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Resulta tentadora la idea de suponer que las encuestas y las redes sociales podrían servir como muestras representativas de la voluntad ciudadana, y que podrían estar a un paso de tener la capacidad para reemplazar la democracia tradicional, expresada a través de elecciones y plebiscitos.   Pero esta es aún una utopía.

Al menos en ese error caen muchos medios de comunicación que presentan una selección de publicaciones en las redes o encuestas realizadas por ellos mismos como representación de la realidad y, de esa forma, gracias a la credibilidad que tradicionalmente se le concede a la prensa, van configurando una nueva realidad, que puede o no asemejarse a la verdadera.

Sin embargo, el público no posee las herramientas necesarias para poder distinguir la calidad de la información que se le entrega y a menudo se queda solo con el titular de la noticia.  Un experimento recurrente es pedirles a las personas que vean un noticiario y, sin estar previamente advertidos, se les pide al término del mismo que hagan una lista de las noticias que les fueron proporcionadas.  Lo habitual es que no recuerden más de cuatro o cinco notas.

En esas circunstancias, la posibilidad que las personas comprendan la calidad de las informaciones como para que puedan evaluar su veracidad es mínima,  Por ello es que la prensa debe tener particular celo a la hora de utilizar las encuestas y las redes sociales como fuentes informativas válidas y es por eso también que se debe tener sumo cuidado a la hora de interpretar encuestas y redes sociales como una alternativa a la democracia, en especial cuando hay grupos minoritarios que tienen mayor capacidad de controlar las redes sociales y generar opiniones que no representan necesariamente a la mayoría.

Los gobiernos y las instituciones que toman sus decisiones a partir de una muestra de lo que opina el público deben saber que la validez de este tipo de procedimientos depende en gran medida de la rigurosidad con que se seleccionan las opiniones.

Un elemento adicional de distorsión es que los medios de prensa tienen sus propios intereses, y hasta ahora no han demostrado en plenitud su capacidad de recoger y mostrar los datos de manera objetiva.  Por eso, la democracia sigue y seguirá siendo por mucho tiempo la suma de los juicios de todos los ciudadanos de una comunidad, pero esos juicios se forman a partir de la información que reciben, por lo que proporcionar datos erróneos también lleva a que las personas se formen opiniones erradas.

Es evidente que la tecnología puede y debe ser aprovechada, pero sin que los usuarios se enceguezcan ni renuncien al uso del buen juicio.

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