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Se acaba el sistema electoral binominal -aunque el nuevo sistema también merezca críticas-, y con esto se termina también un período de casi 30 años en que los chilenos se vieron obligados a optar solo entre dos alternativas para definir sus representantes en el Parlamento

Si se le agregan a este período los 17 años de la dictadura, llegamos a casi medio siglo en el que las personas no han elegido a sus representantes en el Congreso a través de un sistema electoral proporcional.

¿Cuál será la respuesta al cambio?   Es sabido que, así como las leyes suelen llegar tarde a los cambios que se viven en la sociedad, en otras ocasiones es la regulación legal la que genera modificaciones sociales, y en el caso de la política nacional el esquema binominal ha generado un sistema bipolar en los partidos y una concepción de la misma naturaleza en la ciudadanía.  Chile no tiene un modelo bipartidista, como Estados Unidos o Inglaterra, porque los partidos han conformado bloques partidistas en lugar de fusionarse, pero de todos modos la gente que se interesa y participa en la política analiza la contingencia en términos de blanco y negro, amigos y adversarios.

Aunque en distintos momentos ha habido intentos por lograr esta fusión, en los hechos no ha ocurrido así, lo que ha agregado una peculiaridad a las consecuencias del binominal, en términos que además de agruparse las distintas visiones filosóficas en dos bloques, ha habido una permanente tensión al interior de cada uno de estos bloques.

Al mismo tiempo, sin embargo, cada partido tenía claro que no existía vida electoral posible fuera de las coaliciones, casi lo mismo que sucedía con los independientes o las corrientes alternativas que, a duras penas, lograban siquiera entrar en la competencia de las urnas, evidentemente sin posibilidad alguna de triunfar, salvo unos pocos casos en tres décadas porque la gente se acostumbró a votar solo por los que se percibían como ganadores seguros.

Considerando la velocidad de los cambios culturales impuestos desde la legislación, es de esperar entonces que en la primera elección con el nuevo sistema no se produzcan grandes cambios, ¿pero cuántas elecciones tendrán que producirse para que el votante permita el surgimiento de una tercera alternativa y para que los partidos reaccionen y, en vez de mantenerse unidos con pegamento, se atrevan a mostrar sus diferencias y eventualmente a constituir nuevas alianzas?   Eso requiere cambios culturales, los que tendrán que ser impulsados desde unos partidos acostumbrados a vivir en un mundo en blanco y negro.

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