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Si se pudiera considerar al arte de gobernar como una actividad asimilable a la guerra, se podría decir que a la actual administración le ha ocurrido algo similar a lo que tuvieron que enfrentar numerosos generales que quisieron conquistar el mundo.

Todo estaba diseñado para que el primer año estuviera centrado en terminar las reformas tributaria y educacional, junto al sistema electoral, pero la planificación hecha en el escritorio suele fracasar cuando se la lleva al campo de la realidad y las reformas se han enredado más de lo previsto y han aparecido nuevas exigencias ciudadanas que, siempre de acuerdo a los cálculos, no deberían aparecer en forma prematura: La reforma laboral y la constitucional.   Ya están en el horizonte, bregando por anticiparse, la reforma al sistema privado de salud y la del modelo previsional que amenaza con hacer crisis próximamente.

A eso se le agrega un clima de expectación por parte de los inversionistas que, ayudado por factores externos, ha contribuido a un estado de nerviosismo entre las personas respecto del desarrollo futuro de la economía.  Un par de titulares efectistas y la falta de una política comunicacional adecuada para contrarrestar esa acción han llevado a que se comience a hablar de recesión, con todo lo que eso significa desde el punto de vista del temor a perder el empleo en una economía en la que la precariedad laboral es un dato de la causa incluso en tiempos normales y en un mundo en el que las sensaciones construyen la realidad.

Luego aparece lo imprevisto: La detonación de una bomba en un concurrido centro comercial y ya queda configurada de manera definitiva una profunda sensación de temor y desprotección a la que el Gobierno debe responder con eficiente prontitud, sin experiencia en el tema y con una institucionalidad que aparece como desbordada a juicio de la mayoría de las opiniones.

En cosa de un mes, los dos frentes planificados se convierten en seis frentes.

En política es habitual que lo importante sea postergado por lo urgente, y en este momento las urgencias se llaman seguridad ciudadana y estabilidad laboral.   Por eso es tan importante aprovechar los períodos de calma relativa para avanzar todo lo posible y mantener además el control de la agenda.   Una vez perdida la administración de la contingencia resulta difícil recuperarla y hay que apelar a toda la capacidad política para poder mantener el timón firme durante el temporal.

Es evidente que las circunstancias iniciales del Gobierno han cambiado, en parte por limitaciones propias y en parte por el azar, pero lo importante es decidir entonces si la tripulación es la adecuada para conducir el buque a buen puerto, a pesar de los disparos de cañón de los demás participantes en la contienda.

A seis meses del debut de la actual administración, ya desde los propios partidos que sustentan al Gobierno aparecen críticas siendo que, probablemente, el diseño consideraba la unidad férrea de los parlamentarios tras los objetivos del Gobierno.  De ello dan cuenta las declaraciones iniciales pidiendo pasar una retroexcavadora para cambiar el conjunto del modelo político y económico, que era una tarea mucho más amplia que la comprometida en el Programa de Gobierno.

Afortunadamente, como esta no es una guerra mundial debería haber espacio para reaccionar de manera oportuna, adecuar la planificación a las nuevas condiciones y adaptar el equipo gubernamental para ir clausurando los debates abiertos, de modo que se puedan enfrentar los nuevos frentes.

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