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Al igual que las personas, los movimientos políticos y las ideas tienen un proceso de crecimiento en el que se forman, se desarrollan hasta alcanzar su mayor grado de madurez y enfrentan el inevitable período de declive

Las ideas y las corrientes filosóficas que se expresan en el terreno de la política no son eternas y están llamadas a ser reemplazadas por cuerpos doctrinarios e ideológicos más nuevos, pero en este enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo, tal como sucede entre el padre y el hijo, la juventud no garantiza el éxito ni la experiencia la capacidad de resistir para siempre el embate del impulso transformador.

Esta es, en cierta forma, la situación por la que atraviesan los partidos políticos tradicionales, en Chile y en todo el mundo.  Al menos en occidente, las ideas que fueron válidas desde la guerra fría ya no se sostienen y resolver las definiciones políticas en torno a un golpe de estado que ocurrió hace más de 40 años tampoco mantiene su valor frente a las nuevas generaciones.  Del mismo modo, no se construye lo nuevo sin que lo viejo sirva como base.

Hay un esfuerzo por jubilar a quienes llevan cincuenta años de vida política, y es comprensible, tan comprensible como que los mayores se resistan a soltar el poder en manos de jóvenes que, desde su punto de vista, cometen errores con una frecuencia y liviandad que les parece irresponsable.

Cada cual desde su perspectiva tiene buenos motivos para participar en esta lucha generacional.  Es evidente que, tarde o temprano, triunfarán los jóvenes.  Es el ciclo natural de las cosas, pero resulta imposible predecir cuándo la fuerza de la juventud se impondrá efectivamente a la experiencia de los mayores ni en qué momento tendrán la capacidad para conquistar el poder, que es de lo que se trata la política.

El otro dato que resulta evidente es que algún día la dictadura dejará de ser definidora de la política nacional, aunque tampoco es posible hacer predicciones al respecto.  O’Higginistas y Carreristas siguen enfrentados pero ya no son gravitantes a dos siglos de sus disputas.  ¿Cuándo dejaron de serlo?   Es imposible decirlo con exactitud porque se trata de procesos y los procesos no pueden apurarse ni frenarse por la sola voluntad de unos pocos.

Y el punto central de este proceso es la forma en que lo experimenta el pueblo, porque los dirigentes políticos y el mundo académico no representan necesariamente la soberanía popular, que sigue siendo esencial para poder gobernar un país.

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