Compartir

Visto desde el extranjero, Chile es un país que aún permanece relativamente inmune a la corrupción con una clase dirigente que todavía goza de cierto prestigio.   Visto desde dentro del propio país, la percepción es radicalmente opuesta, y no es porque la cantidad de información para evaluar sea distinta, sino porque es natural que se sea más riguroso con lo propio que lo ajeno.

Pero a ello se agrega otra condición que está siendo cada vez más preocupante, aunque no sea nueva, y que se refiere a nuestra capacidad para juzgar a los demás sin aplicar la misma exigencia a los actos propios.   Más aún, esta habilidad para ver pajas en los ojos ajenos y pasar de largo las vigas en los propios ha venido siendo reforzada por los pactos de silencio.  No puede calificarse de otra forma el afán de encontrar malo todo lo que hacen los demás, y bien todo lo que hacen los amigos.

En estos últimos días hemos tenido una alta preocupación mediática por los nuevos antecedentes sobre el ataque contra Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana.  Poco después, dos asaltantes prendieron fuego a un funcionario de una empresa recaudadora.  Un carabinero permanece grave por una herida a bala.  Todo eso reproducido y multiplicado en las redes sociales.

Cada uno de estos casos es dramático y representa una fuente de sufrimiento y de solidaridad para mucha gente, que va acompañada de un sentimiento de desprecio contra los culpables que roza el odio.   Lo esencial es que nos estamos acostumbrando a mirar para otro lado cuando la víctima no es “nuestra” y tendemos a atribuir todo tipo de intenciones torcidas a los adversarios, como si se tratara casi de personajes diabólicos.

Lo preocupante es que los otros hacen lo mismo con los nuestros, y la lógica es clara en este sentido: Cuando se trata de delitos, el juicio no puede depender del color político, religioso, sexual, la clase social o ninguna otra condición.   Pareciera que no se acepta la posibilidad de emitir opiniones objetivas y desapasionadas.  Todo tiene que ser a gritos e insultos, como si estuviéramos en medio de las barras bravas en un partido de fútbol.  El caso de Fernando Villegas y su “pasó la vieja” es bastante claro en este aspecto.

La respuesta habitual está siendo agregar más razones para encender respuestas agresivas y miopes, en lugar de buscar con racionalidad las causas de esta situación y avanzar en la formación de la opinión pública para generar un consenso que permita disentir sin agresiones ni descalificaciones.

En los países políticamente más maduros, la gente sale a la calle en masa a exigir el respeto por los derechos de todos, pero como somos un país inmaduro nos escondamos en el anonimato de las redes sociales para insultar y difundir calumnias y, como eso es lo popular, los dirigentes adoptan el mismo lenguaje en lugar de orientar y educar a la opinión pública.

Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *