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Se habla con cierta dosis de voluntarismo que las próximas elecciones presidencial y parlamentarias vendrían a consagrar un cambio en el equilibrio de las fuerzas políticas en el país, vaticinándose un importante rol de quienes se han venido desarrollando al margen de los pactos tradicionales, básicamente por el lado de Fuerza Amplia.

Es efectivo que este movimiento está en las noticias por ser la más reciente novedad.   Es la moda.   Es cierto también que en esta oportunidad para las parlamentarias la elección se realizará con un sistema distinto al binominal que nos rigió por casi tres décadas y que había favorecido la formación de dos polos, pero falta mucho aún para poder afirmar que los cambios son reales.

A pesar de lo que digan las encuestas sobre los candidatos favoritos hasta el momento, siempre se registra un porcentaje de personas que no responde y los analistas interesados analizan ese grupo como si se pudiera predecir su votación de acuerdo a una proporción similar a los que sí responden, lo que es equívoco porque se trata básicamente de gente descontenta o sin formación política, por lo que cualquier hecho de aquí al 19 de noviembre puede inclinar su sufragio en cualquier dirección.   A eso se suma que la lógica indica que la abstención será nuevamente alta y es impredecible la simpatía electoral de quien no va a ir a votar.

Lo que sí es claro es que, sea cual sea la dirección que adopte el electorado, la culpa es de quienes tuvieron todo para cumplir con responsabilidad su función como conductores de la sociedad.   Esta elección no es entre distintas alternativas sino una suerte de plebiscito respecto a la aprobación de quienes condujeron los destinos nacionales desde antes de la recuperación de la democracia en 1990 y castigar a unos no puede entenderse como premiar a otros.

Si hay quejas no es respecto a la orientación doctrinaria, sino en relación a la eficiencia administrativa, es sobre la capacidad política de integrar a la ciudadanía en el sueño de construir un determinado modelo de sociedad, porque lo que ha habido hasta ahora es un Estado neutro al que le importa cazar los ratones sin preocuparse del color del gato, o que el gato este viejo y gordo como ya parece estarlo.

Los cambios sociales no se producen porque se cumpla cierto período de tiempo ni porque surjan líderes excepcionalmente capaces, sino porque se reacciona a una situación que ha dejado de ser satisfactoria y parece bastante claro que la habilidad para gobernar en la segunda mitad de un siglo no es la que sirve para la primera mitad del siguiente, y ese no es un cambio político sino sociológico que antecede al político, siempre que este sea capaz de seguirle el ritmo.

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