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Cada vez que el debate político se centra en un tema, como ha ocurrido últimamente con las actividades de terrorismo que han venido ocurriendo en el país, siempre resulta útil revisar el sentido de las palabras para que el diálogo tenga mayores posibilidades de prosperar y sea de verdad un avance en la organización social.

En este sentido, resulta apropiado recordar que, de acuerdo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, terrorismo es la “dominación por el terror” y, en una segunda acepción, una “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”.

Estas definiciones no consideran la idea que el terrorismo esté radicado exclusivamente en el ámbito de la política y, desde esa condición, es conveniente entonces recordar que hay terrorismos en otros planos, como el económico, cuando un grupo de presión amenaza al resto del país con una situación de carestía o de escasez si se modifican determinadas leyes.  En esos casos se apela al terror al hambre.

Lo mismo ocurre, por ejemplo, cuando las personas que, sin estar constituidas de manera formal como actores políticos, restringen las libertades de los demás. Cada vez que hay una marcha, los comerciantes saben que no pueden abrir sus tiendas.   Tienen terror a los destrozos.

En el ámbito de la seguridad, permitir la existencia de bandas de delincuentes en un barrio que asolan a los vecinos también sería una forma de terrorismo.

Cuando sufrimos el terror de perder el empleo, nuestros empleadores podrían ser considerados terroristas.   El estudiante que se ve amenazado con reprobar una asignatura a pesar del empeño que ponga en estudiar es víctima de terrorismo.   El predicador que anuncia las llamas del infierno para el pecador también apela al terror.   El marido que amenaza a su mujer con el divorcio; la mujer que presiona a su marido con denunciarlo por violencia doméstica; el vecino que esgrime un arma cuando se le reclama por el ruido en horas inoportunas.

De esta forma, resulta que todos somos, de una u otra manera, potenciales terroristas en la medida que hemos ido ampliando también la definición de violencia de lo físico a lo psicológico y moral, o simplemente cuando usamos nuestro poder, sea económico, social o de cualquier naturaleza, para imponer nuestra voluntad a otros.

Es evidente que poner bombas en lugares en los que cualquier persona puede resultar lastimada es terrorismo, pero también es indudable que hay que hacer una definición explícita y cuidadosa porque siempre existe la tentación de usar los conceptos en favor propio y en desmedro de los demás.

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