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Cuando se constituyó la Nueva Mayoría, que era la antigua Concertación más el Partido Comunista -además del Movimiento al Socialismo y la Izquierda Ciudadana-, se asumió que el elemento de unión era el Programa de Gobierno de la Presidenta Bachelet y por eso es que algunos quisieron darle un carácter virtualmente sagrado al documento, que debía servir como una especie de contrato nupcial.

La experiencia de reencuentro en la anterior Concertación entre los socialistas y la Democracia Cristiana, que había sido férreos adversarios durante la Unidad Popular, permitía supone que con la incorporación de los comunistas la situación podría ser parecida.   Ello se veía reforzado por el compromiso, voluntario y libremente asumido (igual que un matrimonio) en torno al Programa de Gobierno.

Sin embargo, a poco más de siete meses del inicio de la actual administración tanto el PC como la DC no parecen perder oportunidad para enrostrarse actitudes que, según la contraparte, van en contra de ese entendimiento.   Unos asumen que su postura en las reformas impulsadas por el Gobierno forma parte del Programa de Gobierno, los otros argumentan que el Programa es la suma de un conjunto de objetivos que no incluía los detalles de manera pormenorizada.   Es calcado al diálogo de sordos que asumen los esposos en sus peleas, pero el asunto es si estas diferencias terminarán en divorcio o si, como ocurría al interior de la anterior Concertación, se pueden resolver las disputas y recuperar el compromiso de unidad.

Hay un aspecto que para la Concertación resultaba esencial a la hora de firmar la paz: La necesidad de mantener el poder y en estos momentos, aun con la baja en las encuestas, pareciera que con Bachelet no existiera el riesgo de la derrota electoral.

¿Pero qué le pasará a la Nueva Mayoría sin Bachelet, cuando los partidos tengan que proponer sus propios nombres para designar un candidato presidencial común para las próximas elecciones?

Por lo que se ve hasta ahora, los nombres mejor posicionados son dos personas que no forman parte del matrimonio (Velasco y Enríquez), que vendrían a ser, siguiendo la analogía, como los amantes que se meten a la casa y eso siempre termina por trizar las relaciones de pareja.

Como en los matrimonios que enfrentan una crisis y recurren a un terapeuta, en la Nueva Mayoría no hay una persona que ejerza el liderazgo para poner orden en el hogar común y quien podría cumplir con esa función no ha demostrado interés en hacerse cargo de esa responsabilidad y deja que las discusiones se mantengan sin freno.

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