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El mejor cine se hace en televisión, dicen actualmente los entendidos en análisis de contenidos. Esto ocurre, entre varios factores, porque las series encontraron el espacio para dar un paso más allá y alejarse del pasatiempo. Hay muchas series que son verdaderas proezas televisivas, y las vamos a ir recordando en esta sección “Series que nos marcaron”, porque acabaron teniendo un significado, terminaron trascendiendo.

“Six Feet Under”  (2001-2005) entra, sin duda, en este grupo. No es casualidad que fuera emitida dentro de la mejor época de programación que ha tenido HBO, haciendo el contrapunto a dramas  e historias policiales de peso. Alan Ball, el cerebro tras la serie, se desvivió por este proyecto, que siguió a “American Beauty” y precedió a otra obra grandiosa llamada “True Blood”. La idea principal giraba en una disertación constante sobre la vida y la muerte, a través de la historia de una familia propietaria de una funeraria. El hilo central está muy influenciado por un lamentable evento familiar que le ocurrió a Ball, cuando tuvo que sufrir el fallecimiento de su hermana, a los 22 años, en un accidente automovilístico donde él iba de copiloto; y junto con esto, debió enfrentar problemas posteriores para una autoaceptación sexual. Ambos factores están muy presentes en la serie. El piloto que dirigió dejó extasiados a los productores de HBO, quienes le dieron luz verde inmediata al proyecto. Ball, después, ganaría un Emmy como Mejor Dirección de un piloto por esta serie.

“Six Feet Under” es reconocida, por gran número de entendidos en TV, como una de las mejores series de la historia, así como su final ha sido ampliamente considerado como uno de los mejores capítulos finales de una serie de televisión.

Idea principal: la mortalidad humana, el fin de ésta, y su influencia las vidas de aquellas personas que tienen que lidiar con ella diariamente. Y sobre este concepto es sobre el cual la serie va girando a lo largo de sus 63 episodios (5 temporadas); los personajes principales experimentan crisis que están en directa relación con el ambiente y el dolor que observan a diario, y que van asimilando sin querer. No solamente entierran un cadáver, entierran también emociones bajo esa tierra. El contacto constante con la muerte invade de intensidad la vida de los personajes y llega al punto de explosión, de querer borrarse y no saber nada más. Ahí entendemos mejor al Nate mujeriego o los experimentos sexuales de Claire. Innovadora en la importancia del pasaje onírico como medio de comunicación, donde era común que los personajes hablaran o entablaran un diálogo con gente fallecida, pero sin jugársela sobre una posición sobre qué vida habrá en el más allá o si ésta definitivamente existe. La serie entabló como objetivo la búsqueda del “yo” mediante un bien trabajado humor negro, el que jugaba con sueños e imaginaciones. Cada capítulo mostraba el fallecimiento de alguien, enfocado siempre en ese fundido a blanco tan característico.

“Six Feet Under” está en nuestra mente, además, porque posee 2 capítulos que, a mi parecer, son de lo mejor que he visto en TV: el 4×05, “That’s my dog”, y el final de serie (el 5×12, “Everyone’s waiting”). En los 10 minutos finales, entre un fallecido Nate cantando “I Just Want To Celebrate” de Rare Earth, y el momento en que Claire, sola en la carretera, va camino a buscar una nueva vida, se produce un choque de sensaciones difícil de explicar. Por un lado hay alegría porque seguramente les va a ir mucho mejor, pero por otro lado, la tristeza es inevitable pues todos acabaremos dos metros bajo tierra. Esta escena final, y lo que produce en el espectador, está directamente relacionada con el nivel de emocionalidad que a cada cual le provocó la serie, y son muchos los que hasta hoy se emocionan cuando lo recuerdan.

El tema principal, compuesto por Thomas Newman, obtuvo el Emmy a la Mejor composición musical en una serie, y dos Premios Grammy (en 2003) en la categoría de Mejor composición instrumental escrita para una película, televisión u otro medio visual.

 

 

También se hizo acreedora de 9 Emmys en total, 3 premios Screen Actors, dos Globos de Oro y un premio Peabody.

Las 2 primeras temporadas son de un gran nivel, y como suele ocurrir, en la tercera hay una leve baja que sirvió para reencauzar relaciones y contenidos. No me cabe duda que si esto hubiera ocurrido en la era actual (donde cada serie es destrozada en las RRSS cuando una temporada es más lenta, o porque ocurren menos cosas fuertes), quizás el análisis descarnado no la habría dejado continuar.

 

Los actores:

Peter Krause: Encajó a mil con el rol de Nate, el primogénito que debe volver al lugar que más detesta. Fue la primera elección para el papel. Después lo vimos muy bien en la serie “Parenthood”.

Michael C. Hall: Se destapó con este papel de un homosexual que duda siempre entre salir del closet o no.

Frances Conroy: Una actriz de teatro que tuvo esta oportunidad de ponerse en el traje de la matriarca de la familia. Su rostro lleno de angustia era perturbador, lo que es muy loable si entendemos que debió sostener esa sensación desde la juventud hasta la viudez de su personaje.

Lauren Ambrose: Desconocida hasta ese minuto, desarrolló un papel clave, aquel que logra tener muchos seguidores siempre atentos a sus aventuras: adolescente desinhibida, sin temores, mimada, cuya mirada sobre la vida y el futuro se ganó los aplausos de los fans.

¿Se puede empezar a ver ahora?

Sí. Cada vez que alguien me consulta sobre alguna “sandía calada” me cuelgo de esta serie. Porque fue dura, realista y sin estereotipos, “Six Feet Under” fue un gran drama familiar, fue un estudio acerca de la humanidad. Quizás el contenido no sea tan llamativo en la actualidad, pues muchas series posteriores se colgaron de la temática, pero las actuaciones y los diálogos potentísimos, obra del mejor guionista, calarán en el corazón del más duro. Y el capítulo final…..sin palabras.

“Six Feet Under” es y será un boleto a ganador.

 

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