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Con las primeras puntadas y un sonido de maquinaria y motor, comienza a formarse la banda sonora de una película de tarde de sábado, que concentra el dudoso objetivo de fabricar una simple bolsa (primer proyecto), ahora que hacemos eso al menos por reciclar.

Mientras me apaño –y la palabra aplica a la tela sobre la que se desliza un mágico carril que forma una línea, entrecortada, como la de algunos mapas-, se suceden exquisitas, saltarinas, infantiles las notas de la aguja, entrando y saliendo.

Siguiendo esas líneas llego a la habitación oscura de la casa de Picarte, donde la abuela cosía. Tenía una Singer de pedal, y yo jugaba justo a la altura de sus zapatos ensanchados para apreciar el divertido balanceo. Y quizás la Singer era lo único de su propiedad a esas alturas, en que había empeñado todo para criar a una hija que adoptó recién nacida. Mi madre me dejó a su vez su máquina de herencia. Esta que viene con imágenes y emociones incluidas.

La Yaya cosía a la hora de los juegos trajes a pedido,  que fueron reemplazos poco a poco para ropas para los nietos. Los chicuelos. Hasta a las muñecas les cosía. Un traje completo le hizo a la única muñeca que llevé cuando salimos de Chile. Medía apenas un palmo de mano, era rígida, tenía los ojos siempre abiertos, y su piel era de un color rosado muy extraño, pero su traje, ajustado al cuerpo, con una precisión inigualable era lo más hermoso. Su Singer. No supe su destino. O si a nuestro regreso aún la tenía. A veces me detengo a mirar en las tiendas las antiguas máquinas de coser que a veces se llenan de polvo en las vitrinas. Ensayo, error. Coso y descoso.

Recuerdo que en alguna feria de anticuarios en Buenos Aires vi una exacta a la de ella. Tuve en ese momento la impresión de tenerla muy cerca. También supe, de un modo inexplicable, que ella había estado ahí. Algunas preguntas sobre su pasado dejé de hacerlas a modo de reconciliación, pero una conversación con café humeante me dio la certeza.

Estiro la tela sobre mis piernas y veo a mi mamá hacer lo mismo, en una pieza iluminada, escuchando a Chopin, con la cabeza llena de sueños, y una delicada concentración que pone siempre en cada cosa. Pasa sus manos estirando el género para apreciar cómo va quedando aquello. Cómo va quedando esto. Paso mis manos…recorte, ajuste…y es como siempre lo hubiese hecho.

Las líneas del mapa me llevan más lejos. La melodía interrumpida deja esos silencios preciosos en que se erigen perfiles radiantes, y veo a la bisabuela Clara, cosiendo a mano; de tanto en tanto levanta la cabeza y mira el horizonte de Valparaíso, que traerá o no a un marido de regreso o quizás alguna carta. O dinero para la prole.

Y antes, tracatraca y voy haciendo, mucho antes las manos de la tía Emilia, que fue anarquista y cosió las chaquetas rotas, los pañuelos sudados, las bastillas secretas.

Termino orgullosa una bolsa con las telas que estaban guardadas hace tanto, y con las que la otra abuela fabricó alguna vez los cubrecamas que se tendían húmedos sobre los somieres de fierro y los colchones de lana de la casa de la playa, donde pasábamos las vacaciones. Flores y más flores. Comienzo una segunda bolsa, consciente del humilde aprendizaje.

Se juntan tantas manos en este oficio. Ancestras manos que fabricaron prendas con la ternura plena, u hosca, hostil, o desconfiada, en los claroscuros o a plena luz, solitarias o acompañadas del rosario de la tarde, sobre telas toscas o sobre preciosas sedas. Alguna en un claustro bordó escenas de guerra para conmemorar a algún benemérito rey, y quedaron sus hebras de oro entramadas por muchos siglos. Mucho tiempo más que el que las parcas nos dan a los mortales.

O delicadas y nobles manos sostuvieron los exóticos rasos de las banderas con que algún barco zarpó siguiendo entrecortadas líneas, como sigo yo en el mapa costurero, ahora zigzagueante.

Tantas manos que pespuntearon, hilvanaron, encandelillaron, hicieron pinzas y bastillas, falsos y cuellos, pretinas y sisas, y fueron así inventando este lenguaje que describe uno de los oficios más milenarios; el de todas las que vistieron la vida y la abrigaron. Don de tibiezas.

¿Cómo aprendí?, me pregunto sorprendida, y todas las voces vienen transportadas. Miré y miro ahora sobre esas imágenes deslavadas los dedos plisando para marcar la tela y luego seguir el doblez como guía para pespuntear donde irá luego la costura definitiva. De algún modo está en mí. Tal vez soy el recorte de algún patrón. Tal vez nuestros actos son recortes para un modelo perfecto. De algún modo, siempre lo supe hacer. Estaba guardado en la memoria dentro del mismo viejo ropero que albergó las telas que conservan todavía esa húmeda expresión floral, como si buscaran vida.

Y aquí se la damos. Las manos de todas, las madres, las abuelas, las costureras de oficio (hace poco tiempo encontré el certificado con que la Yaya se tituló de Modista, con excelencia, y en el olor de la hoja amarillenta venía su orgullo y también su dignidad).

Las mujeres que bordaban en las tertulias, guardando secretos, mientras secreteaban la vida y obra de alguien más, que también tenía algo que esconder. Costuras con censuras, con errores, con violencias, pero llenas de generoso oficio, desplegado en pequeños espacios de recogimiento o de libertad o ambas cosas, en el rincón de la costura.

También las que se tomaron un tiempo de descanso junto al fogón, antes de decir que la cena estaba servida y servir servicialmente, manos serviciales para construir la historia. Las que acariciaron, acunaron, blandieron espadas o hirieron, asustadas, sorprendidas, brillantes abriéndose paso con las mismas manos con que aquí descubro que ese paso llegó hasta mi puerta con el rostro de todas.

