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Para los que no lo recuerdan, “¿Cuánto vale el show?” fue un programa de televisión que se transmitió en las décadas de los ‘80s y ‘90s en el que personajes anónimos hacían lo imposible por caerle en gracia a un jurado relativamente exigente que, en ocasiones, abusó de su posición para burlarse de los concursantes poco talentosos.

Esta situación valió que la expresión “¿cuánto vale el show?” se convirtiera en sinónimo de humillación.   Eran tiempos de crisis económica y la gente estaba dispuesta a todo por un poco de dinero.

Lo ocurrido esta semana con el accidente automovilístico del futbolista Arturo Vidal rememora ese programa, en el sentido que el afán de perdonar una evidente infracción a la Ley del Tránsito -que de paso le puso pies de barro al ídolo popular y le abolló la corona al autoproclamado Rey Arturo- hace pensar en cuánto vale el gol, o algo parecido a que el gol justifica los medios, parafraseando a Maquiavelo.

La situación personal de Vidal queda de lado y pierde gran importancia cuando nos damos cuenta que lo que queda es la amplitud de reacciones frente a lo sucedido.

Desde el “hay que apoyarlo para que siga jugando, haciendo goles y Chile pueda ganar la Copa América” hasta el “no debe seguir jugando porque no ha demostrado profesionalismo ni merece ser un modelo para los niños”, lo que está en discusión es si el éxito es tan prioritario como para hacer la vista gorda a la trasgresión de la ley.

Esa es la discusión de fondo, la que puede aportar al desarrollo del país.  Eso es lo que queda en evidencia después de este capítulo.

Cualquier empleado es despedido automáticamente si no cumple con las condiciones propias de su trabajo, pero parece que en determinados casos nosotros -los mismos que cuestionamos los privilegios de ricos y políticos, entre otros- somos los primeros en promover un trato diferenciado por el puro propósito de sentir un momento de gloria y orgullo nacional.   La única explicación a esta incoherencia es la decisión absolutamente libre de colocar el éxito sobre cualquier otra consideración.

¿Cuánto vale un gol?   Bien poco, en realidad.  Incluso en el supuesto que la suma de goles permitiera conquistar un campeonato, el placer del triunfo es breve y aporta poco si ello no contribuye a cambios culturales relevantes.

Si ganar un campeonato significara una mayor práctica del deporte, que las personas tengan mejor condición física, que podamos cultivar el alma a través del cuerpo, podría valer la pena, pero en lo inmediato un gol vale poco o nada, y lo que sí vale, y mucho, es el poder darnos cuenta de la escala de prioridades que tenemos como sociedad y que los cambios que necesitamos no pueden ser impulsados solo por ídolos que no tienen la capacidad ni la vocación de llevar la carga de esa responsabilidad, sino que depende de todos.

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