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5.31 AM. Despierto y pronto siento que estoy desvelado. Además, me ronda un mosquito y barrunto que contribuirá a que me mantenga en vela.

5.42 AM: Me puede la sensación de que debo aprovechar el tiempo en vez de acunar mi desvelo. Descubro que el insecto ya se ha alimentado de mi sangre al menos en dos ocasiones. Me levanto y escribo.

6:07 AM: Regreso a la cama e intento reconciliarme con el sueño.

6:08 AM: Un mosquito, ya “el mosquito”, me ataca. Me defiendo, pero el zancudo se escabulle con facilidad.

6:25 a 8:30: No logro dormirme. Enciendo y apago varias veces la luz para intentar cazar al persistente mosquito. En una de estas razias lo descubro parado en el cabecero de la cama. Es casi albino, por eso no había logrado hasta ese momento identificarlo aprovechando la pintura clara de la habitación, porque no hay contraste.

8:35: Tras un último intento de cazarlo al vuelo, desisto, abandono el catre y me dispongo a escribir estas líneas. El díptero me ha vencido y ha derrotado a mi sueño.

Y se preguntará el lector: ¿Qué carajo me importa que este habitante de Sitiocero haya perdido media noche de sueño enfrascado en la batalla contra un escurridizo mosquito?

Y he aquí mi respuesta: efectivamente, nada.

Pero, por si acaso quedase un resquicio para la reflexión, comparto la siguiente: los mosquitos en la noche son como esos pequeños pensamientos que nos quitan el sueño, es imposible quitárselos de la cabeza salvo que los elimines. Y a menudo eso no es posible.

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