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La realidad es una cosa que habitualmente las personas reconocen como su visión del mundo y va unida al deseo que sea una verdad objetiva, fuera de su propia consciencia.  Otra cosa es la realidad retratada en la prensa y otra aún más distinta es la que pregonan las redes sociales.  Una conclusión rápida, lógica y evidente es que ninguna es la verdadera, y esa es una regla que debe mantenerse siempre presente a la hora de debatir lo que sucede en una comunidad.

En periodismo se suele hacer un ejercicio para ilustrar la fragilidad de la percepción de la realidad, o de la verdad, que para este caso es más o menos lo mismo: Un auto llega a una esquina y choca con otro que también quiere cruzar.  ¿De quién es la responsabilidad?   Cada conductor tiene su propia versión, pero también hay diferencias entre los testigos, dependiendo del lugar en el que se encuentre al momento del accidente que les hace suponer que un auto cruzó primero que el otro.

La interpretación de la realidad está filtrada por las propias experiencias, juicios previos (en rigor, prejuicios), expectativas y una enmarañada red de informaciones propias y ajenas.   Cada vez que un asunto es confuso es porque colisionan las perspectivas, siendo que el asunto sigue siendo exactamente el mismo.   La interpretación no es una ciencia y la gente prescinde habitualmente del método científico para emitir sus opiniones y sacar conclusiones.

Es probable que un científico se escandalice al ver la falta de rigor del observador, pero el hecho es que el observador -todos nosotros- hace muy poco por ser riguroso.  Lo que le interesa es conseguir confirmación de lo que ya piensa al momento de exponerse a una situación que hay que describir.

El escenario era relativamente sencillo antes de la aparición de las redes sociales.  Estaba lo que uno pensaba de los hechos y la información proporcionada por los medios de comunicación que ahora conocemos como tradicionales.   A la prensa se le concedía el status de autoridad para el propósito de la interpretación y era capaz de formar la opinión del público.

Con el surgimiento de las redes sociales, el concepto de autoridad se diluyó porque siempre es probable que aparezcan fuentes alternativas que contradigan la versión oficial.  Los partidarios de las teorías conspirativas saben que una mentira con los ingredientes apropiados es más atractiva que una autoridad que carece de condimentos.  De esta forma, la realidad o la verdad dejan de existir.

Mientras los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales se complementaron, el sistema de la verdad oficial funcionaba sin problemas, pero cuando entran en contradicción deja de existir la verdad.   ¿Qué puede hacer el público ahora, cuando descubre que todo es subjetivo?  La autoridad -sea cual sea su naturaleza- no tiene medios para demostrar que la verdad oficial es única e incuestionable y todo se convierte en una gran confusión que no permite las certezas.

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