalguía, el que utiliza argumentos más que lemas vacíos y repetidos y el que, en definitiva, reconoce al otro y sus derechos porque la verdad raramente es una sola y mucho más excepcionalmente pertenece a un solo sector. Debatir con esas premisas en mente ayudaría de verdad a que la conversación no se convierta en un griterío.

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