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30 años son muchos en la vida de una persona, pero muy pocos en la historia de un país.   Casi un suspiro o un pestañeo.   Pueden pasar tres décadas sin que ocurra nada relevante, aunque en Chile pareciera que no podemos tener tanto tiempo de calma, acostumbrados como estamos a la volubilidad propia de un país que califica como adolescente.

Se cumplen en estos días las tres décadas del plebiscito del 5 de octubre de 1988 que puso término a una dictadura de 17 años y se tiende a observar el proceso desde la perspectiva personal en lugar de hacerlo desde la nacional, como sería lo justo.   Los 17 años de dictadura sí ocupan mucho espacio en la historia porque se vivieron con una tremenda carga de sufrimiento, transformaciones y negación de los derechos humanos, por lo que es imperativo explicarla desde el punto de vista personal.

El plebiscito, en cambio, fue un evento colectivo, por lo que no corresponde mirarlo exclusivamente desde la perspectiva individualista.     Para las nuevas generaciones, que ya son la mayoría del país, no sirven los testimonios de los que vivieron la época.   Son relatos tan añejos como fueron para nuestra generación las historias sobre los espías nazis durante la Segunda Guerra Mundial o los cuentos de la Guerra del Pacífico para nuestros abuelos, y eso duele a los actores de la recuperación de la democracia, aunque no es el único dolor.

También duele constatar el error que muchos cometieron de suponer que, además de luchar por la recuperación de la democracia, se trataba de lograr una determinada forma de hacer el país que sí beneficiaría a los más pobres, que sí habría justicia por las violaciones a los derechos humanos aunque fuera parcial y lenta.

Del mismo modo duele que los jóvenes de ahora, en rigor todos los que tienen menos de 30-40 años ignoren casi con desprecio la diferencia entre el país que había bajo la dictadura y el que se logró después.   Además del crecimiento económico que fue resultado de muchos esfuerzos y sacrificios, se ha ganado en dignidad y libertad, pero como se trata de cuestiones que parecen caídas del cielo no se valoran en todo lo que significan.

En línea con lo anterior, a los miles de héroes anónimos que hicieron posible el triunfo del No en el plebiscito les duele también que la apreciación de la misma democracia haya ido perdiendo relevancia con el paso de los años, como si nunca hubiera importado que reunir tres personas o más en una casa era motivo de detención, cárcel y exilio, como si nunca hubiera bastado con ser pobre y vivir en una población de la periferia para que personal militar, tan pobre y tan marginal, los sometiera a simulacros de fusilamientos masivos.

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