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Como país subdesarrollado, solemos ser sujetos de numerosos análisis y reflexiones acerca de nuestro carácter e idiosincrasia, siempre dentro del propósito de detectar nuestras falencias para corregirlas y, teóricamente, evolucionar como sociedad.

Con el paso del tiempo, nos hemos ido dando cuenta que somos una sociedad sumamente dividida en grupos, clases partidos, iglesias, sin que nos permitamos mezclarnos unos con otros.  Es lo que la biología denomina la endogamia, es decir la reproducción entre los individuos de una ascendencia común.

Católicos con católicos, comunistas con comunistas, los del Colo-Colo con los del Colo-Colo.  Nos cuesta permitirnos saltar esas barreras que nos hemos impuesto a nosotros mismos y cuando encontramos a alguien interesante y descubrimos que es de derecha o de izquierda, que es mormón o ateo, inmediatamente levantamos los filtros y lo dejamos de lado.  Podemos aceptarlos como “conocidos” pero nunca como “amigos” o “aliados” por la sencilla razón que son distintos y rechazamos lo distinto.

Es el proceso que explica la homofobia y la xenofobia.  Rechazamos lo que no entendemos.  Apartamos lo que es distinto porque no lo comprendemos y no tenemos la más mínima intención de hacer un esfuerzo por aceptar siquiera su presencia.

Si no aspiráramos al mismo tiempo a ser una nación cosmopolita e integrada al mundo -al menos, a la parte del mundo que consideramos como “amigable”- esta característica no tendría mayor relevancia, pero ocurre además que al interior de nuestra propia sociedad no somos homogéneos y esta disposición a no mezclarnos entre nosotros afecta nuestra capacidad de dialogar.

Y si no se dialoga, es improbable pensar en la posibilidad de encontrarnos y mezclarnos.  Cada grupo con su propia visión, tratando de imponer a los demás sus puntos de vista, como si los demás fueran unos ignorantes que necesitan ser salvados de su error, en lugar de sumar las respectivas culturas y construir una sociedad en la que quepamos todos.

Pero no.  Al otro no se le reconocen derechos y en ocasiones ni siquiera su existencia.  Nos negamos unos a otros.  Cuando un grupo político llega al gobierno, los que son distintos les niegan todo valor a su obra, precisamente porque son “distintos”, y lo mismo ocurre cuando el turno es para otros.  Esta es una de las condiciones que nos mantienen en el subdesarrollo cultural, que es la base para alcanzar el desarrollo institucional, político, social y económico.

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Alguien comentó sobre “El Otro

  1. Comparto este análisis Andrés. Estamos cada día más ombligocéntricos, nos cuesta levantar la cabeza y ver al otro, que – independiente de lo que crea, sienta o piense – es “un legítimo otro en la convivencia”, como plantea el maestro H. Maturana.

    Abogo (abogemos) por la empatía, por la mirada comprensiva del ser humano, por un enfoque no reduccionista, que califica al otro u otra por un una simple elección sin considerar su historia, sus anhelos y necesidades.

    De seguro, saldremos ganando.

    De seguro, que vamos a salir ganando

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