Las que cosieron en casa ajenas para personas ajenas, las que hicieron un tributo a la belleza, uniendo telas. Las que perdieron la cabeza y fueron confinadas a bordar las horas muertas, y las asesinadas que recortaron sobre papel los moldes de un nuevo contrato social, que apenas comienza a tener un universal sentido.

Sor Juana, imaginando mundos que el tiempo desplegó como una bellísima pieza del universo, mientras remendaba las prendas de las enfermas de peste para morir antes que apartarse de su insolente destino.

Celina cosió en la cárcel carteritas y estuches para la venta. Guadalupe cosió en su choza pobre y vendió en Chichicastenango el bolso que debo reparar y lo anoto en la tarea. Bordado de tanangos.

A cada nieto le cosió mi madre o le tejió con hebras laboriosas, en esas horas en que el silencio le daba la mayor bendición. La paz quedó escrita en punto cruz. A veces, entre las costuras, asoma la memoria sagrada de la vida, componiéndose y recomponiéndose en la memoria, llena de gratitud. También porque junto a la máquina, las telas, recibí una gran cajita mágica, llena de hilos, botones, broches  y agujas. Una provocación a mi curiosidad que tomo, mientras vuelvo a enhebrar y descubro que antes no lo había hecho correctamente y se vuelve más fácil.

Dicen que en Lisboa, una tataratatara abuela bordó sus iniciales en un pañuelo que puso, lleno de lágrimas en la solapa raída del traje de un esposo que viajó rumbo a América. Siguiendo su rastro migrante, llegué a Buenos Aires, y después a Córdova, donde la mitad de la población lleva nuestro apellido. Las huellas de mi antepasada, en cambio, se desvanecen. Pero puedo imaginarla. Cosío su propio luto con las manos temblorosas. .. (Llevó luto porque lo ordenaban las costumbres, aunque su fe estuviese intacta). Y reparó los atuendos una y otra vez hasta que comprendió que no iba a regresar. Para entonces, estaba anciana ya, y sus últimos años los dedicó a bordar los manteles para la sacristía de la capilla de Porto Oscuro.

Será una próxima experiencia, usar la aplicación de bordado para estampar las iniciales en un pañuelo sin lágrimas y hermosos deseos, que colgaré en la solapa de un viajero, que seguirá las líneas, de nuevo pespunteadas, en una historia sin fin.

Que libera, porque toma forma en estas osadas construcciones, dígase bolsas de tela para el pan, en un caluroso noviembre de 2018.

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8 Comentarios sobre “Costuras

  1. Nostalgicas descripciones de una actividad tan comun en el cercano pasado. La costurera era un personaje que cada familia tenia. Algunas, vivian de silu oficio. Muchas veces eran las madred y abuelas que cosian o remendaban la ropa de los hijos. Hermoso!!!

  2. Me conmovieron estas historias hilvanada desde el ”don de tibieza” que nos regalas.
    Es parte de la historia de las mujeres de nuestro país. Siempre he pensado que toda familia chilena tiene en su profundidad una costurera fiel.
    Mil gracias por la delicadeza y lo hondo de tu relato…reivindica también a mis propias costureras y las convierte en heroinas trasnochadas de mis propias historias. De nuevo, mil gracias.

  3. Querida Carolina, tú relató me hizo recorrer en mi memoria, trazos de mi propia vida. Soy hija de un sastre y una costurera. Mi padre, de origen campesino, aprendió de casualidad el oficio, cuando dejó el campo y se vino a la ciudad. Llegó a ser sastre de “Gobelinos”, única gran tienda de ropa de vestir, en aquellos tiempos. Mi madre, de origen muy humilde y trabajadora como nadie, lo apoyó y comenzó a trabajar con él cuando se independizó y, montó su propia sastrería. Se especializó en trajes de huaso, de salón. Tengo nítidos recuerdos de haberlos visto colgados en la sastrería. Mi madre, nos hacía la ropa y, también a nuestros muñecos (Boris y Mauricio). Éramos las niñitas, del barrio, con la ropa más linda. Una de mis hermanas, ponía una revista Paula u otra similar, sobre la máquina y decía, quiero esto, época de maxis , midis, y pantalones para de elefante, entre otras cosas. Mi vieja pasaba noches cosiendo, para proveer a sus hijos de vestuarios hermosos(somos 7).
    La primera máquina que se compraron, fue una Singer, de fierro negro y letras doradas en su marca. La heredé, tiene más de 70 años y funciona, pero yo no heredé la habilidad de mi madre, no sé coser y es algo que me hubiera gustado hacer.
    En la época de la Dictadura, el trabajo decayó mucho y, mi papá, para traer comida a la casa comenzó a hacer trueque. Viajaba a las afueras de Santiago (Linderos, Rápel, El Monte, etc.) con Trajes ya confeccionados por él y volvía con sacos de papas, cebollas, harina, entre otros.
    Me he cambiado de casa muchas veces, la máquina va conmigo a todos lados y pesa mucho, pero ahí está. Muda testigo de tantas historias de costuras y, vida.
    Todo este gran recuerdo, lo provocó tu hermoso escrito, Carola-Colorina. Cariños.

  4. No me sorprende tu maravillosa y pluma, hilando la vida y las vidas casi mágicamente. Siempre estuvo dentro de ti. Me consterna con felicidad volver a disfrutarla. No puede quedarse guardada como telas húmedas que traen recuerdos.Volverte a leer me sabe a victoria.

    Que se reproduzcan las lineas como se multiplican las puntadas por efecto del motor… Están en ti. Vinieron contigo son causa y efecto de tu vida.

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